Cuando un hombre pierde el trabajo, no solo pierde su fuente de ingreso, también pierde su identidad, su dignidad, su independencia, su autoestima, y como una mancha que se expande empezará a sentir que todo en su vida se desmorona. En la década de los ochenta, las líneas férreas argentinas contaban con alrededor de 100 000 hombres trabajadores en su plantilla. Hoy, veinte años después, esa cantidad se ha reducido a 20 000. Esta es la historia de algunos de esos 80,000 hombres que un día se quedaron sin trabajo después de una vida dedicada a los trenes.
