CRÍTICA



  • La Mala Noche, íntimo acceso a la doble vida de una mujer
    Por Julio Fernando Navas


    Proveniente del cine documental, la realizadora ambateña Gabriela Calvache vacila con el género en su primer largometraje de ficción, La mala noche. Con paso en South by Southwest y uno que otro reconocimiento internacional (Mejor Película en el New York Latino Film Festival de HBO), esta primera incursión de Calvache en el cine argumental excede las expectativas en cuanto a elementos formales se refiere.

    Y es que si el espectador casual tenía recelo respecto a la calidad del cine que se hace en Ecuador que de alguna forma logra llegar a las salas de cine, La mala noche senta un precedente cualitativo más que positivo.

    Dana (Noëlle Schönwald) es una dama de compañía que trabaja para proveer para su pequeña hija que está bajo el cuidado de su madre. Una deuda pendiente con Nelson (Jaime Tamariz), líder de un círculo de tráfico de personas, es el otro motivo por el cual se mantiene en la profesión. Sin embargo, cuando descubre que Nelson mantiene secuestrada a una niña, sin nada que perder, Dana se arma de valor – y en el sentido literal de la palabra – para liberarse finalmente a sí misma.

    Observando detenidamente la obra de Calvache, entre sus muchos cortometrajes y su documental del 2010, Labranza oculta, es tan claro como el agua que a la realizadora le apetecen temas que conciernen la justicia social. Si en Labranza oculta visibiliza a la clase obrera de Quito, en La mala noche nos da un íntimo acceso a la doble vida de una mujer que no tiene de otra sino prostituirse para llegar al fin de mes.

    Esta noción de duplicidad se repite en Julián (Cristian Mercado), un padre de familia que al estar aparentemente insatisfecho con su vida de casado busca algo más que solamente sexo de Dana. Más que trabajadora sexual, la relación que Dana mantiene con Julián hace que lo de “acompañante” cobre real significado.

    Más allá de los aciertos estéticos que se puedan encontrar, una de las falencias más constantes del cine ecuatoriano es lo actoral. Puede que el ritmo de La mala noche sea decididamente lento para algunos, pero el trabajo de Schönwald y Mercado hacen que cada segundo sea tolerable y creíble.

    Que la película se sitúe entre los escombros que dejó el terremoto del 2016 – esto, al parecer, facilita el modus operandi del círculo de Nelson – es un artificio genérico, pero La mala noche se encuentra en su punto más alto cuando estamos junto a Dana en su deriva existencial, lo cual, gracias a los acompañamientos musicales de Quincas Moreira, remite por breves momentos a un thriller que acepta el género un poco más de brazos abiertos como Destrucción (Karyn Kusama, 2018).

    El punto climático carece de fuerza por cómo venía siendo la construcción en los dos actos previos, pero eso no le quita ningún mérito a una película como La mala noche que cumple con creces en cada uno de sus apartados. Desde Crónicas (Sebastián Cordero, 2004), el cine ecuatoriano no había lucido tan prolijo.

    (Fuente: Cinemaecuador.com)


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