En el principio era Grecia y en el fin era el cine negro. Entre el principio y el fin hay un laberinto donde Teseo entra a buscar al Minotauro, a arrebatarle su soledad, lo único que le queda al monstruo con facciones de toro en un mundo donde no son agradables ni los seres ambiguos ni las personas difíciles de clasificar.
Pero a Patricia Highsmith le atraía la gente así. En sus novelas abundan personajes indefinibles y contradictorios, generalmente contrariados por un sentimiento de culpa cuyo origen no se pueden explicar. Atrapados en entornos opresivos y perversos, añoran la transparencia y quieren obrar bien, pero se sienten trágicamente atraídos por el crimen y las dobles intenciones. Misántropos, buscan siempre la compañía de alguien, y aunque valoran mucho la honestidad, no pueden evitar ser mentirosos y traidores. Esas y otras paradojas servirían para describir a casi todos sus personajes, lo mismo a Tom Ripley, su héroe por antonomasia, quien apareció en varias películas; a Bruno Anthony, muy conocido por haber sido adaptado por Hitchcock en Pacto siniestro; o a Rydal, el protagonista de Las dos caras de enero, novela que ya había tenido una adaptación alemana en 1985.
Sin embargo, Las dos caras de enero tal vez sea la novela donde Highsmith explotó más el carácter ambivalente de la psicología humana, en una relectura del mito de Teseo que aunque no era nueva, pues ya la había hecho Borges (otro ser inclasificable), contiene matices distintos y más arriesgados (si tal cosa es posible) de los que le dio el argentino.
Para seguir en la cuerda de la relectura, bastaría con mirar el final del relato clásico con los ojos de la película: Cuando Teseo conoce al Minotauro, hace dos descubrimientos desagradables. Primero, que el Minotauro no es tan terrible como parecía, y segundo, lo que es peor, encuentra entre el monstruo y él cierto parecido moral y una extraña empatía filial (recuérdese que la muerte del Minotauro supone luego la muerte del padre de Teseo).
Esta ambigüedad en las relaciones entre los personajes es también usual en la obra de Highsmith, donde abundan los vínculos familiares difíciles, los triángulos amorosos, las amistades terminales y el erotismo solapado entre personas del mismo sexo. En esta nueva versión cinematográfica de Las dos caras de enero todo esto está presente, pero maquillado con tonos y encuadres que aluden a la visualidad de los clásicos del cine negro. Precisamente, el aporte del director primerizo Hossein Amini (ya había escrito guiones para películas de regusto noir), consiste en haber montado una puesta en escena que reproduce las claves expresivas de un género que, en definitiva, es el entorno natural para adaptar las novelas de la escritora norteamericana. Pero no solo eso. La película Las dos caras de enero es un viaje que empieza en Grecia, pasa por Creta y termina en Estambul, como paradas de un gigantesco laberinto de reminiscencias egeas, paisajes rocosos y ruinas bajo el Sol, un entorno particularmente inapropiado para las demandas visuales del cine negro. Y es que, para más contradicción, a la novelista le encantaban los viajes a Europa (el último lo dio a Suiza, donde murió). Por puro placer excursionista, sus personajes se pasean por Italia, desayunan en Cannes, almuerzan en Roma y atraviesan París en una noche. Tal vez el mayor reto de Hossein Amini consistió en acomodar las fugas turísticas de Highsmith a las necesidades de su película, donde todo tenía que ser oscuro, cerrado y tenebroso, según los mandatos del género.