El cine israelí tiene a su cargo algunos de los más apasionados alegatos antibelicistas de los últimos tiempos. Recuerdo, sobre todo, esa memorable mixtura de testimonio y animación que fue Vals con Bashir. En 2009, Samuel o Shmuel Maoz alcanzó nada menos que el León de Oro en la edición número 66 del Festival de Venecia por Líbano, nueva visión personal, y por ello más conmovedora e inspirada, sobre los desastres de una guerra que, desde tiempos del Antiguo Testamento bíblico, solo ha generado muerte y destrucción en el Oriente Medio.
Con 20 años, el director de Líbano operaba un tanque israelita de los que invadió tierras libanesas en 1982. Luego de la guerra, se entrenó como fotógrafo y realizó documentales para televisión hasta lograr filmar esta, su ópera prima, basada en experiencias personales relacionadas con las traumáticas experiencias de cuatro soldados israelitas en medio de la llamada Guerra del Líbano.
Maoz insiste en que su visión sobre lo bélico es más bien íntima, y se desmarca de opiniones políticas, como si fuera posible eludir este tema siempre que se hable del expansionismo sionista y sus efectos inmediatos o colaterales. De todos modos, los soldados israelíes son presentados como víctimas y el filme efectúa una condena más bien genérica de la guerra, pues muy pocas veces se intenta imprimirle a la producción visos documentales y más bien se apuesta por la recreación de una experiencia que para el director, y para decenas de miles de jóvenes, ha sido traumática.
Según el director, Líbano “habla sobre el conflicto entre tu instinto de supervivencia y la moral. Es ridículo tratar de conducirte en una guerra a través de normas morales. Tienes que tomar partido... para sobrevivir. Si optas por la moral estás muerto. La fórmula de la guerra es primitiva y efectiva: cuando corres peligro disparas y matas. El soldado que dispara también es una víctima. No hay chicos buenos y chicos malos. Lo malo es la guerra en sí. Todos son víctimas”.
El efecto dramático y la identificación que despierta Líbano se relaciona con el hecho de que las consecuencias de la guerra son vistas a través del encierro creado en un tanque, y de la alternancia entre puntos de vista que permiten mover la narración entre las perspectivas divergentes de los cuatro tripulantes del tanque. Entonces, el espectador solo puede ver, escuchar y saber lo que miran, atienden y conocen los soldados atrapados en el tanque. En una línea similar a películas antibélicas como El submarino o La delgada línea roja, y lejos del thriller que espectaculariza circunstancias nefastas, Líbano muestra con sorprendente intensidad el agobio de los soldados y la pérdida de los valores humanos que significa alistarse en una contienda, a matar o a morir.
Líbano forma parte de un florecimiento del cine israelí como resultado de los movimientos proactivos del Israel Film Foundation en busca de partners europeos. El país está produciendo unos 15 títulos al año, y varios de estos aluden las guerras de Israel con sus países vecinos. En nuestras pantallas de estreno, hay un ejemplo de cine adulto, comprometido y antiguerrerista, aunque algunos extremistas le reprochen al cineasta haber colocado el punto de vista en los soldados y no en los libaneses. Al fin y al cabo, en las guerras somos todos perdedores.