CRÍTICA



  • Praia do futuro, el infinito a la vista
    Por Bénédicte Prot


    No es fácil explicar Praia do futuro, un poco como esas ocurrencias que se elevan a tales alturas, volviéndose tan impalpables que aquellos que no consiguen comprenderlas de entrada se frustrarán irremediablemente, y aquellos que disfruten de su sabor se entusiasmarán durante largo tiempo. La película que el brasileño Karim Aïnouz presenta en competición en Berlín forma parte de estos geniales fulgores.

    En esta magnífica obra que funciona como el mar de fondo, Karim Aïnouz compone sus planos de manera inédita y afectuosa. Es una obra que no se parece a nada que hayamos podido ver antes, y funciona como un poderoso mar de fondo, bajo la majestuosa superficie de un mar perfecto. Por cierto, que la película comienza y termina con los zumbidos no del mar, sino de motocicletas, furiosas al principio, tranquilizadas después.

    En ese intervalo, con impetuosidad y una fuerza tranquila, se suceden desgarradores y profundos silencios, ya que se trata de una desaparición y una reaparición. A la altura de la ciudad brasileña de Fortaleza, dos jóvenes son engullidos por grandes olas y Donato (Wagner Moura, el carismático héroe de Tropa de élite), guardacostas (mucho más seguro en el agua que su hermano pequeño Ayrton, él mismo paralizado por los peligros del océano, con el alias de Aquaman), solo puede ayudar a uno de los dos, Konrad (el alemán Clemens Schick), mientras que a su compañero lo arrastra el mar. La fuerza de este primer asedio de los dos héroes entre las olas, encarando a la muerte, teje inmediatamente entre sus almas y sus cuerpos un lazo imperioso, indefectible, incluso palpable, tras su satisfacción, mientras que observan el mar infinito delante de ellos. Por lo que Donato no duda en seguir a Konrad a Berlín.

    La mezcla de cautivadora fogosidad y total confianza entre los dos hombres se representa en la fotografía, totalmente serena y a la vez siempre activa, pero muy subjetiva. Aïnouz inventa una nueva y fascinante manera de encuadrar sus planos: la permanencia del horizonte se hace sentir siempre, pero las imágenes están siempre cortadas, sin violencia, con afecto, hacia lugares inesperados y poéticos. No se trata aquí de dejar lo más importante fuera de campo: los elementos más bellos de la película están ciertamente dentro de él, pero son invisibles, los podemos ver solo con ese tipo de mirada indescriptiblemente tierna que Donato y Konrad se dirigen entre sí, sin hablar, incluso cuando se ponen de espaldas (en una pasmosa escena en la que no tienen necesidad de mirarse para sentir que están juntos).

    Para el joven Ayrton (Jesuita Barbosa), muchos años han pasado desde que su hermano mayor se fue a Alemania sin dar noticia alguna. Ya no le preocupa su ausencia, un vacío tan grande que atraviesa el océano, pero llega errando hasta Berlín, en busca de Donato, por quien ha aprendido alemán en caso de que él hubiera olvidado el portugués. Pero Donato no se ha olvidado de nada: si continúa mirando hacia adelante, lo que ve cuando Ayrton camina sobre una vasta extensión de arena en marea baja, cuando el agua desaparece a lo lejos, es un jovencito que se encuentra en medio del mar y que ya no tiene miedo. A pesar de las dos desapariciones muy concretas que suceden en Praia do futuro, aparecer y desaparecer no tienen finalmente el sentido que podríamos pensar: estas dos palabras solo significan a través de los ojos del ser amado. Cuando la película finaliza, sentimos una presencia, una perfecta, como la de una pista de asfalto infinita en la que dos motos viajan, al lado, acariciándose; una presencia que se parece a la del amor.


    (Fuente: Cineuropa.org)


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