ARTÍCULO



  • In Memorian de Manolito Pérez Paredes
    Por Lisandro Duque Naranjo


    Con extremo pudor, me dirijo a ustedes para celebrar la existencia de Manolito Pérez, quien recientemente falleció. Pudor frente a ustedes que fueron, al igual que yo, sus amigos, y frente a él, que de habérsele consultado a quién adjudicarle el honor de hablar sobre su persona, tal vez hubiera dicho que a nadie. No quiero, pues, pasarme de la raya involucrándome en su intimidad intelectual, que fue bien compleja, y que queda en escritos suyos, en intervenciones públicas y en conversaciones privadas en las que él invirtió su creatividad como analista, la que lo hizo tan urgente como interlocutor del que emanaban primicias imaginativas y ángulos inéditos sobre una comunidad -la del cine cubano, la de la FNCL, y la del cine latinoamericano-, de los que él fue partero desde el año 1960, testigo y protagonista, hasta el final de sus días. Exento, pues, de semejante proeza, me limitaré a exaltar al Manolito cotidiano, quizás al que todos conocimos. El otro Manuel, pues, confieso que me queda grande.

    Yo puedo aspirar a describir, no a interpretar, al Manolito del que habló Marta, su compañere de toda vida, la misma que seguramente quería cuidarlo hasta el final, empeño que no logró cumplir por anticiparse muriéndosele unos días antes. Me contó ella que Manolito era tan desentendido de la rutina, que más de una vez, al salir para el trabajo, ella le pidió que bajara la bolsa de la basura, con el resultado de que en efecto él la agarraba para meterla en el depósito del edificio, llegaba al ICAIC con ella, la ponía en el suelo, y por la tarde, al dejar la oficina, alguien le recordaba que no se olvidara llevar de regreso ese paquete que había traído de la casa. Una vez, Manolito salió de su casa llevando a su hijo para dejarlo en la escuela, y sin darse cuenta se Io llevó para la oficina, logrando que su hijo, solo, conociera y curioseara todos los pisos y estudios del ICAIC. Regresó a su casa sin el niño, recibiendo de un editor la llamada de a qué hora iba a recogerlo pues ya le había respondido demasiadas preguntas sobre por qué este plano iba aquí y no allí, además de que le había enseñado sobre Eisentein, sobre el montaje poético y sobre la yuxtaposición de dos planos que generan en la mente del espectador un tercer plano, y que era eso, justamente, lo que se llamaba el montaje intelectual. Ese día, sin duda, el niño aprendió más del descuido del papá, que del cuidado de sus maestros.
    Manolito no solo fue cineasta muy inspirado -y ello lo prueba la cantidad de guiones a los que contribuyó con su sapiencia dramatúrgica-, sino también un cinéfilo emocional, como un niño respecto de escenas memoriosas que se cuentan en el patio de recreo ante los compañeros de colegio. Su destreza oral no se salía de cauce, mantenía bajo control las piezas de la anécdota, e hipnotizaba a los interlocutores con la justeza de las alusiones y la erudición pertinente.
     
    Lo recuerdo contando sobre el gánster que vació su pistola a un muerto a medias en el baúl de un automóvil, en la película “Buenos muchachos” de Scorcesse. Sus brazos se alzaban, se iban para los lados, con las manos abiertas, se creaba un espacio propio y disparaba con un arma imaginaria: "ita-ta-ta!". He ahí el motivo por el que tal vez nunca le recordamos esos despliegues corporales sentado en una mesa, sino siempre de pie en tertulias improvisadas o caminando. A la hora de la pausa, al concluir su performance, se tomaba sus codos con las manos y le permitía su turno al próximo interlocutor.

    Una noche, en Guadalajara, afuera de la puerta del hotel, Manolito contaba una de sus historias que uno siempre esperaba que fueran más largas, cuando el portero del  establecimiento salió y nos pidió que por favor nos corriéramos un metro más hacia afuera. No entendíamos el porqué y se lo dijimos, pues estábamos suficientemente alejados y no le estorbábamos ni la salida ni la entrada a nadie, así que el uniformado nos aclaró el motivo de su pedido: era que Manolito con el movimiento de sus brazos hacía que la puerta de vidrios corredizos se estuviera abriendo y cerrando sin necesidad de que nadie entrara o saliera.

    En el homenaje póstumo a Alfredo Guevara, pocos días después de su fallecimiento, hicieron uso de la palabra Eusebio Leal -historiador de la ciudad-, Ignacio Ramonet y Manolito Pérez. Éste, refiriéndose al magisterio de Guevara en el Icaic y el Ministerio de Cultura, contó que cuando ocurría en el mundo, o en Cuba, un suceso inusitado de la política, causante de perplejidad, todo el mundo, pensando en el viejo sabio de la tribu, decía: "Habrá que consultar esto con Alfredo, a ver qué piensa".

    Todos estaremos de acuerdo de que en vida de Manuel Pérez Paredes, la comunidad cinéfila y cineasta cubana y latinoamericana, cada que se presentaba un hecho indescifrable, decía: "Habrá que consultar esto con Manolito, a ver qué piensa".


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