CRÍTICA

  • El corazón de Loayza y otras hierbas del cine boliviano
    Por Ricardo Bajo


    El Corazón de Jesús de Marcos Loayza es la tercera película boliviana que se estrena este año, un hito en la pequeña historia del cine en Bolivia después del recordado 1995 cuando se estrenaron  cinco filmes. Después de ese año, apenas se exhibió alguna película hasta llegar a esta nueva cosecha que ya ha dado sus frutos con Los hijos del último jardín de Jorge Sanjinés (estrenada el primero de enero) y El atraco de Paolo Agazzi (estrenada el 6 de febrero). A este buen momento, fruto exclusivamente de la acumulación de proyectos, hay que sumar las sensaciones agradables dejadas por la opera prima de Rodrigo Bellot, Dependencia sexual, que se proyectó en todo el país a finales de 2003.

    El inicio, en junio 2004, del rodaje de American Visa, de Juan Carlos Valdivia, director afincado en México, conocido por Jonás y la ballena rosada, que contará con Demian Bichir y Kate del Castillo, es otra nota destacable en este buen año del cine boliviano. Sin embargo la inexistencia absoluta de una mínima industria cinematográfica en el país hace imposible una continuidad de proyectos.

    La llegada de cintas bolivianas a las escasas salas del país, azotado por una crisis económica y política de envergadura, obedece exclusivamente al esfuerzo gigante de determinados hombres y mujeres de cine, que se empeñan con grandes dosis de sacrificio en comenzar, terminar y proyectar sus películas, elaboradas a pleno pulmón. La coproducción, facilitada por el programa Ibermedia, pone su granito de arena en esta tarea titánica de hacer cine con bajísimo presupuesto. Sin embargo, autores como Sanjinés o Calasich con su cine criollo se rehusan a participar de esas coproducciones aduciendo problemas de libertad e imposición de reparto y enfoques.

    Película más exitosa de esta última camada del El Atraco, -seguida de Dependencia sexual -. La primera continúa en cartelera después de cuatro meses de exhibición en seis ciudades del país. Dejando de lado los números, la Bolivia cinéfila es una nación cada vez más reducida por el efecto de la piratería, la televisión por cable, la crisis, el cierre de cines y los videoapis - fenómeno típicamente de El Alto, cuarta ciudad del país, con un millón de habitantes y ninguna sala de cine-, que consiste en ver películas en video en pequeños habitáculos acompañado de un postre de mazamorra dulce de maiz, por el equivalente de 15 céntavos de dólar.

    Contra todos estos obstáculos han luchado y luchan cineastas como Marcos Loayza, que el pasado 19 de mayo estrenó su tercera película, El Corazón de Jesús, con la asistencia del presidente Carlos Mesa, tras su auspiciosa opera prima Cuestión de fe (1995) y la producción argentina Escrito en el agua (1999).

    Debido al monopolio de exhibición por parte de las majors estadounidenses y su representante en Bolivia, la productora de Loayza, Iconoscopio, ha alquilado una de las tres salas de estreno de La Paz (el cine 6 de Agosto) para poder proyectar su película, sin depender dictatorialmente de la taquilla y la presión de dichas majors.

    El corazón de Jesús, es una película, según palabras del propio cineasta paceño, “jodida, pues es una historia fuerte inspirada en la profunda crisis en la que vivimos”. El filme,  una coproducción boliviana-alemana-chilena que tuvo una inversión de alrededor de 700,000 dólares, narra  la historia de un viejo empleado público -interpretado genialmente por Agustín ”Cacho” Mendieta, un actor proveniente del teatro popular-, que es internado en un pabellón de enfermos terminales para evadir sus deudas.

    Por las vueltas y argucias que él mismo crea, termina yendo a su propio entierro. El Corazón de Jesús presenta muchas metáforas para hablar del sentido de la vida de las personas que habitan en los países del tercer mundo, que suelen, a pesar de sus sufrimientos, compartir su dicha por vivir con quienes los rodean. En un texto enviado al periódico La Prensa de La Paz por Loayza, el director argumenta el humor negro presente en toda la obra pues ”creo que las zonas más oscuras de cada quien son el lugar donde anidan también sus mayores luces. Moverse dentro de la comedia, de humor negro, permite poder dialogar con el espectador sin sus defensas morales, ni sus miedos, acerca de qué cosa es importante en la vida y qué cosa es importante en la muerte. Creo que, de alguna manera, colocar a un personaje sano en un pabellón de enfermos terminales es la mejor metáfora para poder hablar del sentido de la vida de gente que vive en un país tan pobre como el mío, en pleno inicio del siglo XXI”.

    La muerte cotidiana en el país por enfrentamientos con policía y el ejército (en febrero y octubre de 2003 murieron más de 100 personas en choques con las fuerzas represivas), y por muertes evitables debido a la miseria y a la desatención en pobres hospitales públicos, marca de alguna manera el filme. Así Loayza cree que ”la muerte en cine, generalmente, se la retrata como una manera de permitir entrar y salir a los personajes de la historia o, en el mejor de los casos, se retrata el acto mismo de morirse. Aquí se trata de trabajar con ella, en la perspectiva de poder darle el verdadero lugar que tiene en la vida de los hombres”.

    El director apela de nuevo a los sentimientos del espectador, como en sus dos anteriores obras fílmicas. Llegar al corazón del público para poder conmoverlo, esa es la tarea final de Loayza. Pero sin apelar a trampas, saltos de tiempo y espacio, efectos especiales o demás argucias narrativas o estilísticas. Loayza, que admite ser un discípulo del cine de antes, trata siempre de "contar historias humanas, sin mayores artificios narrativos, y seguir de cerca el desarrollo de los sentimientos de nuestros principales personajes”.

    En el periódico La Razón de La Paz, Loayza confesó sus gustos en un aviso para navegantes dispuestos a ver su película, tanto en Bolivia como fuera del país: “No le tengo mucho respeto a la moda. Creo que si haces lo que está de moda, salvo que tengas muchísimo talento y capacidad, te estás condenando al olvido, las cosas pasan rápido de estar en boga. Ahorita, por ejemplo, están en su auge montón de cosas, como el cine digital, al cual no me adscribiría, aunque sin asegurarlo por si acaso. Mi cine es más antiguo que mi propia edad, si mis películas se hubieran hecho en la década de los setenta, seguramente hubieran tenido mucha más popularidad que ahora, mundialmente. En la actualidad el público pide  mucho crimen, mucha sangre, juegos espaciales, como Matrix o El club de la pelea. Son películas que a los críticos les apasionan mucho porque sienten que se ha roto, finalmente, el orden cronológico de las cosas. Y conmigo es al revés: yo más bien trato de hacer historias tan buenas que las tengas que contar cronológicamente y de esta forma funcionen”.

    El rodaje de la película se realizó en 2002 durante nueve semanas. En ese tiempo se montó una enorme escenografía en la Estación Eiffel de La Paz, se utilizaron céntricos cafés e incluso parte del Colegio Militar para filmar algunas escenas. La música estuvo a cargo de Oscar García que la grabó con la ayuda de los músicos paceños y de la Camerata de Cochabamba. Además de Agustín Mendieta y Melita Del Carpio (la actriz coprotagonista), actúan Raúl Beltrán, Luigi Antezana, Fernando Cervantes, Rosa Ríos y Adolfo Paco, entre otros.

    La participación del cantautor español Ismael Serrano, que actúa cantando a modo de juglar introductorio de las diferentes partes del filme, puede abrirle a la película mercados en España por la fama de óa Bolivia para estar presente en el estreno después de participar en el rodaje.

    El corazón de Jesús es la tercera película de Marcos Loayza. El paceño se lanzó a la arena con Cuestión de fe, una opera prima que agradó a propios y extraños, en el país y allende de nuestras fronteras, con una road movie entrañable cuyos personajes son ya parte esencial de la historia de nuestro cine. Luego llegaría Escrito en el agua, un resbalón en la todavía corta y prometedora carrera de Loayza, el cual se vió extremadamente incómodo en una historia cuyo guión no era de su autoría y lo alejaba de su querida ciudad de La Paz.

    Por eso El corazón de Jesús no era tan solo la tercera película de un joven cineasta sino una verdadera prueba de fuego que Loayza supera con creces. El cineasta vuelve a sus orígenes, a la ciudad que tan bien conoce y retrata, a sus personajes, a sus calles, a sus luces nocturnas y eso garantiza su aprobado con excelente nota. Loayza da muestras de una madurez exquisita con El corazón de Jesús con una historia otoñal, adulta y bien realizada a la par de sencilla, trágica y llena de un humor negro que entretiene y nos lleva a la reflexión por igual.

    El mayor acierto, entre otros, de El corazón de Jesús, es la gigante actuación de ”Cacho”  Mendieta en el papel de Jesús Martínez. Mendieta con su sabiduría actoral llena la pantalla a lo largo del metraje, desarrollando el personaje desde un maldito funcionario renegón al tierno impostor que se enamora de la solitaria jefa de enfermería, excelentemente retratada por Melita del Carpio, el gran descubrimiento de la cinta. Siguiendo los pasos de Mendieta por la empinada Yanacocha, por los despachos de la odiosa burocracia, por los frios hospitales de la desesperanza, uno se pregunta, donde ha estado metido este gran actor en la larga historia de nuestro cine. En mayo pasado, ”Cacho” fue premiado y aplaudido en el Fitaz por su larga trayectoria teatral en el género popular, pero uno egoístamente, se lamenta del enorme desperdicio fílmico de un actor de su estatura. Esperemos que El Corazón de Jesús sirva, entre otras cosas, para poner a Mendieta en su verdadero sitial.

    Junto al protagonista, que se roba el show, se ubican secundarios de lujo, actores ya fetiche en la filmografía de Loayza como el doctor desconfiado (Elías Serrano) y el loco podrido (Raúl Beltrán), conocidos por protagonizar el trío de Cuestión de fe, junto a otro grande, Jorge Ortiz. Joaquin y Pepe Lucho resucitan así, desde las tierras calientes de los Yungas a la frialdad mortuoria de un pabellón de enfermos terminales.

    El tradicionalista modo de narración de Loayza (sin los habituales flashback y saltos en el tiempos propios del cine de nuestros días) se ve acompañado por un ritmo narrativo melancólico, pausado, que poco a poco nos conduce hacia la muerte, no como final de carrera sino como punto de partida vital en una sociedad donde la muerte es, con demasía, el inefable destino de los desheredados de una tierra sin mal, conducidos hacia el abismo por unas elites insensibles, egoístas y presumidas.

    La música de Oscar García, que sobrevuela el metraje de puntillas, junto a la puesta en escena y la dirección de actores hacen el resto. Si cabe el único ”pero” es la incorporación del cantautor madrileño Ismael Serrano como trovador. La idea medieval, propia del género de la picaresca y de los juglares, es una idea atrayente pero, en este caso, no aporta nada, ni a la historia ni a la estética de la obra, siendo, por momentos un obstáculo para la narración.

    El corazón de Jesús es, sin duda, la consolidación de un director joven que ya rueda con la sabiduría de los veteranos, y una esperanza de luz para el cine boliviano tan necesitado de talentos, de sueños realizados, de plateas repletas de público que plasmen la necesidad de mirar y mirarnos en la gran pantalla oscura de la vida y el cine. Demasiado corazón.

    La última película del aclamado director Jorge Sanjinés  se estrenó el primero de enero de 2004. Sanjinés y todo su equipo integrado en la Escuela Andina de Cinematografía alquilaron el cine 6 de Agosto para poder exhibir su película durante tres meses. El filme que no recogió buenas críticas estuvo marcado por la muerte cercana de la compañera de Sanjinés, Beatriz Palacios, acontecida en el 2003, y por la original y agresiva campaña de promoción de la obra. Jóvenes encapuchados al estilo zapatista recorrieron el centro y los barrios de La Paz con pancartas negras donde se anunciaba el estreno al mismo tiempo que repartían dinero falso para denunciar la corrupción. Una labor similar se llevó a cabo en la ciudad de El Alto, populosa urbe (la de mayor crecimiento de toda Sudamérica), vecina de la sede de gobierno.

    Incluso el equipo de promoción, compuesto por jóvenes de la Escuela de Sanjinés, se puso en huelga de hambre ante la escasa asistencia de espectadores a la sala. Y es que el boca a boca perjudicó a una cinta, esperada por largo tiempo pues Sanjinés, reconocido en el país y fuera de él como un artífice del cine indigenista, no estrenaba desde hacía nueve años.
    El paso del celuloide al cine digital, la premura de tiempo para escribir el guión y rodar, y la desacertada elección del reparto con actores noveles y sin experiencia en papeles ajenos a su mundo marcó el pequeño fracaso de Los hijos del último jardín. A pesar de ello, la película logró atraer la atención  de 15,000 espectadores, que han dado el relevo a su proyección internacional donde Sanjinés tiene asegurado un público tanto en países que aprecian su arte como Japón, como en privilegiados asistentes a los festivales de cine.

    La película boliviana más exitosa del año y de los últimos tiempos es El Atraco del italo-boliviano Paolo Agazzi, conocido por otras cintas  taquilleras como Mi Socio (1982) o El día que murió el silencio (1998), protagonizada por Darío Grandinetti. El Atraco se estrenó en febrero y lleva más de 100,000 espectadores, cifra verdaderamente a tener en cuenta pues la asistencia del público boliviano ha bajado a la mitad en los últimos veinte años. La película ha recorrido seis ciudades y sigue en cartelera cinco meses después de su estreno en el cine 16 de Julio de La Paz.

    El atraco se ha beneficiado del morbo y el interés existente en la población por el famoso atraco de Calamarca, acontecido en la década de los sesenta en el altiplano boliviano. El robo, presente en el subconsciente colectivo por la cantidad de plata robada y la implicación de estamentos policiales ha ejercido de poderoso imán para el espectador medio. Si bien la película no sigue los pasos y detalles absolutos del robo y no se constituye por tanto en una filme histórico, si cuenta con un acabado cuidado, propio de la maestría y buen hacer del director Agazzi, y un reparto de lujo que incluye a dos grandes del cine peruano, Salvador del Solar y Diego Berti acompañados de la española Lucía Jiménez. La película se estrenará en agosto de 2006 en Lima, Perú.


    (Fuente: www.elojoquepiensa.com)


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