"Hubiera querido que mi filme fuese proyectado en concurso pero no me dejaron", protestó el maestro del cine de Taiwán, Tsai Ming-liang, en referencia a Na ri xiaw (Atardecer), exhibido en la sección oficial del Festival de Venecia, pero fuera de competición. Su nueva obra es una conversación ininterrumpida de dos horas y cuarto con su actor fetiche Lee Kang-sheng con cámara fija en un cuarto a medio blanquear de su nueva casa en medio de la montaña, donde Tsai, que acababa de superar una grave enfermedad, habla de sí, de su familia, de su relación con su actor preferido y su compañero desde hace casi 25 años pero raramente de su obra.
Nunca un director había osado desnudar su vida privada de la manera como lo hace Tsai, discurriendo con un interlocutor taciturno como Lee de quien dice que sin él su obra y él mismo no existirían.
Tsai se conmueve cuando piensa en la muerte, cuando habla de su nueva casa que finalmente le permite aislarse de todo y de todos, cuando confiesa que hacer cine le cansa y que preferiría dedicarse a la pintura aunque no sabe si venderá los cuadros o se los dejará en herencia a Lee.
Solo en raras ocasiones, ambos hablan de su obra en común, de la predilección de Tsai por la primera toma hecha sin ensayos de manera de conservar la naturalidad y la frescura de la actuación, de su rechazo del cine comercial y de la relativa incomprensión del público asiático.
Recuerda con Lee cuando debían vender ellos mismos las entradas a sus películas por la calle y los países que visitaron juntos, sobre todo europeos, pero también de Japón y Corea del Sur mientras de América Latina cita solo de Argentina.
En un momento dado, Tsai se pregunta que pensará de él la vegetación espesa que alfombra las montañas que rodean a la casa, visibles a través de dos ventanas sin vidrios, y en otra sueña con realizar un filme como si fuese una pintura que no precisa de productores ni de financiación y que puede ser vista en un museo.
"Mi obra precisa de un público reflexivo que se interese por los nuevos rumbos que puede embocar el cine -declara Tsai en una rueda de prensa casi desierta- mientras yo necesito del calor de un público que me comprenda y me ame".
"En estos momentos me doy cuenta que el mundo del arte me aprecia y me respeta más que el del cine", apunta el taiwanés, que reconoce que lo más difícil de su película fue hacer hablar a Lee.
"Es un hombre de muy pocas palabras y nos conocemos desde hace muchísimo tiempo -dice-, en principio yo me proponía que el filme fuera un dialogo pero al final terminé hablando yo solo".