FICHA ANALÍTICA

Sobre la piedra más grande está sentada una mujer: Margot Benacerraf
Aray, Edmundo (1936 - )

Título: Sobre la piedra más grande está sentada una mujer: Margot Benacerraf

Autor(es): Edmundo Aray

Fuente: Revista Digital fnCl

Lugar de publicación: La Habana

Año: 1

Número: 1

Mes: Noviembre

Año de publicación: 2009

Primero fue Creciente, (1947), obra de teatro, luego de iniciarse con pequeños ensayos que encontraron espacio en la Revista Nacional de Cultura, entonces dirigida por Mariano Picón Salas, -guía y maestro de Margot, como también lo eran Juan David García Bacca y Eugenio Imaz. La obra participó en el Concurso Hispanoamericano de Teatro de la Universidad de Columbia y obtuvo el primer premio. El galardón consistía en la edición y montaje de la obra por parte del país triunfador, además de una beca para estudiar en Nueva York.
 
Creciente entusiasmó a Alberto Paz y Mateo, quien asumió con la propia Margot el montaje de la obra, y la disposición de estrenarla en el Teatro Municipal de Caracas. El derrocamiento de Rómulo Gallegos dio al traste con los planes, pero no impidió que  viajara para cursar en la New School of Social Research, dirigida entonces por Erwin Piscator, quien la inicia en el cine como actriz, imprescindible ejercicio para su formación. Y hela entonces bajo la dirección de un estudiante en el rodaje de una película de cortometraje titulada Siete maneras distintas de asesinar. Y durante diez días de filmación fue asesinada siete veces, siempre con una falda verde y una blusa blanca. Pero sobrevivió seducida por el cine, por las películas europeas de la posguerra, por Marcel Carné al través de su estremecedora película Los niños del paraíso.     

Si algún quebranto le quedaba, Piscator lo resolvería con la justa orientación a quien ya amaba la escritura, el guión, el encuadre, la visión plástica. “Un autor de cine es un autor cabal” –le dijo. Con el virus de Piscator y el suyo propio emprende viaje a Europa, al París de Carné, de los grandes hacedores del cine, del Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC). Concursa y triunfa: es su destino. Destino que pareció troncharse un año después, (1950), obligada a regresar a Venezuela por la muerte de su padre. Pero he aquí que se consigue con un movimiento cinematográfico de empuje, cineastas y amantes del cine –César Enríquez, Amy Courvoisier, Nestor Lovera, Ángel Hurtado, Henry Nadler, Luis Álvarez Marcano, Román Chalbaud-; con la fundación del Círculo de Cronistas Cinematográficos de Caracas –dirigido por Courvoisier-; el Cine Club Venezuela, la Asociación Venezolana de Películas (1952). En medio de aquella eclosión Margot empieza a trabajar sobre el proyecto de una película: Reverón. Proyecto que requería de alguien capaz de afrontarlo con devoción, pues se trataba de un extraordinario artista, atrabiliario, especie de lobo estepario en el caribe mar, anacoreta, desconocido por muchos, pero deslumbrador de los amantes de la pintura, tal su singular propuesta de la luz, los blancos, los azules, los personajes de trapo, las telas de fique, las imágenes de sagrado encanto.      

Y una vez más la seducción, el secreto gusano plástico, la crisálida, el encantamiento, la otra puerta. “El fondo de las cosas es blanco” –escribiría un poeta en su celda. Escuela tenía Margot: Piscator, un año en el Idhec, el cine francés, el cine alemán, su visión interior hinchada de encuadres y persecuciones figurativas y exactas. También el rigor, la investigación, en medio de los encuentros y desencuentros de la racionalidad y  las gravedades oníricas. Expresionismo y surrealismo en la misma alquimia.

Gastón Diehl, crítico de arte, junto a Alain Resnais, realizador de una película sobre Van Gogh, había acertado al proponerle a Margot hacer un documental sobre Reverón. Diehl asumiría la producción del filme. Margot la escritura del guión y la dirección.

Uno y otro avatar. Una y otra propuesta para filmar a aquel extraño y extrañado de la vida común. Logra, finalmente, entrar al Castillete, convivir con el artista, el huraño, el perseguido del vacío, las oquedades y los blancos. Logra que descubra por el “huequito” de la cámara algo así como la pintura. Logra que el pintor se alucine por el trabajo de la cineasta y le entregue sus profundidades últimas, sus visiones, su mirada de si mismo. De la hamaca, guindada junto al artista, de la convivencia con los personajes de trapo, pesadillas y estertores del alma, de la sensibilidad ceñuda y de la otra desvelada, de la reflexión y el amor surgió la película. Por título: Reverón.

Diehl, entusiasmado, le buscó inmediato destino: “Primer Festival Internacional de Películas de Arte”, (1952), organizado por la Universidad Central de Venezuela: -Primer premio-; Premio Cantaclaro del Círculo de Cronistas Cinematográficos de Caracas, (1953), como   la mejor película realizada en Venezuela hasta esa fecha. (Paréntesis para contarles que algunos compañeros del grupo  Sardio la vimos y celebramos alrededor del año 55 en el Teatro Palace. De las cervezas posteriores y de la euforia bien pudiera contar Rodolfo Izaguirre. La película andaba entonces de recorrido triunfal por Europa, dígase Praga y París, ciudades muy queridas por Margot. De Reverón nos quedan la nostalgia de sus círculos concéntricos de afuera hacia dentro, sus días y noches, su insondable mirada en un espejo, sus imágenes deslumbrantes en blanco y negro, su visión alucinada, la del pintor, la de la propia Margot).

Luego vino el mito: Araya, documento nacional, ciertamente. Imperecedero registro de tres familias de pueblos distintos de la península, acosados por la soledad y la melancolía. “Inmenso fresco” de la vida cotidiana, repetida incansablemente, de la vida durante veinticuatro horas que se “mimetizan con el paisaje”.  Película de actores reales –confiesa Margot-, si se quiere con actores reales, no profesionales, con la técnica del neorrealismo italiano, “dirigiendo a cada personaje de la película como si fuera un actor profesional”, Relato cinematográfico concebido y filmado como una película de ficción. Sin drama, cierto, acaso brechtiana “por el afán de descubrir lo insólito bajo lo cotidiano”.

Concluida la película vino otro luego de avatares: reducción del tiempo de la película, “sonorización en francés”, aunque una secreta satisfacción la iluminaba por dentro: impecables, depuradas imágenes, historia real, interior desde afuera, banda sonora de rica textura, alucinación serena, a toda prueba, el mar –con sus recónditas voces, íntimas, calladas, presentes. La inaccesible transparencia.

En Cannes, (1959), compartió con Alain Resnais y su película Hiroshima mon amour,  el Premio Internacional de la Crítica (FIPRESCI). También obtuvo el premio de la Comisión Superior Técnica del Cine Francés. Invitaciones por doquier: Locarno, Moscú, Venecia, Edimburgo, San Francisco. A todas estas, Venezuela en primer plano. Regocijo unánime en la patria de Bolívar. Desencanto posterior porque la película ajetreaba, sin las palmas venezolanas, entre festivales y críticos del mundo, reconocida con los más altos elogios –uso de Sant John Perse, pues no siempre estrechos son los navíos.

Alguna mañana cubana me comentó Saúl Yelín, con serio estilo zumbón, que había logrado una copia de Araya en Checoslovaquia, en francés y con subtítulos en checo. Acaso, por las travesuras de Yelín, se vio en Venezuela. Aún así, para los espectadores venezolanos, la película comenzó a ser parte de la leyenda, hasta que corrió la noticia de radio bemba: José Ignacio Cabrujas grababa el texto original dicho en francés. Años después, (1977), –que no fueron días- la película se estrenó en el cine Humboldt -¿por Araya pasó Humboldt?-, y se mantuvo durante tres meses en cartelera hasta que  -palabras mayores- distribuidor y exhibidor –seguramente la misma empresa- decidieron bajarla de la misma porque así lo exigían sus compromisos con su proveedor extranjero –dígase una de las Majors.

Margot es, ha sido, una isla que viaja. Una película arraigada en el amor al cine. Una investigadora, alucinada por los proyectos – un Picasso sin providencia, una Eréndira que nunca consiguió a lo largo de sus viajes, un montón de sueños que se quedaron bajo la almohada, en alguna gaveta de su escritorio; en un lente remero, en una grúa con la cámara en ristre mirando al mar.

Su destino se parece al nuestro de ya no se cuántos kilómetros cuadrados de superficie, que limita al norte con el mar caribe, al oeste con Colombia, al este con… y se me cayeron los límites porque ahora pienso en Carlos Rebolledo y su Pozo Muerto, amante admirador de Margot, y en la patria grande, que es la madre América, el sueño único de un mundo, dimensión del miramiento de Margot. Tal su destino, tal su ficción. Para siempre nuestra. 

Mérida, abril 2008