CRÍTICA



  • Nadie nos mira, convincente y por momentos fascinante
    Por Diego Batlle


    Después de dirigir Hermanas y El último verano de la Boyita, Julia Solomonoff rodó casi íntegramente en Nueva York Nadie nos mira, una película que -si bien presenta como protagonista a un hombre- tiene bastante que ver con su propia historia: ella se radicó hace ya casi dos décadas en la Gran Manzana aunque nunca dejó de estar en contacto con (e incluso filmar en) la Argentina.

    Nico (Guillermo Pfening) es un actor treintañero de cierto éxito gracias a una telenovela, pero la crisis que le genera una relación patológica con Martín (Rafael Ferro), un hombre casado que es su amante y además productor del ciclo televisivo, lo lleva a radicarse en Nueva York para buscar también nuevos rumbos profesionales.

    Las cosas, por supuesto, no son nada fáciles allí, más aún porque Nico no tiene el típico look latino (es demasiado rubio para los directores de casting) y su inglés tampoco es del todo convincente. Mientras intenta desarrollar una película largamente demorada con un cineasta mexicano, se gana la vida cuidando el bebé de su amiga Andrea (Elena Roger), una profesora de yoga argentina casada con un rígido estadounidense, mientras comete pequeños robos en supermercados y estafas con las devoluciones de productos en distintos negocios.

    Cuando habla con su madre por Skype, cuando lo visita algún amigo, cuando tiene que lidiar con alguna productora, Nico esconde, disfraza o directamente niega su precaria situación desde económica hasta legal (aunque nunca padece situaciones extremas no deja de ser un inmigrante ilegal). El temor a reconocer el fracaso, el orgullo y la vergüenza hacen que manipule a los demás o construya una falsa realidad. Hay algo conmovedor y patético a la vez en sus esfuerzos omnipotentes por convecer(se) de que está haciendo lo correcto, que el triunfo en la meca es inminente, que no necesita la ayuda de nadie.

    La película -narrada con elegancia y prolijidad- habla de la crisis de la masculinidad, con personajes que, más allá de sus elecciones sexuales (hay varios gays y lesbianas), se sienten incómodos y presionados con ciertos mandatos y convenciones sociales.

    Si bien Nadie nos mira se vuelve un poco indecisa y derivativa en su segunda mitad, el resultado final no deja de ser convincente y por momentos fascinante. Más allá de los méritos de una guionista y realizadora inteligente como Solomonoff o de los aportes visuales de un notable director de fotografía como Lucio Bonelli, el principal sostén y motor del film es Guillermo Pfening, consagrado con toda justicia como el mejor actor del reciente Festival de Tribeca por una interpretación llena de matices y sutilezas a la hora de transmitir las angustias, la soledad, el desamparo, las humillaciones, las búsquedas íntimas de redención y las vulnerabilidades de su atribulado personaje.


    (Fuente: Otroscines.com)


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