CRÍTICA



  • Meñique, diminuto y monumental
    Por Joel del Río


    El más reciente largometraje cubano estrenado por el ICAIC es un producto ciertamente competitivo y en algunos sentidos fascinante, como lo prueba el notable éxito conquistado en las taquillas durante julio y agosto.

    Ya no está tan solo Elpidio Valdés en tanto paradigmática encarnación del héroe criollo, puesto en imágenes y sonido por el cine nacional. Ahora lo acompaña Meñique, protagonista del más reciente largometraje cubano estrenado por el ICAIC. Y en su entrada en la galería de los héroes, el pequeñito sagaz llegó acompañado por la princesa Denise, la auténtica estrella en un filme de acción y coloridas aventuras, que representa, por otro lado, el magno esfuerzo en cuanto a realización en 3D de los Estudios de Animación del ICAIC.

    Dirigido por Ernesto Padrón (y el apellido explica hasta cierto punto el factible aire de familia entre el tridimensional Meñique, y el bidimensional Elpidio, creado por Juan Padrón), el actual estreno colocó en máxima tensión, durante seis años, los recursos humanos y materiales de la animación en el ICAIC, mediante un producto ciertamente competitivo y en algunos sentidos fascinante, como lo prueba el notable éxito conquistado en las taquillas durante julio y agosto. Por supuesto que ya se escucha el coro de hipercríticos sentenciar que estamos a mil años luz por debajo de Pixar-Disney (como si cupiera semejante comparación) y los complacientes desplegando una parafernalia parecida a la que el mismo Disney desplegó en 1937, en el estreno de Blancanieves y los siete enanitos.

    Ni tanto ni tan poco. En cuanto al resultado de la animación en 3D, hay aspectos que no resultan del todo satisfactorios y que, tal vez, la bidimensionalidad hubiera resuelto con el trazo sencillo y muchas veces reiterado. Los cuerpos de varios personajes resultan demasiado tersos y toscos, como si fueran de goma inflable, mientras que sus cabellos se representan en bloques macizos y pétreos, mientras que los dientes de algunos personajes, del bando de los buenos, evidencian una fealdad inoportuna. Porque lamentablemente, Meñique repite la dicotomía, asentada precisamente por el antiguo Disney, respecto a la belleza física de los bondadosos, opuesta a la fealdad horripilante, y a las narices deformes, de los malvados.

    Quizá el prestigio intelectual del texto martiano, adaptado de antiguas narraciones fantásticas y las respectivas moralejas originadas en el Medioevo europeo, haya compulsado a los realizadores a la fidelidad excesiva respecto al esquematismo inherente a este tipo de fábula. Pero lo cierto es que en la época post-Shrek, cuando hasta la telenovela brasileña trata de romper sus propios esquematismos, se extraña la voluntad de afiliarse a los más antiguos arquetipos de hermosura, y tal vez hubiera sido posible un trabajo más dimensionado en cuanto a los posibles defectos o debilidades en las caracterizaciones del héroe y la heroína, y en las habilidades o la simpatía de sus viles oponentes.

    La movilidad a veces robótica de los personajes también evidencia una rigidez y falta de flexibilidad a la que escapa, únicamente, la pareja protagónica, sobre todo la princesa Denise, que comporta la primera brillante y necesaria vuelta de tuerca a un argumento conocido de sobra por la mayoría de los cubanos. Con ella se inicia la película, y ella es la verdadera protagonista, la heroína de acción, supergirl, parigual del justiciero Robin Hood, una mujer emancipada capaz de tomar la iniciativa a la hora del primer beso enamorado, y de enfrentarse al padre tiránico para establecer un reino de justicia y equidad, sin perder en el trayecto ni un ápice de coquetería, humor ni feminidad.

    Tan convincente resulta el desbalance a favor de la curvilínea Denise que sus acciones, cuando parecen frívolas o superficiales, se explican o justifican con mayor lógica dramática (es víctima de un hechizo) que las de Meñique, cuyo recorrido de héroe carece tanto de oponencia sustancial como del paulatino emprendimiento de cada hazaña. Él quiere saber de repente de dónde viene cierta música, y se hace amigo de todos imprevistamente, y logra poner a su servicio a una legión de poderosos auxiliares (el hacha, el pico, la nuez, el gigante) que le resuelven todos los problemas a cambio de nada, de la mirada transparente y tierna del pedigüeño muchachito.

    Las «hazañas» de Meñique casi siempre las verifican otros, y aparecen como viñetas que se apretujan en el centro del filme. Y es que los cuentos fantásticos también deben responder a una cierta lógica narrativa que informe adónde va el personaje, el porqué y los para qué de sus acciones. Aquí el hombrecito simpático, afable, airoso, humanista y valeroso parece guiado por el destino preestablecido en La Edad de Oro, y sus logros carecen de poder de convicción, aunque estén justificados por su alma pura y unidimensional. Todos los demás personajes son nuevos, o emergen convenientemente cambiados, aplatanados, redimensionados, y es una pena que este poder transformador de los realizadores tampoco llegara a narrar convincentemente ciertos cambios trascendentales de la trama, como el robo de los objetos mágicos, resuelto con demasiada facilidad y rapidez, porque veamos: ¿Meñique es solo bueno o es también tonto?

    Aparte de tales inconsistencias, saltan a la vista numerosos aciertos de esta animación deslumbrantemente «ambientada» en bosques floridos, palacios barrocos y campiñas oníricas. Entre las virtudes se cuenta la simpática combinación de medievalismo legendario y cubanía inveterada. Castillos, reyes avaros, ogros, pruebas heroicas, princesas en peligro, hermanos envidiosos y hasta algún que otro dragón, alternan con los nombres taínos de los lugares, el guaguancó en el bosque encantado, la sombra de La Giraldilla en una pared, el mamey envenenado, y mil referentes más que colocan el filme en el centro de la mitología y la idiosincrasia cubanas. Y no es que fuera obligatorio cubanizar el cuento, pero a mí por lo menos me hizo reír el choteo de la bruja maldiciendo en términos «puñeteros», y el hacha expresándose con el más acendrado acento «nagüito».

    En el acápite de los incuestionables logros también figura la música, con esas hermosas canciones, memorables por los versos (solo hay que mencionar la autoría de Silvio Rodríguez para comprenderlo todo) y por los preciosos arreglos orquestales (también cubanísimos). Fueron convocadas algunas de las mejores voces: Anabel López (Denise, en la secuencia onírica), Miriam Ramos (Señora Arroyo) y la revelación de Ernesto Joel Espinoza (canciones de Meñique y Hachibaldo). Porque al igual que en Aladino o La bella y la bestia (dos referentes disneyanos cuya influencia brota en la caracterización de la princesa, o a través de los diversos objetos provistos de espíritu y humanidad) la música es elemento que enriquece la acción y le permite avanzar, suministrando cierto lirismo reflexivo, o chispeante, y enriqueciendo la atmósfera sonora en su conjunto.

    Tampoco el filme funcionaría con el público, como funciona, sin un puñado de actuaciones memorables, en particular las de Corina Mestre en el papel de la bruja, Carlos Ruiz de la Tejera transfigurado en el sibilino edecán con complejo de Edipo, y Osvaldo Doimeadiós como espejo mágico —un trío de eminencias paródicas que le confieren fluidez, miscelánea y potencia postmoderna al filme—, además del desempeño «cuatriversátil» de Manuel Marín, quien le regaló la ductilidad de su voz a uno de los hermanos, al hacha, el ogro y el capitán.

    Los actores y actrices, cantantes y músicos, diseñadores escenográficos y animadores, todos, entregaron sus talentos a este gran espectáculo, noble y polícromo, que es Meñique, cuyos protagonistas virtuosos, él y ella, terminan por ganarse la identificación del auditorio de acuerdo con leyes de la tradición oral, escrita y visual que acompaña a la humanidad desde el Medioevo hasta las películas de superhéroes y los juegos de computadoras de este mismo año, porque también se percibe el empeño por adelantar y poner al día las técnicas de animación predominantes en Cuba, mientras se confieren algunos momentos de homenaje a ciertos «muñequitos» realizados dentro y fuera de la Isla.

    En este camino de combinación entre lo nuevo y lo viejo, lo nacional y lo extranjero, el filme presenta un héroe al mismo tiempo secular y contemporáneo, a quien el espectador descubre en pleno laboreo, en el intento porque prospere la finca, mientras canta su humilde oración: «Con mi trabajo quisiera, ser de mi suerte monarca, y que ese don se esparciera, sobre mi pobre comarca». Desde ese mismo minuto me convertí en fan, casi incondicional, de este cubanazo diminuto y colosal, igualito a cualquiera de nosotros, o por lo menos, capaz de compartir similares sueños.


    (Fuente: juventudrebelde.cu)


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