Qué magnífica cosa que el cine, durante hora y media o dos horas, nos haga sentir como si fuéramos Dios. Desde el paraíso de nuestras butacas nos permite ver el destino de los personajes. Y como un buen Dios, no intervenimos aunque siempre apostamos al destino mejor del personaje favorito. Es paradójico que tal privilegio apenas nos sirva para ir conformando nuestro propio destino. Las buenas y malas películas tal vez se pudieran distinguir por lo que aportan o no a favor de "un destino más noble para todos".
Sin embargo, son muchas voluntades las que intervienen en el destino de un filme y, desde luego, en el fomento y desarrollo de una cinematografía.
Con el Estado siempre hay un suspense y, al mismo tiempo, siempre se lucha por un happy end. Es frecuente que algunos se sientan más inclinados a las supuestas bondades de la empresa privada. Los cineastas, con muy buenas razones, temen al dirigismo y a la burocracia, riesgos latentes de la gestión estatal.
El cine existe, luego es una necesidad contemporánea que toda cultura tenga la posibilidad de expresarse a través de él. Ningún otro medio de expresión, incluyendo la televisión, llega a alcanzar la fuerza del cine para dar, a nivel internacional, la imagen de un país.
El Cine Brasileño cumple noventa años, casi la edad del cine. No sé si se puede hablar de un cine viejo o de un cine joven. No sé si hay razones para celebrarlo o sólo para conmemorarlo. Historiadores, críticos, cineastas brasileños, sabrán cuáles de estos años han sido de auténtica alegría y cuáles de absoluta tristeza. Cada país debe tener su propio guión para reflexionar sobre su propia experiencia.
Nosotros, con cautelosas aproximaciones de un zoom indefenso, nos sumamos al coro de los que quieren reflexionar en voz alta de manera general.
Grandes titulares asaltan nuestras buenas intenciones: "Aumentan los costos de producción"; "Bajan los espectadores en las salas de cine"; "No se recuperan las inversiones".
Nuestros buenos sentimientos se confunden con las malas razones: "La televisión y el vídeo desplazan al cine"; "Competencia desigual de las transnacionales"; "Sólo jóvenes y jubilados van al cine".
Pero somos más persistentes que ese rayo de luz que se mueve a 24 cuadros por segundo: "El cine reacomoda su espacio"; "Las innovaciones tecnológicas generan mayor demanda de películas"; "Hoy somos ochocientos millones de es pectadores, mañana seremos mil doscientos millones".
Las polarizaciones no son buenas para deshacer esta endiablada madeja. Navegar en ella debe llevarnos a olvidarnos de esquemas y de otras parecidas impotencias. El laberinto es divino pero tiene una fuerza diabólica.
La confusión viene de nosotros mismos cuando el Estado y la gestión privada quieren imitarse mutuamente.
El Estado puede aspirar a cobrar sus servicios en publicidad o en imágenes que no magnifiquen las contradicciones. La gestión privada, jerarquizando las utilidades por encima de los derechos del cineasta y del espectador. Ambos obtendrán espectadores desarmados frente a su propio destino y al del país.
Una opción estatal, para curar la mala conciencia, puede delegar la operación financiera en la gestión privada; también la empresa privada puede buscar en el Estado apoyo financiero para evitarse riesgos. Son fórmulas que no tienen por qué garantizar la eliminación del burocratismo, el dirigismo, el peculado y el despilfarro.
La fórmula estatal, privada o la mezcla de ambas, funcionarán si son consecuentes o no con una sociedad determinada y si hacen participar o no a los cineastas y demás factores que intervienen en el destino de un filme.
Una película que cuente la historia de una película correrá el peligro de morderse la cola, de repetir su imagen hasta el delirio.
Si un cineasta lleva su película, que ha producido el Estado, la empresa privada o ambos a la vez, para que la exhiban en una sala de cine que es del Estado, de una empresa privada o de ambos a la vez, puede que se la rechace el Estado, la empresa privada o ambos a la vez.
Las verdades más sencillas no tienen soluciones sencillas. O lo que es igual, la verdadera tragedia es la tragedia que no debía ser tragedia.
Si se produce una película, la primera obligación del Estado es garantizar que se exhiba en el país. Si, en primera instancia, no se garantiza el mercado potencial del propio país no puede haber producción cinematográfica en ese país. Hasta para Watson sería elemental esta verdad. Sin embargo, se hace un círculo vicioso: la producción exige exhibición y la exhibición demanda producción sistemática. Los más interesados en romper el círculo y el vicio, serán siempre los cineastas. No puede haber argumentación válida que impida u obstaculice la exhibición de la producción nacional en el territorio nacional. Es un derecho. Ni más ni menos. Un derecho como el derecho a la salud, a la educación, al trabajo. La madeja tendrá que ceder si se es consecuente y firme en la aplicación práctica de este derecho tan elemental.
Así como el cine tiene que recolocar su espacio frente a la televisión y el vídeo, así las transnacionales tienen que reajustar el suyo frente a la producción nacional.
Las viejas barreras no pueden seguir frenando las nuevas necesidades. Que las transnacionales garanticen la estabilidad operacional de las salas de cine afectando el espacio de la producción nacional, es una tradición que dura ya demasiados años. Las casas se abren para que entren el aire y los amigos. Pero nada ni nadie puede repartir destinos (ni Dios lo hace) que asfixian y desalientan. Los viejos mecanismos debían de tener vida limitada, sin embargo, prolongan su rutina a la televisión y el vídeo entusiasmados ante su probada eficacia. Triste eficacia que es producto de un ingenio respaldado por la fuerza como contrapartida de temores que no generan ningún ingenio.
Pero la producción nacional necesita espacios, no sólo para ella, sino para otras cinematografías: no se puede exportar si no se puede importar. Y este principio también debe ser territorio libre de temores. Porque lo sustenta el derecho que también tenemos a la más amplia información de la producción cinematográfica mundial. Nadie que hace cine lo hace para sí mismo. Al artista y a los espectadores hay que garantizarles la difusión universal de la obra cinematográfica. Tampoco nadie recupera la inversión en su propio patio. Principio válido aunque existan excepciones como los Estados Unidos de Norteamérica, la India, y pudiera también serlo para Brasil, con su inmenso territorio y su enorme población.
Ampliar las exportaciones es explorar territorios inéditos. No se trata de renunciar a lo conocido. Vender en los grandes mercados del Norte no es renunciable, y siempre ha sido la tentación más fácil, la recuperación más inmediata. Pero también ha sido y sigue siendo una especie de lotería, una aventura que desgasta, una misión más propia de un productor que de la gestión de toda una cinematografía. Explorar nuevos territorios puede resultar una aventura estimulante.
Los idiomas español y portugués abarcan, hoy día, una población de cuatrocientos millones de habitantes. Con una frecuencia promedio a las salas de cine de dos veces al año, tenemos un potencial de ochocientos millones de espectadores. En el año 2000 seríamos más de mil doscientos millones. Si queremos agregar idiomas familiares como el francés, el italiano, etc., seremos, en el 2000, más de tres mil millones de espectadores. No incluimos televisión y vídeo.
Qué aventura maravillosa, qué reto formidable, encontrar con esos idiomas comunes, un espacio, el espacio que nos pertenece. Qué mejor destino para el cine que servir de medio de comunicación, entre nosotros mismos.
Hay que arremeter contra todos los molinos del anacronismo. En los umbrales del siglo XXI, nuestras preocupaciones no pueden estar centradas en cuestiones elementales que debieron ser resueltas hace mucho tiempo. Una entre otras: la de marcar con altos impuestos a la película virgen indispensable a la producción y, en cambio, apenas afectar el ingreso al país de la película impresa que tan desleal competencia hace; o la cantidad de tiempo que hay que dedicar para demostrar con palabras lo que ha sido confirmado con los hechos: que el cine nacional puede gustar, puede interesar, puede ocupar un digno espacio junto a la más exigente producción extranjera. ¿Por qué subestimar siempre la producción nacional? ¿O por qué seguir sobrestimando los intereses que se le oponen? Cinematografías nacionales del más alto nivel fueron la inglesa, la francesa, la italiana. ¿Qué pasó que hoy no las vemos? ¿Perdieron calidad las películas o perdieron agresividad los países? Cuando hay talentos en los filmes y fomento y promoción garantizados, el cine nacional debe poder afrontar cualquier competencia que no sea respaldada por la fuerza o el chantaje.
Un desafío a Hollywood y a los buenos amigos que allá se interesan por nuestros destinos: luchemos por una competencia no desleal; compitamos con las películas y no con la fuerza de los Estados; abramos nuestras pantallas a todas las buenas películas del mundo; privilegiemos los mejores espacios con los mejores talentos; defendamos la libertad del creador pero también la del espectador; rechacemos la impotencia que hace imposible conciliar economía y cultura.
En estos años de pantallas pequeñas se han empequeñecido nuestras ambiciones. A veces el cine pretende ganarle a la televisión con golpes bajos, o hasta imitándola groseramente. Los éxitos de las telenovelas tientan a productores ávidos de ganancias fáciles. Pornografía, violencia, trucaje, superproducciones, es toda la pobre inventiva de quienes quieren enfrentar la televisión con soluciones coyunturales. No sienten vergüenza de mostrarse en este triste papel que ellos mismos se han asignado; no sienten pudor alguno de estar documentando no sólo sobre ellos, sino sobre una sociedad injustificadamente castradora.
Las exportaciones hacen falta porque el espacio que en el mercado interno ha ocupado la televisión es ya irreversible. Lo desconcertante es que todavía lo ocupe, después de tantos años, difundiendo películas, o utilizando para sus propios programas la dramaturgia del cine. ¿Es posible que sus patrocinadores se sientan orgullosos por el hecho de que la televisión se vea más por comodidad que por la calidad de la propia oferta? Es decir, salvo excepciones, la televisión no se ha convertido aún en una verdadera opción diferenciada. La perspectiva es que el espectador llegue a beneficiarse con dos opciones culturales: cine y televisión. En los Estados Unidos de Norteamérica existen, aunque en forma embrionaria, estas dos alternativas. De hecho, por muchas salas de cine que se han cerrado no se ha llegado a la exclusión total. El futuro, por el contrario, con su caudal tecnológico, le pertenece tanto a la una como al otro. Sobre todo si son capaces de diferenciarse, lo cual no implica que la televisión renuncie a difundir películas. Y las películas hagan algo más que estimular el consumo, logren apostar más por la imaginación que por el dinero y no continuar contribuyendo a la desquiciada carrera de una cultura del despilfarro.
Una producción de las transnacionales con un promedio de inversión de diez millones de dólares los recupera más fácilmente que una producción nuestra, cuyo promedio de inversión es de medio millón de dólares. Un buen director norteamericano no tiene por qué superar a un buen director latinoamericano. Sin embargo, una mediocre película norteamericana está destinada a ganar siempre más que una gran película latinoamericana. ¿Qué hacemos con limitarnos a imitar sus fórmulas?
Bienvenidas sean las coproducciones y aun las producciones extranjeras realizadas en nuestros países. Pero siempre que se regule contra la inflación y otros males no menores. La verdadera eliminación del desempleo sigue estando en desarrollar, con plena autonomía económica y personalidad artística propia, la producción nacional. Las producciones extranjeras, bien lo sabemos, encareciendo los costos de producción, obligan al productor nacional a presupuestos prohibidos. Experiencia similar la pasó el cine europeo y desapareció el cine europeo.
¿Qué ha pasado con el cine en Europa? Todo comenzó con el impacto que la televisión hizo en el cine norteamericano. También ellos cerraron salas de cine y se vieron obligados a disminuir la producción. Sucedió que las compañías norteamericanas se encontraron ante la situación de no poder satisfacer las necesidades de su propio mercado. Al igual que había sido siempre para los países europeos, la alternativa para ellos era ahora la de sumar a la producción autóctona la producción extranjera. Comenzaron, entonces, a verse películas europeas en los Estados Unidos. El mito de que el cine europeo no gustaba se deshizo de la noche a la mañana. Las propias distribuidoras norteamericanas se encargaron de preparar la receptividad del público hacia el nuevo cine que llegaba.
¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Por una parte, las exportaciones norteamericanas no dejaban de incrementarse aprovechando, incluso, hasta las recién liberadas colonias europeas en África. Por otra, comenzaba a desarrollarse un proceso obvio. Las filiales europeas de las grandes compañías norteamericanas, iniciaban, poco a poco, la distribución internacional del propio cine europeo. No había otro país en el mundo que tuviera una red de distribución internacional de semejante envergadura y, por tanto, capaz de establecer importantes niveles de ganancia al productor nacional. Garantizando, además, el mercado más apreciado por todos: el de los Estados Unidos. El productor nacional, más interesado en sus intereses inmediatos que en sus perspectivas, agradecía conmovido que una filial norteamericana se ocupara de trabajar sus películas. Parecía como si nadie se diera cuenta de esta especie de acto de prestídigitación, mediante el cual la presencia del cine europeo en el gran mercado del Norte sólo servía para fortalecer las arcas de la cinematografía norteamericana.
Cada vez fue resultando más evidente para el productor europeo que la tercera parte de su inversión tenía que recuperarla en el mercado extranjero, así como que el nivel de esa tercera parte aumentaba, lógicamente, en la medida en que se iban incrementando los costos de producción. El distribuidor norteamericano o representante de los intereses norteamericanos, se le hizo definitivamente indispensable. Y aquél, al participar cada vez más en el financiamiento de la producción también comenzó a participar en la temática y en las demás características de ésta. Entre tanto, la competencia de la televisión exigió presupuestos millonarios para las películas. El nivel de inversiones hizo imposible la competencia para cualquier país europeo. Ni siquiera con las posibilidades que en determinados momentos podía facilitar el Mercado Común Europeo, ya que las compañías norteamericanas han estado debida y legalmente establecidas y, por tanto, en condiciones de recibir beneficios similares a la del producto nacional. Lo increíble es que se llegan a realizar no pocas películas americanas o europeas (no importa más esta diferencia) de presupuestos millonarios, bajo el control indiscutible de las compañías norteamericanas, financiadas total o en una gran medida, con el propio capital europeo. De hecho, la cinematografía europea ha tenido que ir cediendo no sólo en la distribución de sus películas, sino hasta en la producción de las mismas. (Todo esto es apenas una apretada síntesis de los análisis que hace Thomas H. Guback en su libro La industria internacional del cine).
A Europa le pasa ahora lo que desde siempre nos ha pasado a nosotros. De manera que si antes solicitábamos solidaridad de ellos, ahora es mutua la necesidad de buscar caminos similares.
Impulsar las coproducciones no debe conducir a desnaturalizar el cine: intercambiemos los artistas de forma tal que sean conocidos en todos nuestros países; desarrollemos la cultura del sonido para que se oigan bien nuestros idiomas; demos pasos serios para lograr el mercado común del cine latinoamericano, pero, sobre todo, tratemos de hacer de los más legítimos intereses del país, fecundas necesidades individuales.
Brasil goza de excepcionales características: sus enormes dimensiones, sus ciento treinta millones de habitantes, debían permitirle recuperar la inversión de sus producciones más ambiciosas; debía permitirle conciliar las apetencias de utilidades a corto plazo con las de largo plazo. No tiene por qué sufrir contradicciones insuperables entre la gestión privada y la política estatal. Brasil es un país que puede tener mercado para tecnologías futuras y mercado, todavía por explotar, para tecnologías tradicionales. Mañana la distribución de películas a las salas de las zonas más desarrolladas podrá ser por satélite, pero todavía habrán inmensas zonas que sólo demandarán la expansión de salas, tal y como hoy las conocemos, aunque con mejor sonido y con las perspectivas de que su uso pueda ser múltiple.
Las nuevas tecnologías: cable, vídeo, satélite, incrementan, sin cesar, la demanda de películas. Hay una contradicción que surge entre este incesante desarrollo tecnológico y la oferta infinita de filmes que ella solicita. Hay una contradicción inexplicable entre esta desorbitada demanda y la desnutrición que sufren grandes, medianas y pequeñas cinematografías. La respuesta no puede buscarse en las superproducciones ni en las ya saturadas fórmulas que hasta ahora han sostenido la producción masiva.
El Estado, la empresa privada o ambos a la vez, pueden jerarquizar la luz corta de la televisión, sin perder de vista la luz larga del cine.
No deja de ser indignante que nuestro verdadero destino suene a puro y simple idealismo.
La Habana, octubre 1 de 1988
(Tomado del Libro "Un largo camino hacia la luz". Ediciones Unión, 2000)