Una de las cosas más singulares de Sofía Coppola es que trata de hacer dramas utilizando contenidos de thriller, o comedias románticas con el contenido de un drama, o denuncias sociales con la materia prima de una comedia romántica. Quitando a María Antonieta, que se parece más a la biografía homónima de Stefan Zweig que a cualquier otra de sus películas, Sofía Coppola siempre trata de contar sus historias utilizando recursos genéricos sorprendentemente contradictorios con las historias mismas.
Normalmente los comentarios críticos no empiezan por el final de un filme, no solo porque los lectores no entenderían nada, sino porque se considera como un dogma que las críticas deben evitar hablar de los finales de las películas, ¡como si no formaran parte de ellas! No voy a contar el final, pero necesito decir que Ladrones de la fama, la nueva película de Sofía Coppola, es un thriller contado como un drama psicológico que termina siendo una denuncia social, por lo cual, en rigor, no hay manera de entender esta historia sino hasta que llegan sus aclaraciones de último minuto.
Algo así pasaba con Las vírgenes suicidas, pero los minutos finales de su ópera prima eran incluso más oscuros y puede que todavía haya espectadores tratando de encontrarle sentido al relato de aquellas hermanas tan extrañas. Ladrones de la fama es mucho más explícita y madura, y se reconoce detrás a una directora con pericia para descubrir emplazamientos de cámara, ubicar encuadres, colorear con tintes simbólicos, generar sonidos dramáticos y enviar mensajes más explícitos, o sea, más efectivos.
Como quiera que el mensaje solo se comprende al final (lo entenderá mejor quien haya visto Somewhere, su película anterior, una especie de precursora ideológica de esta); Ladrones de la fama puede ser vista de varias maneras diferentes (tal vez más de las que la propia directora previó), y cada una de ellas sería perfectamente legítima. No voy a hablar, pues, de lo que a mí me pareció, sino de la caracterización de los personajes, quienes son, en definitiva, lo que más parece interesarle a Sofía Coppola de sus películas.
Ladrones de la fama es el estudio psicológico de un grupo de adolescentes que roban en casas de actrices famosas y luego exhiben su botín en juergas juveniles y en sus páginas de Facebook. Con envoltura de thriller y ademanes de policiaco, la película describe estos sucesos a partir de una observación psicológica tenaz de los rasgos externos de sus personajes. Digo “externos”, porque la película parece decidida a no definir caracteres íntimos que permitan asociar un suceso cualquiera a ningún rasgo de personalidad específico (recuérdense las hermanas casi anodinas de Las vírgenes suicidas).
Si Somewhere era la historia de un actor que se cansa de ser famoso, Ladrones de la fama se enfoca en el lado contrario, es decir, en el público que recibe la fama como un asunto ajeno, pero que indirectamente lo corrompe. Podría pensarse que un público anónimo no tiene rasgos definidos, y que la narración se apoya en esta idea para descaracterizar a los personajes y distanciarse de ellos. Sin embargo, el riesgo del distanciamiento y la descaracterización es que hace que los personajes parezcan vacíos, o tontos, lo cual es paradójico, pues entonces para qué esforzarse en comprenderlos. Claro que no son tontos, en todo caso se trata de que parezcan irresponsables, pero la ausencia de caracteres íntimos los hace lucir insípidos, al punto de parecer artificiosos, deshumanizados, y por tanto incompatibles con hechos que simulan situaciones reales. Además, se puede ser tonto y responsable.
Con excepción de su final, pasa con Ladrones de la fama algo que también ocurre en otros filmes de Sofía Coppola, y es que nunca se sabe cuál es su posición ante lo que está contando. Tal vez el distanciamiento de sus personajes no sea otra cosa que expresión de su propio distanciamiento con respecto a sus historias. Aquí (¡sobre todo al final!), la directora intenta denunciar la facilidad con que alguien se puede corromper en una ciudad que aparentemente invita a hacerlo. Pero cuesta aceptar que confíe la claridad y la eficacia de su relato únicamente a una convicción abstracta y a unos deseos de denuncia. Todavía más en un drama psicológico, que aunque parezca otra cosa, necesita inevitablemente de sus personajes para expresarse, por muy bien facturado que esté.