CRÍTICA



  • La nave del olvido, cine independiente de autoría
    Por Fernando Gálligo Estévez


    Un inquietante rostro en primer plano de la protagonista que llora mientras llueve fuera persistentemente. Una casa solitaria en una pequeña localidad chilena. Un desayuno a solas mientras escucha la radio local. Un coche que no logra poner en marcha obligándola a ir andando. Una comida con su única hija y nietecito. Recuerdos dolorosos de su esposo fallecido. Mujer sola llevando la pequeña granja.

    Con éste encuadre secuencial la guionista y directora de La nave del olvido nos sitúa como arranque la situación de Claudina (Rosa Ramírez) mujer de 70 años solitaria y triste desde que falleció su esposo Eugenio.

    Cuando va a casa de su única hija Ale (Gabriela Arancibia) conoce a su vecina Elsa (Romana Satt) de 65 años casada y sin hijos, que pasa mucho tiempo sola por los frecuentes viajes de su marido.

    La trama nos lleva al comienzo de la amistad entre las dos mujeres de edades cercanas y ambas insatisfechas afectivamente. Van intimando dándose compañía y apoyo mutuo con mayor iniciativa por parte de la decidida y resuelta Elsa. El guión muestra pronto como Claudina acepta la relación por su necesidad de afecto y novedad ante su rutinaria vida.

    La complicidad surge entre las dos amigas bien interpretadas sus personalidades muy diferentes. De manera muy natural avanza el guión desarrollando ésta incipiente amistad que se va volviendo más íntima.

    La más segura y resolutiva Elsa se ofrece a darle clases de conducir para aumentar su autonomía usando el auto casi nuevo de su fallecido esposo, “Fue un buen amigo, un buen compañero”. Una larga secuencia resuelve muy bien ésta nueva relación de profesora y alumna en la conducción que enseña la vecina casada.

    A medida que avanza La nave del olvido el pausado y acertado guión hace crecer las confidencias emocionales entre las dos protagonistas principales. También va mostrando la oposición a su amistad por parte de su única hija Ale, más preocupada por los comentarios maliciosos de la vecindad que de la nueva alegría de su madre. La homofobia socializada muestra su rechazo.

    La guionista y directora remarca sin embargo como su único nietecito Cristóbal (Cristóbal Ruiz) acepta con naturalidad la nueva relación de su abuela. Al igual que en la vida real, la infancia acepta sin problemas cualquier tipo de relaciones amorosas.

    Una conversación entre las dos mujeres en la que Claudina recuerda cuando era adolescente su lejano amor con otra chica propicia el acercamiento amoroso definitivo de Elsa. Ésta revelación espontánea les abre de manera natural a la manifestación amorosa de su cariño y ternura tras el beso inicial de la mujer casada.

    La gran interpretación del personaje de Claudina va mostrando el cambio de registros a medida que se siente más segura en su nueva relación de pareja. Muy bien configuradas las distintas personalidades de ambas mujeres por un buen guión articulado desde la observación y la vivencia sabia de la directora Nicol Ruiz.

    Es un acierto argumental la introducción del nuevo personaje de Facundo/Ambrosía (Raúl López Leyton), gerente de “La Casona”, hombre mayor que vive de espaldas a la homofobia de su entorno.

    “La Casona” es un lugar de esparcimiento en Lautaro (Chile) donde hombres y mujeres no heterosexuales se relacionan, bailan y viven en libertad en éste pequeño oasis. Allí acude Claudina y ve cantando a su nueva amiga Elsa cadenciosas canciones de amor.

    El desarrollo del guión describe detalladamente la presión social y la homofobia social mostrando la actitud negativa de su hija, los comentarios maliciosos de la gente y la increpación de dos borrachos en la calle.

    Una vecina de su hija critica a Claudia murmurando por haberla visto salir de “La Casona” y Ale la amenaza para que no siga con Elsa.

    La hasta entonces feliz relación de las dos mujeres maduras empieza a empeorar al distanciarse la mujer casada para evitar “salir del armario” al no querer poner en riesgo la convivencia con su marido. Tal como suele suceder cuando no se quiere salir de la zona de confort del matrimonio.

    Claudia queda de nuevo inmersa en la soledad afectiva y tristeza tras la frustración de sus deseos por el rechazo de su propia hija y la oposición de su entorno homófobo.

    El desenlace final en sus últimas secuencias aumenta el giro dramático con nuevas amenazas de su hija Ale con echarla de la casa si persiste en su relación de pareja. La guionista y directora Nicol Ruiz acierta totalmente con el cierre de la película sin caer en maniqueísmos ni en fáciles finales.

    La nave del olvido cuenta con una sencilla pero apropiada banda sonora donde destaca la canción “Sabrás que el viento sopla a otro destino” con letra de Nicol Ruiz en la composición de Santiago Jara

    Simbólicamente añade un grupo de jóvenes que cantan la bien elegida “No soy de aquí, ni soy de allá” tema compuesto por el conocido cantautor argentino ya fallecido Facundo Cabral.

    La nave del olvido es la primera película de la guionista y directora chilena Nicol Ruiz que con bajo presupuesto muestra su acertado desarrollo y contenido. Cine independiente de autoría que merece una buena difusión en los cines al hablar de la homofobia aún persistente en la vida real.

    Temática universal de las relaciones “no políticamente correctas” que se enfrentan a la falta de respeto y el rechazo de la propia familia y el vecindario cercano. Muy recomendable ver para cualquier persona que desee una sociedad mejor, más abierta y realmente libre.

    (Fuente: Cinemagavia)


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