El filme brasileño Mate-me por favor, de Anita Rocha Da Silveira, ahonda, tras la excusa del seguimiento de una serie de asesinatos acontecidos en la zona y también desde el punto de vista del adolescente, en la búsqueda de una identidad sexual y de ser aceptado sea cual sea ésta.
Una búsqueda que se esconde tras denuncias mucho más evidentes que la directora novel emplaza, a diferencia de la anterior, optando por exagerar la realidad, incluyendo algunas escenas hilarantes, otras psicóticas, donde la música, la luz, los encuadres y el emplazamiento de los objetos tomaran protagonismo. Y es que no faltará la inserción de números musicales o presentaciones de algunos personajes que rozan el ridículo (la estética escogida para la predicadora adolescente es más que loable, y las canciones religiosas que incluso algunos chicos llevarán como tono en el móvil – la mofa del director hacia este tipo de fe en palabrería religiosa se hace más que evidente-, su perfecto complemento), y sobre todo puestas en escena que resumen el universo adolescente (la habitación de la niñas protagonista es un compendio de clichés adorable).
Pero estas escenas que buscan lo grotesco en el ridículo (y, por ende, el zarandeo mental del espectador para que se pronuncie ante tanta absurdidad, muy a lo Spring Breakers – Harmony Korine, 2012) se complementan, ayudando con estos contrastes y cambios de tono del filme a mantener la atención, con aterradoras visiones (sangre cayendo por los espejos, por ejemplo) e inocentes conversaciones… Porque la directora se adentra con Mate-me por favor en las conversaciones adolescentes, en su particular mundo aislado de todo sufrimiento, ese en el que se relativizan los problemas adultos… o simplemente prefieren no darles importancia para no sufrir.
No obstante, subraya cómo este punto puede verse influenciado por el hecho de que sean los propios adultos los responsables de esta superficialidad. La madre de Bia, la principal protagonista, nunca aparecerá en la acción, aunque continuamente su hija pregunta por ella a su hermano mayor.
Con lo que podríamos decir son capítulos separados por cada cuerpo que es hallado en un descampado, el filme se inicia con una primera muerte que dará paso a conocer a las cuatro adolescentes principales en una escena en la que la superficialidad con la que están hablando del tema sorprende tanto como nos confirma el error que estamos cometiendo en la educación de estos niños y, sin embargo, nos obliga también a reconocer que se trata de las conversaciones normales que todos tenemos cuando el tema no nos afecta ni directamente, ni a nuestro entorno cercano. Y el filme avanzará presentándonos a sus protagonistas, sus deseos (y delirios), su forma entender el mundo que les rodea a esa edad en la que el encontrar un significado a todo es lo principal, y necesario, para acabar de definirse. Encontrarlo en la familia, en los amigos, en los profesores, y, por qué no, en la religión, si es una de las vías de escape…
La introspección se complementa con la demostración del aislamiento adolescente, que se presenta con la visión de la soledad de aquellos a los que se deja de lado, además de poner especial énfasis en cómo las redes sociales pueden influenciar también en ese aislamiento y paranoias de los mas jóvenes. Y la directora, además, se preocupa de que no consideremos se trata de casos aislados con un cierre que nos deja pensativos, y entristecidos, también.