Además de meterse a cada rato en polémicas interminables sobre asuntos raciales, Spike Lee es un cineasta a quien le gusta filmar personajes atormentados en situaciones límites, en historias que traduce como alegorías amargas contra la sociedad contemporánea, y que suelen continuar en discusiones públicas en las que el cineasta expone sus puntos de vista, mientras sus interlocutores se dedican a criticarlo.
Pero las últimas habladurías contra Spike Lee no tuvieron que ver con problemas ideológicos, sino con su remake homónimo de Old Boy, filme coreano de 2003, dirigido por Park Chan-Wook, que en poco tiempo se convirtió en película de culto en todo el mundo y que en su momento sirvió para animar al público escéptico de occidente a interesarse por el cine asiático. Con su recuerdo todavía fresco, las críticas tronaron sobre el apurado remake. En solo diez años, el Old Boy coreano no parecía necesitar una actualización, ni su tema era tan ajeno como para requerir una rápida transcripción occidental.
En este filme, segunda parte de su Trilogía sobre la venganza, Park Chan-Wook contaba la historia de un hombre que es secuestrado durante 20 años sin motivo aparente. Al cabo de ese tiempo es liberado y decide vengarse, aún sin saber quién lo secuestró ni por qué. Llevada al cine por Park a partir de la adaptación de un manga japonés del mismo nombre, esta película de regusto kafkiano y tema sombrío se expresa en un lenguaje oscuro y turbulento, en un retorcido tono poético que estrangula sus contenidos y va de situaciones de violencia extrema a sutiles e internas sacudidas emocionales.
Con media hora menos de metraje y un lenguaje más claro y estilizado, Spike Lee propone con su venganza yanqui una historia parecida pero mucho más explícita, menos teatral, visualmente menos sucia y emocionalmente más cercana a la sensibilidad de los espectadores de este lado del mundo. Aunque a ratos es más sangrienta que su predecesora, alterna sus momentos violentos con bajones de melodrama.
En general, el remake está bien, y no dejan de parecer exageradas las críticas que ha recibido. Más allá del dilema moral (trivial a estas alturas) de si es correcto o no rehacer una película que no necesita ser mejorada, el Old Boy norteamericano contiene diferencias notables con la anterior, que invitan a tenerlas en cuenta y que han sido soslayadas por tanta crítica furibunda.
Lo característico de Spike Lee es que parece tener sobre el cine una concepción (filosóficamente hablando) bastante estrecha. Su problema no es estético, sino ideológico. Para él, el cine solo sirve si denuncia trastornos sociales. Si de alguna manera estos solo se aprovechan para fines artísticos o simplemente se olvidan, el cine carece de utilidad. En Old Boy, tan importante es el protagonista como el personaje que durante dos décadas lo secuestra sin explicación. Park Chan-Wook, más imparcial, se acercó a ambos desde una perspectiva existencial, penetrando con parejo interés en sus extrañas psiquis. Y observó. Spike Lee, más interesado en serruchar el mundo en dos, colocó a ambos en lugares opuestos, como hace siempre: bueno-malo, blanco-negro, amo-esclavo, víctima-torturador, etcétera.
Inevitablemente, en esta lucha de contrarios se perdió algo de la hondura psicológica y la variedad de matices que el coreano logró con el original, sobre todo porque el remake reduce al secuestrador a una mera condición de enemigo, y consecuentemente, simplifica la complejidad del protagonista. La versión utilitaria de Spike Lee gana en claridad, pero pierde en profundidad. A costa de un empobrecimiento formal, es más accesible y entretenida.