CRÍTICA



  • Lo bueno de llorar: Apuesta arriesgada y resultado incierto
    Por Ignacio del Valle


    “Quiero que cada una de mis películas sea una ópera prima”, la afirmación sale de los labios de Matías Bize casi como una declaración de principios, durante una charla realizada junto a otros realizadores chilenos, con el 14° Festival Internacional de Cine de Valdivia como telón de fondo. Pocas horas después, ese mismo domingo 7 de octubre, se presentará por primera vez en Chile Lo bueno de llorar, el tercer film del joven realizador.

    La película, que compite en el certamen, ha tenido en su gestación todos los elementos de riesgo, apuesta e innovación a los que Bize hace referencia al decir que quiere que cada uno de sus trabajos mantenga la “frescura” de una ópera prima. Fue filmada a contra reloj, en 11 noches, sólo hubo dos meses de pre-producción, el guión de escasas 35 páginas estuvo diseñado para dejar amplios espacios a la improvisación, los productores tuvieron en sus manos el texto a una semana del inicio de las grabaciones, el presupuesto era bajo y, por si fuera poco, la película se desarrolló en Barcelona, una ciudad con una idiosincrasia desconocida para Bize.

    A todo ello se unió la costumbre del director de introducir un pie forzado en la narración, algo que origina muchas limitaciones y desafíos a la hora de hacer una película. Ya en Sábado-su primer largometraje- la apuesta había sido contar una historia entera en un larguísimo plano secuencia.

    Posteriormente, al realizar En la cama, Matías Bize optó por restringir toda la acción a una habitación de motel. Ahora, en Lo bueno de llorar ,el desafío fue narrar el fin de una relación amorosa que sucede en una sola noche, en las calles barcelonesas.

    Aunque Bize afirma que el uso de pies forzados no es un dogma en su cine, lo cierto es que hasta ahora, se han vuelto un sello que lo distingue. “Me sirven para centrarme más en lo que quiero contar y dejar a un lado lo que me aleja de eso. El público es más inteligente de lo que uno cree, no tengo que mostrarle cómo llegaron dos personas al motel si lo que quiero es contar lo que les pasa ahí”, explica el director utilizando el ejemplo de En la cama.          

    Sin embargo, si en el caso de Sábado y En la cama era lo extremo de la apuesta aquello que las hacia cautivantes, en Lo bueno de llorar, no ocurre lo mismo. La película se ve perjudicada por los riesgos que corre y cae en algunas trampas de las que no sale airosa. Matías Bize en su lucha contra el tiempo no consigue alcanzar una comunicación fluida con sus actores, a diferencia de lo que sí logro al realizar En la cama. Antes de empezar a rodar ese filme, Bize llevó a cabo una larga serie de ensayos, que permitió que los actores alcanzaran la intimidad y complicidad necesaria entre ellos y el director como para abordar con éxito el tema de la película. Esa rica experiencia debió haberse repetido en Lo bueno de llorar, sobre todo teniendo en cuenta que se iba a trabajar con protagonistas que no eran chilenos y en una sociedad cuyos códigos culturales tanto Bize como su guionista, Matías Cornejo, desconocían o, en el mejor de los casos, no dominaban completamente.

    Desgraciadamente las exigencias de tiempo impidieron totalmente que se realizara ese proceso. Los productores estuvieron dispuestos a apoyar un proyecto de Bize dándole una gran libertad creativa, siempre y cuando éste presentara un work in progress de la película en el Digital film festival de Barcelona, lo que en la práctica implicaba que la preproducción y el rodaje de Lo bueno de llorar estuvieran finalizados sólo en dos meses. El resultado fue una película de interpretaciones estáticas -sobre todo en el caso de la protagonista- y de actores que no han tenido suficiente tiempo de preparación para darle vida a sus personajes. Las escenas de la fiesta son quizás uno de los momentos donde esto se hace más evidente: los tres amigos, de pie junto a la barra, mantienen una conversación intrascendente y entrecortada por el ruido de la música. Debería parecer un momento normal en la relación que los tres mantienen, sin embargo, los actores se ven incómodos, parecen estar pensando en sus líneas o en cómo salir del paso mediante una improvisación que resulte convincente. Lo mismo sucede cuando la protagonista pierde el bolso, su reacción es demasiado forzada y el diálogo con su novio se vuelve áspero y poco fluido.

    Si Matías Bize hubiera tomado con firmeza las riendas de la dirección de actores estos problemas se podrían haber subsanado en parte; sin embargo, el mismo director ha reconocido durante el Festival de Valdivia que apenas intervino en el trabajo de los intérpretes porque temió que eso fuera negativo. Se equivocó. Por mucha confianza que tenga en sus actores, un director no debe abandonarlos a su suerte. Es el realizador antes que nadie quien debiera saber qué es lo que quiere que consigan con sus actuaciones.

    A los problemas en las interpretaciones se añade un guión poco elaborado y no muy original. Esta es la tercera vez que Bize aborda la temática amorosa, pero por desgracia lo hace de manera menos atractiva -más plana- que en las anteriores ocasiones. Quizás habría que achacarle nuevamente a la falta de tiempo que no se haya ahondado más en los matices de la historia. Con todo sigue siendo un cine sincero, que habla desde la intimidad. El mayor desafío del joven director tal vez llegue cuando se decida a dejar de lado los temas amorosos, en los que su cine se ha sabido mover con inteligencia; pero que podrían terminar, a la larga, por encasillarlo.

    Ahora bien, aunque la pareja sigue siendo el centro de la historia, esta nueva película toca una nueva temática, la paternidad -y la maternidad- que aparece como una preocupación secundaria, pero de peso, ya sea mediante referencias visuales o diálogos. El filme apuesta, también, por los largos silencios -algo también nuevo en el cine de Bize-, donde supuestamente, se vierte la tristeza y angustia de los personajes. Desgraciadamente este elemento, el silencio, no tiene su contrapeso en diálogos que funcionen bien y, por ello, la película se hace un poco sosa.

    A los problemas de guión e interpretaciones se añade un tercero y más grave: una musicalización completamente inadecuada. La música incidental es melosa, llega casi a volverse redundante con el resto de la narración y en vez de construir la atmósfera adecuada, arroja a la historia hacia los abismos de la obviedad y el cliché. Se trata de algo no achacable a la falta de tiempo. Ojalá Matías Bize destierre completamente de sus películas este tipo de musicalización, que a ratos pareciera querer llamar la atención sobre las escenas como si el espectador hubiera dejado de prestarle atención al filme durante un momento y fuese necesario volver a capturar su mirada; algo típico de la televisión, pero impropio del cine. 

    El elemento más destacable de la película es la dirección de fotografía a cargo de Gabriel Díaz. Se nota que existe una buena compenetración, fruto de la experiencia, entre él y su director. La iluminación tiende hacia un azul sucio, bastante adecuado para la historia nocturna, la cámara utiliza muy bien un lente gran angular en los momentos indicados, como por ejemplo durante un largo plano secuencia en el supermercado, en uno de los momentos más intensos de la historia. Bize, además, no renuncia a la cámara. Ésta se vuelve algo vivo que sigue a los personajes, los interroga, toma distancia y reflexiona, pero sin volverse nunca pedante. Si En la cama fue una película de montaje, con muchos cortes directos y jumpcuts como apuesta estética, Lo bueno de llorar es una película de planos secuencias, cámara al hombro -en realidad steadycam- y ritmo más pausado.Cabe destacar en este sentido la escena inicial de la película, un plano general de los dos protagonistas, que están sentados a una mesa y no se hablan. Lentamente la cámara se va cerrando, mientras que ellos permanecen en todo momento fuera de foco. El centro de atención son las dos copas de vino vacías que están sobre la mesa. Es una metáfora de lo que se nos contará durante los siguientes 97 minutos, muy bien resuelta.

    Pese a sus errores Lo bueno de llorar no debería ser condenada. Tiene menos frescura que sus predecesoras, pero sigue siendo sincera, arriesgada y coherente. Debe entenderse como un paso dentro de una carrera muy interesante y de gran inteligencia. Un paso menos atento que los anteriores, pero que no le quita validez al conjunto. Quizá uno de los aspectos más destacables de Matías Bize sea que se niega a haberlo aprendido todo. No es, hasta ahora, un cineasta que busque la consolidación, sino que prefiere seguir jugando, experimentando, apostando y que está lejos, por lo mismo, a caer en los riesgos de citarse a sí mismo. Lo bueno de llorar, como él mismo la define, es una nueva Ópera prima


    (Fuente: critica.cl)


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