CRÍTICA



  • Las buenas Intenciones, cine puro y cristalino
    Por Diego Batlle


    Esta emotiva y nostálgica ópera prima que tuvo su estreno mundial en Toronto y luego competirá en la sección New Directors del Festival de San Sebastián y en la muestra principal de Biarritz narra con ternura una conflictiva y querible relación padre-hija.

    Gustavo (Javier Drolas) es un hombre divorciado y padre de tres hijos que no es precisamente un dechado de responsabilidad y compromiso. Con su amigo Néstor (Sebastián Arzeno) manejan una disquería (estamos en los años '90, aclaremos), aunque los números no cierran. Su ex esposa, Cecilia (Jazmín Stuart), tiene nueva pareja, Guille (Juan Minujín), pero se la pasa quejándose por las constantes impuntualidades, incumplimientos económicos y demás carencias de Gustavo, un típico slacker de caótico hogar y más afecto a las trasnochadas, los romances casuales, la música, el fútbol, manejar su Torino y fumar porros que a dedicarse a su familia.

    Cuando Cecilia le informa que piensa radicarse con su nuevo novio y los tres chicos en Paraguay, Gustavo lo acepta con una mezcla de enojo, tristeza y finalmente resignación. Sin embargo, Amanda (Amanda Minujín), la mayor de los hermanos, está decidida a quedarse con él y empieza a mover los hilos en consecuencia.

    Las buenas intenciones es, esencialmente, una tragicomedia sobre una relación padre-hija (aunque la dinámica del resto de la familia también está presente), un film sobre la vida en los '90, una película sobre el amor por la música, un retrato de fuerte sesgo autobiográfico (recomiendo quedarse a ver las imágenes durante los créditos finales), un ensayo sensible y por momentos conmovedor sobre cuestiones como el sacrificio, la pérdida y la reconciliación.

    La película (que tiene algo del universo del Nick Hornby de Alta fidelidad y Un gran chico) es una carta de amor a los padres torpes (esos inmaduros e indecisos seriales, esos inoperantes para los quehaceres cotidianos, esos discapacitados afectivos), pero que aun con sus múltiples falencias resultan tan entrañables como queribles; y la reivindicación de una banda de culto como Sorry, en la que la por entonces jovencísima directora participó junto a su desaparecido padre Javier García Blaya, el también fallecido Pablo Fischerman, Paola Pelzmajer y Sebastián Orgambide (hermosos temas como Entre las nubes, Monstruo y Las buenas intenciones forman parte del soundtrack). Es, en definitiva, la reconstrucción de una historia íntima, de un tiempo, un lugar y un grupo humano donde se transpiraba cine y música. Y un homenaje, claro, a los que ya no están (pero están).

    Como dato anecdótico, además del trabjo grupal de los García Blaya, el film es también la oportunidad para que otra familia (los Minujín) se dé el gusto de trabajar junta. Es que, si bien el consagrado Juan tiene aquí un papel secundario, son sus dos hijas (en especial la expresiva Amanda y en menor medida Carmela) las que consiguen un debut muy promisorio delante de cámara.

    Pequeña en su estructura y sus ambiciones, pero gigantesca en sus dimensiones emocionales, Las buenas intenciones es cine puro y cristalino, una ópera prima hecha con inteligencia (el uso de las imágenes con look VHS, por ejemplo, es muy bueno), pero también (y esencialmente) con el corazón.


    (Fuente: Otroscines.com)


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