ARTÍCULO



  • Aprendiz de gigoló: Cómo ser Woody Allen
    Por Rubén Padrón Astorga


    ¿Ególatra? ¿Excéntrico? ¿Desmesurado? No lo sé, el caso es que Woody Allen es el cineasta que más ha disfrutado exponiéndose a sí mismo en una pantalla. Más que Hitchcock, más que Orson Welles, más que Tarantino, ¡más que Chaplin!, durante 50 años ha revelado en fotogramas la historia de su vida, es decir, la biografía de sus neurosis, sus miedos, sus contradicciones, su sentido del humor, sus morbos y sus desdenes, y aunque parezca increíble, siempre hay algo por descubrir en él, alguna manía nueva, algún secreto que nunca nos confesó.

    Aun así, ya lo conocemos de memoria, y sus películas, desde Desmontando a Harry, no son lo que eran. Pero si John Turturro (o en principio cualquier otro), puede mostrarlo, quizá no distinto, pero sí ubicado en otra perspectiva, por ejemplo, en una posición secundaria, resulta que Woody Allen es capaz de recargarse y volver a ser tan original como en otras épocas, tan igual y diferente a la vez, tan familiar y sorprendente.

    Este pudiera haber sido el propósito oculto de Aprendiz de gigoló, quinta película de John Turturro como realizador, filme que a ratos parece un homenaje a Woody Allen, pero que a ratos parece dirigido por él mismo. Protagonizada por ambos, la historia se desarrolla en Brooklyn, entre acordes de jazz, encuadres reposados, personajes corrientes, familias estables y absolutamente disfuncionales, conflictos íntimos mirados con socarronería, es decir, el típico relato newyorkino de cotidiana sencillez y caos disimulado del cine de Woody Allen.

    Las similitudes entre él y Turturro se acentúan en una historia que coloca a sus dos protagonistas en una relación de maestro y aprendiz. También newyorkino (ha dirigido todas sus películas en Nueva York), cineasta independiente por antonomasia y excelente actor, Tururro se muestra pronto dispuesto en el filme a captar las enseñanzas del otro, y a llevarlas a la práctica, con un personaje que está notablemente construido como un álter ego de Woody Allen, o al revés, como una suma de todo lo que Woody Allen, quizás por miedo, ha evitado ser.

    Sin embargo, da gracia como este logra robarse la película con su personaje de siempre, arrebatársela sin trabajo a Turturro, quien parece observar su despojo con aire filosófico. Woody Allen no será exactamente un actor, los suyos no serán exactamente personajes, pero es capaz de poner una película ajena a girar en torno a él, a sus ideas políticamente incorrectas y a su personalidad neurótica y charlatana, con ese talento que tiene para ennoblecer las peores ocurrencias.

    En realidad, Aprendiz de gigoló no era una película para que se luciera Woody Allen, sino para contar, al estilo más denso y melancólico de Turturro, una historia de amor, que aunque a ratos trata de emerger, nunca lo consigue. El problema es que las películas de Woody Allen parten todas de un mismo presupuesto: toda intimidad, empezando por la suya, es extremadamente conflictiva y además está repleta de contradicciones. Y bueno, en semejante intimidad, el amor no florece. Por lo tanto, su cine es incompatible con las historias de amor, y cada vez que ha empezado alguna, ha muerto por el camino.

    A cambio, Aprendiz de gigoló brilla con sus burlas maliciosas, con sus diálogos y situaciones ambiguas, como esa escena hilarante en que Woody Allen es sometido por fin a un juicio hebreo, en una especie de ajuste de cuentas por todas las blasfemias antijudías que ha dicho en su vida, y donde es defendido por un abogado que recuerda a Steven Spielberg (otro judío descarriado).


    (Fuente: Cartelera de Cine y Video ICAIC)


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