La exhibición en el Festival de Locarno de 1989 de ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), significó el impresionante y tardío descubrimiento por Occidente de un cineasta personal como pocos, el iraní Abbas Kiarostami. Desconcertados frente a aquel imprevisto golpe de belleza y maestría, los críticos pensaron que se trataba de una ópera prima, pero en realidad ya Kiarostami acumulaba 17 cintas en una filmografía iniciada con el corto de aire neorrealista El perro y el callejón (1970).
De padre pintor, nació en una familia intelectual de clase media, tuvo una amplia trayectoria en el cine publicitario y con el patrocinio del Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes realizó sus dos primeros cortos y su primera cinta de ficción La experiencia (1973). Tuvo que simultanear sus estudios de Bellas Artes con su trabajo como pintor y diseñador de algunos carteles de cine, entre otros encargos, para sobrevivir, razón por la cual se graduó al cabo de trece años. En el período 1974-1985 escribe, edita y realiza trece títulos, sobre todo cortos didácticos acerca de temas disímiles, según el perfil educativo de la institución patrocinadora.
A lo largo de esa etapa tan creativa, consigue filmar dos largometrajes de ficción: El pasajero (1974), y El reporte (1977). Fiel a sus inquietudes artísticas, Kiarostami escribe y dirige en 1987 la historia del niño que hace lo imposible por localizar la casa de un compañero del aula, con el fin de devolverle su cuaderno y evitar así el castigo del maestro. Más minimalista no podía ser esta línea argumental, pero en la forma de narrarla y dirigir a esos niños radica la rara habilidad de un cineasta que legó uno de los filmes más memorables de la década de los 80. Con ¿Dónde está la casa de mi amigo?, entraba súbitamente en la historia del séptimo arte y llamó de inmediato la atención hacia el ignorado cine de su país. Su irrupción situó a Irán en el mapa del cine contemporáneo sin que tardara el soplo fresco que trajeron consigo otros coterráneos.
Quien se convirtió en uno de los cineastas más influyentes del último decenio del Siglo de Lumière, bautizado “El Rossellini de nuestro tiempo” y continuo objeto de libros y documentales monográficos e innumerables retrospectivas en certámenes de todo el mundo, no cesa de reflexionar acerca de qué significa esa “ventana a nuestros sueños a través de la cual es más fácil reconocernos a nosotros mismos”, como define el séptimo arte, y la decisiva intervención del público al que tanto respeta:
“Creo en un tipo de cine —ha dicho— que ofrece grandes posibilidades y tiempo a su público. Un cine a medio crear, un cine inacabado que consiga completarse gracias al espíritu creativo de los espectadores, como ocurre en cientos de películas. Le pertenece a los espectadores y corresponde a su propio mundo. (…). Sentados en una butaca de cine, nos dejamos llevar y tal vez este sea el único lugar donde nos sintamos cercanos y a la vez distantes de los otros; ese es el milagro del cine”.
Cinemateca de Cuba se complace en incluir, entre los ciclos con los cuales inicia su programación del presente año, una selecta retrospectiva de once títulos del gran director, con cinco estrenos absolutos en nuestro país.