ARTÍCULO



  • Anatomía de un pionero
    Por Federico García Hurtado


    Nadie diría que este cubano sanguíneo, sesentón, nacido en Guanabacoa, barrio de los bajos fondos habaneros, sería capaz de trepar las alturas de vértigo de los Andes, pese a su exuberante humanidad y una presión sanguínea que lo coloca en los niveles más altos de la escala, sin proferir una queja ni desmayar un ápice, mientras supervisa una producción o da órdenes a sus técnicos para cumplir el plan o terminar a tiempo un rodaje. Sin embargo, trátese de un paseo turístico o de un mano a mano con las tradicionales carencias del cine latinoamericano, pocos como él para soportar los rigores del clima, los extremos de la altura y los condicionamientos de un oficio más propio de corredores de fondo que de ejecutivos de gran empresa.

    Sin embargo, los que lo conocemos, los que hemos "pateado la chacra" como decimos en peruano, junto con él, sabemos que Camilo Vives es capaz, no solo de realizar esas particulares hazañas con ventaja sobre gente menor y aparentemente mejor dotada de atributos físicos, con tal de sacar adelante el llamado, cumplir el plan y gritar "raperó" al final de la jornada. Camilo, además de su natural bonhomía que lo hace amable a primera vista y amablemente eficaz en su muy sofisticado oficio, es, sin retaceos, el productor de cine que más ha hecho por el cine de su país y el llamado Nuevo Cine Latinoamericano. Esta corriente renovadora tuvo su origen en las inolvidables jornadas de Viña del Mar con Aldo Francia a la cabeza y su desarrollo integral con el ICAIC de Julio García Espinoza y Alfredo Guevara, ese cubano universal que hizo de este arte su particular camino de Damasco. Sin poses espectaculares ni alardes de grandeza, Camilo Vives ha sido el factótum que completó la trilogía, metiendo máquina a cuanto proyecto de interés se cocinaba en el magín de los realizadores que llegaban a 12 y 23 en El Vedado, con sus guiones bajo el brazo.

    En los años que lo conozco —y son muchos— nunca escuché de sus labios una palabra fuerte o un acto de impaciencia si la producción no marchaba acorde con los estándares internacionales que gobiernan el oficio. Siempre llano a considerar un hecho, a remediar un entuerto, a "meterle el hombro" a las limitaciones para que el producto final no se resienta y la película corone con éxito las expectativas de sus realizadores. De hablar atropellado como todos sus paisanos de Guanabacoa, es casi siempre más difícil seguir la velocidad de su pensamiento que el cuasi enigmático trabalenguas en que se convierte el español en la variante de su barrio de origen. A menudo dan ganas de pedirle traducción cuando los conceptos parecen tirar de la rienda a las palabras que se atropellan en su garganta. Sin embargo, nadie puede decir que, por peculiares modos de pronunciar una frase, quedó fuera del magín la idea central, el meollo del asunto. Camilo, para estas cuestiones, es claro como el agua, aunque la metralleta que tiene en el habla dificulte a veces la comprensión de lo que dice.

    Camilo Vives ingresó muy joven a la actividad profesional, en plena eclosión revolucionaria de su país y cuando la mayor parte de los cuadros profesionales y técnicos tomaban las de Villadiego. Le tentaron siempre aspectos de la realidad vinculados a la producción y el desarrollo y se graduó en economía de empresas. A los 28 años ingresó al ICAIC y, desde entonces, no paró hasta coronar su brillante carrera como presidente de la Junta Directiva de la Federación Iberoamericana de Productores de Cine y Audiovisuales (FIPCA). En el interín produjo las películas cubanas más representativas, con realizadores tan importantes como Humberto Solas, Manuel Octavio Gómez, Tomás Gutiérrez Alea, el inolvidable Titón, o Daniel Díaz Torres, Gerardo Chijona y Manolo Pérez. Baste señalar algunos títulos como Lucía, Una pelea cubana contra los demonios, La última cena, Guantanamera, Fresa y chocolate, Hacerse el sueco, Un paraíso bajo las estrellas o Suite Habana, para saber que el nombre de Camilo está íntimamente asociado al mejor cine cubano de todos los tiempos. En el ICAIC se interiorizó en el oficio como asistente de producción, luego productor de películas de ficción, hasta alcanzar los niveles más altos de la institución como director de Producción y jefe de la Productora Internacional.

    Muchos realizadores peruanos y latinoamericanos hemos podido producir nuestras películas gracias al empeño y la visión integradora de este cubano de complexión robusta, mente fresca, voluntad de hierro y compromiso indiscutible con el cine desde sus años mozos. Hay que destacar también un hecho singular: durante los años más duros del bloqueo, cuando el cine cubano tenía que producir sus películas casi de milagro, sin insumos para su laboratorio, capital para sus rodajes y mercado para sus producciones, Camilo se las ingenió para mover la bolsa de los europeos —españoles particularmente— para que su niña bonita no cesara de bailar. Muchas empresas llegaron a La Habana para participar en coproducciones de éxito y Camilo tuvo que salir al exterior para abrirse mercado a trompicones y vencer la interdicción que pesaba sobre su país.

    Por esto y muchas otras razones que escapan a un retrato al esfumino, Camilo Vives es un abanderado de nuestro cine, un legítimo capitán de empresa que sigue bregando para que la imagen de Latinoamérica ocupe el lugar que le corresponde en las pantallas del mundo. Pocos como él han logrado coronar con éxito sus más ambiciosos proyectos y seguir en la brega, sin tiempo para tomar un respiro ni pausa para "tomarse un diez", como dicen los cubanos. Con su inseparable Cecilia, cuidando de su exuberante humanidad y sus sueños, este cubano ejemplar sigue asombrando con su vitalidad y su vocación de servicio al frente de sus nuevas y más complejas responsabilidades.

    Un acierto indiscutible que el Festival de Lima del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú le rinda un merecido homenaje.



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