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  • Alfredo Soderguit presenta su premiada película de animación, Anina
    Por Andres Valenzuela


    El cine animado en Uruguay es una rareza, aunque “viene creciendo de forma un poco aleatoria e intermitente”, según lo define Alfredo Soderguit. Algo sabe el hombre: dirigió Anina, una de las cumbres del cine uruguayo de los últimos años. El filme basado en la novela homónima de su coterráneo Sergio López Suárez ya circuló por Argentina hace un par de años, cuando se llevó el premio del público del Bafici en 2013.

    Bastan unos minutos de pantalla para entender el por qué del encanto: una estética bella, una narración sensible y un personaje entrañable desde el primer minuto. Soderguit es ilustrador de más de 40 libros, incluyendo el que inspiró la película. Además, fundó el Estudio Palermo con su socio Alejo Schettini, uno de los puntales de la disciplina de aquel lado del charco, donde abundan los proyectos de series (las más de las veces inconclusos, comenta) antes que los de largometrajes. En Uruguay, Anina demostró que era posible hacer cine de animación de calidad e incluso exportarlo. Ahora, tras una larga espera, este jueves Anina regresa a las salas argentinas, ahora para su estreno comercial. Ocasión ideal para conversar con el ilustrador devenido director.

    –¿Por qué le interesaba trabajar sobre la novela original?

    –La novela de Sergio López Suárez es una historia profundamente auténtica por la calidad humana de la construcción de los personajes, en especial Anina. Es una historia que está contada de una forma que conecta directamente con emociones muy bellas. A mí me pasaron dos cosas, en primer lugar sentí que la historia hablaba de mí, de mi niñez, sentí que conectaba con aspectos muy personales. Luego, con la película hecha descubrí que son emociones bastante universales y que de una forma u otra conectan con niños y adultos de muchas partes del mundo. Lo segundo que me pasó fue que de inmediato me la imaginé como película, pensé que sería una película que a mí me gustaría ver. El desafío de representar esa historia en 18 ilustraciones para su primera publicación en libro fue el primer paso, de ahí surgieron muchas de las escenas que actualmente están en la película.

    –¿Cómo fue el trabajo de adaptación?

    –Me sucedió algo muy extraño y fascinante. Yo estaba con la idea de hacer la película prendida como un fuego en el pecho y un día sonó el teléfono de mi casa. Era Federico Ivanier, yo lo conocía como escritor de novelas para niños entre 10 y 14 años más o menos. Federico me dijo que se había enterado de que yo tenía un estudio de animación, que era guionista y que siempre había querido escribir un guion para un largo de animación. O sea, yo no tenía idea de cómo empezar una película y un día me llama un guionista y me dice que quiere escribir un largo. Le pregunté a Fede si él escribiría una adaptación de una novela que no fuera suya y me dijo que si le gustaba lo podía hacer.

    –Hizo la primera gráfica de Anina, ¿cómo fue la búsqueda de ese estilo?

    –La imagen de Anina no nació en los bocetos de las ilustraciones del libro sino un poco antes de que yo lo leyera. Estaba trabajando en la búsqueda de un personaje para otro libro y apareció esa niña que me encantó pero que no era para ese libro. Cuando leí Anina Yatay Salas supe que esa era la historia para ese personaje que aún no tenía nombre. Una niña con una mente y corazón tan inquietos que su cabeza parecía tener un fuego rojo en vez de pelo. Los demás elementos tienen que ver con espacios de identificación personal, con la búsqueda de atmósferas y lugares que reflejen emociones precisas, con la intención de dar un marco reconocible con varias capas de información. Para eso debían ser espacios reconocibles, no lugares específicos sino lugares que se parecen a otros, que representan ciudades posibles, barrios. La historia de Anina está contada en primera persona, desde su mirada, quisimos aportar elementos que potencien la posibilidad de que el espectador se meta de lleno en la cabeza del personaje.

    –¿Cómo impacta su experiencia como ilustrador en su tarea como realizador audiovisual, siendo dos disciplinas tan distintas?

    –En verdad no son tan distintas, cuando se ilustra se utilizan herramientas y lenguaje visual para representar y contar historias. El cine es más sofisticado en sus mecanismos de producción y cuenta con todo lo que aporta el sonido y un manejo más intensivo del tiempo. Las 18 ilustraciones que componen el libro no son imágenes literales sino que buscan representar aspectos más simbólicos y sugerir ideas que sumen un punto de vista, una mirada con un sentido personal a partir de lo que el texto me provocó. Esas primeras ilustraciones fueron la semilla de algunas de las escenas más importantes de la película.

    –La película se narra mucho a partir de la voz de la propia Anina, y también a partir de flash-backs, ¿por qué ese recurso?

    –Eso ya viene de la novela, funciona muy bien en el libro y decidimos potenciarlo. Es una historia reflexiva, donde pasan muchas cosas que afectan directamente el estado de ánimo del personaje, provocan sus sueños y sus incógnitas. Es importante que el espectador empatice directamente con el personaje. Es ella la que nos cuenta lo que le pasa. “Me llamo Anina Yatay Salas, tengo diez años y estoy metida en un lío de novela”, es la primera frase, tanto en el libro como en la película. Ahí se plantea de una y de forma contundente un estado de ánimo.

    –Es muy interesante que buena parte de los conflictos que enfrenta Anina tienen que ver con figuras de autoridad adultas que oscilan entre la comprensión y el “la letra con sangre entra”. Los adultos, además, muchas veces están ausentes en las películas para niños. ¿Cómo trabajó estos personajes? ¿Cuán presentes están esas tensiones en Uruguay?

    –Los adultos están muy presentes en la vida de los niños y muchas veces ocupan ese lugar de reguladores, para bien y para mal, también eso funciona como un reflejo de la libertad de los propios adultos, la forma de entender la autoridad o el autoritarismo. Anina tiene esa mirada fresca que le permite cuestionar de una forma muy auténtica y sincera.

    No nos preocupaba mucho representar tensiones locales, la película es bastante uruguaya porque nosotros somos uruguayos pero los temas que toca son bastante universales. Una muestra de ello es que haya ganado premios del voto del público tanto en Buenos Aires como en Ecuador, Irán o Australia. En ocasiones hemos bromeado con la idea de que es una película de realismo animado.

    –Otro tema muy uruguayo que aparece es la cuestión de la emigración, ¿cómo fue pensarlo para niños?

    –Hay temas que muchas veces son más difíciles para los adultos que para los niños, generalmente el miedo o la nostalgia son emociones inculcadas por los adultos. En este caso es una de las vecinas quien refleja esa visión, sin embargo el almacenero y el padre de Anina son los que la ayudan a entenderlo de otra forma. Los niños se enfrentan a todas las cosas que pasan en el mundo, las ausencias, las injusticias, en especial en el espacio social que es la escuela, no hay tema que se les escape.

    (Fuente: pagina12.com.ar)


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