CRÍTICA



  • No, el fin de la dictadura y la recuperación de la democracia en Chile
    Por Déborah Farjí Núñez


    Considerada la más fuerte contendiente latinoamericana en la categoría de mejor película extranjera para la próxima entrega de los premios Oscar, No del realizador Pablo Larraín ve la luz como la última parte de la trilogía fílmica (Postmortem, 2010/ Tony Manero, 2008) que narra el período dictatorial de Augusto Pinochet de 1973 a 1990. 

    La cinta está basada en la obra El plebiscito de Antonio Skármeta, figura literaria en su natal Chile, y cuya obra Ardiente paciencia fuera llevada a la pantalla comercial con Il Postino en 1994. Pedro Peirano (La nana, 2009) realiza su adaptación cinematográfica retratando a un joven y creativo publicista (Gael García Bernal/ También la lluvia, 2010) quien prontamente se apasiona por generar una campaña lo suficientemente efectiva para derrocar el régimen autoritario.

    El camaleónico actor Alfonso Castro (Tony Manero) acompaña a García Bernal -cuyo acento chileno se escucha bien logrado- en esta sensible travesía histórica en la que su personaje René Saavedra se involucra en la producción de la franja televisiva de la campaña del No en el plebiscito de 1988, un referéndum realizado durante el régimen militar para decidir si Pinochet seguiría en el poder hasta principios de 1997. Con escasos recursos, pero con basta inventiva, logra la victoria de la oposición, centrándose en un futuro nacional iluminado de alegría y  esperanza. Como dato curioso, el realizador utiliza a los verdaderos protagonistas de aquella campaña para dar vida a los integrantes de la inefectiva campaña oficial, la del Sí.

    Con la intención de recrear fielmente el Chile de esa época, Larraín filmó en el soporte de video U-matic 3/4, que se usaba a fines de la década de los 80. Por ello, consigue que la textura y los colores de las escenas de ficción se integren satisfactoriamente a los documentos de la televisión de ese entonces. Sin embargo, es de admitir que como espectador toma tiempo acostumbrarse a la calidad rugosa de la imagen.

    En tiempos de inconformidad pero con una vastísima plataforma de redes de comunicación, el impacto en nuestro país podría ir más allá de la apreciación cinematográfica para convertirse en una lección de unión y participación social. Por su estilo y contenido, No parece más un documental que un largometraje de ficción, teniendo como mérito que el argumento de una película no necesita ser fantasía para tener un final mucho más que agradable.

    La película chilena inauguró la 10 edición del Festival de Cine de Morelia.


    (Fuente: Correcamara.com.mx)


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