CRÍTICA

  • Una cinta mucho más de "transición"
    Por Jorge Morales


    Antes de su paso por la cartelera chilena, Mi mejor enemigo tuvo su estreno en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires Bafici. El filme de Alex Bowen era pieza de un apartado de "óperas primas o segundas películas que entendemos no sólo importantes sino, sobre todo, promisorias", según precisaba la organización. La sección se llamaba Cine del Futuro, un nombre muy grande para cualquier película y una broma pesada para el espectador. Porque aún cuando Mi mejor enemigo pueda acertar algunos tiros, está mucho más cerca de ser una película que atrasa en vez de proyectar.

    Lo primero que dice Nicolás Saavedra al introducir la historia de la cinta es que en Chile mucha gente en esa época sufrió el exilio. Las fotos que rellenaban el press book de la película, eran de los protagonistas del conflicto, es decir, Pinochet, Videla, los cancilleres de ambos países y los mediadores (Papa incluido).

    En la sinopsis del catálogo del Bafici dice textualmente: "En Diciembre de 1978, gracias a la estupidez política de la dictaduras gobernantes, están a días de comenzar un enfrentamiento armado en la zona sur de su extensa frontera".

    En resumen, por si alguien lo había olvidado, la cuasi guerra con Argentina se desarrolló en un complejo contexto de los peores regímenes militares que hayan asolado la región sudamericana. La opción manifiesta de blanquear el conflicto de sus raíces, de ocultar deliberadamente la realidad, es como hacer Machuca sin la UP. Machuca no es sólo el nombre de un niño, es un símbolo de los aires de cambio, de la revolución que pretendía encabezar Allende. Lo que hace de Machuca un fresco realista de la época, es que el experimento de mezclar niños pobres con chicos adinerados en un colegio, adquiere sentido y simetría al ambiente que se vivió durante el gobierno socialista.

    Entonces, los militares que aparecen en Mi mejor enemigo, debieran al menos guardar alguna mínima diferencia de los soldados constitucionalistas de 1970 o del Ejército renovado de Cheyre. Pero no. Escudándose que el conflicto está visto bajo el prisma de los pelaos, en un relato "profundamente humano", Bowen y su equipo reducen la Historia (con mayúsculas) a lo anecdótico: a la rivalidad escolar de un partido de fútbol, a una discusión sobre cuál es el mejor baile nacional, a una solidaridad entusiasta y desmedida, ¡a un asado!... No es que la cinta tenga que tener de protagónico a la dictadura, pero la supraestructura jerárquica autoritaria de ese gobierno, y derechamente, su desprecio por la vida humana, dudo que no hayan contaminado el espíritu de esa generación militar. ¿Y no es la guerra dónde afloran los odios más primarios? La relación de los bandos "enemigos" tienen tal cordialidad que nunca se llega a sentir estar ad portas de una guerra en un momento histórico donde los militares (de ambos lados de la cordillera) tenían a sus respectivos países bajo sospecha.

    Bowen hizo un filme que puede ver, sin estremecerse, la familia militar, la clase política y el "chileno medio". Es una cinta mucho más de "transición" que los filmes de los 90. Porque el director no arriesga nada. Quizás para recibir el apoyo logístico del Ejército o simplemente para alejarse del cine político, es demasiado amable con todos. Sin embargo, esa amabilidad, esa empatía de su elenco, esa notable soltura escénica, junto a una fotografía "patagónica", ocre y hechizante, y hasta la belleza, erotismo y carisma de Fernanda Urrejola en sólo dos escenas (que podrían convertirla en un sex symbol cinematográfico), seguramente convirtieron esta película en el éxito de taquilla que es hoy.

    En la extraordinaria cinta de Sam Peckinpah, La cruz de hierro (1977), se pueden revisar una variada gama de perfiles psicológicos que genera un conflicto bélico. Desde el oficial ambicioso y cobarde que sueña con obtener medallas hasta el valiente soldado profesional desencantado, que sólo quiere tratar de salvar el pellejo de su tropa. En Mi mejor enemigo cuesta diferenciar un soldado de otro porque no guardan mayores diferencias entre sí. Incluso los personajes de Víctor Montero y Jorge Román que se muestran reticentes en principio del entusiasmo general, son apagadas caricaturas sin convicción suficiente para provocar verdaderos roces.

    Mi mejor enemigo es presa de su propia negación. Sin honores, ni medallas, ni dinero, ni las gracias –dicen los soldados protagonistas en un estupendo diálogo final, pero que nunca se tradujo en imágenes. Porque ese otro, esa figura omnipresente, que debía premiarlos o elogiarlos nunca estuvo, nunca existió. Curiosamente, los guionistas de Mi mejor enemigo son los mismos de Secuestro. No es díficil ver un punto de unión entre ambas cintas: tanto Secuestro como Mi mejor enemigo se escenifican en un terreno neutral. Así como el Santiago de Secuestro, con su modernidad galopante y sus edificios de espejos podría ser el barrio elegante de cualquier capital mundial, el conflicto bélico en Mi mejor enemigo no tiene ningún componente que lo sitúe en el Chile de 1978.

    Es de esperar que si algún cineasta realiza un filme sobre la tragedia de Antuco, tenga conciencia y coraje para explicar que la muerte de los conscriptos no fue a causa del frío, sino del despotismo de un oficial, de la negligencia de la institución castrense.

     

     




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