FICHA ANALÍTICA

Con frutas y café, regresa el hijo pródigo
Naito López, Mario

Título: Con frutas y café, regresa el hijo pródigo

Autor(es): Mario Naito López

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 2

Año de publicación: 2005

Después de haber recibido numerosos premios por el mediometraje de ficción Video de familia (2001) —su tesis de grado en la especialidad de dirección en la Facultad de Radio, Cine y Televisión del Instituto Superior de Arte—, en el cual el joven realizador Humberto Padrón (La Habana, 1967) ponía mayor énfasis en el conflicto dramático y en la dirección de actores que en la puesta en escena —imitaba una filmación casera de un aficionado—, se esperaba con ansiedad su debut en el largometraje. Existían expectativas tanto por los admiradores como por los detractores de aquella obra que abordaba una problemática candente de la sociedad cubana contemporánea. La escisión de la familia por razones de la emigración, observada con un enfoque desprovisto del ropaje ideológico retórico con que nuestro cine la había adornado hasta entonces, se concentraba en una óptica que llevaba implícita discusiones sobre prejuicios y diferencias en concepciones de la vida.

Considerada socialmente audaz por crítica y público, por enfrentar de nuevo en los medios audiovisuales el tema de la homosexualidad o la intolerancia humana en su sentido más amplio -después del largo paréntesis que representó Fresa y chocolate- como un asunto cada vez más común en nuestra cotidianidad, Vídeo de familia fue, sin lugar a dudas, un acontecimiento en el ámbito cultural nacional. Padrón mereció en cierta forma la denominación de enfant terrible o hijo pródigo del «cine cubano independiente». En las nuevas condiciones del desarrollo tecnológico y de la creciente disminución de los costos de producción audio-visual, aparecen con mayor frecuencia jóvenes realizadores que experimentan en este ámbito con sus propios medios y recursos.

Para aquellos que conocían los documentales Y todavía el sueño (1998) y Los zapaticos me aprietan (1999), premiados en el Festival Imago del Instituto Superior de Arte, y respectivamente en los concursos de Santa Clara y Cine Plaza, en los que Padrón evidenció un temprano y hábil manejo del lenguaje de las imágenes con una carga semántica subliminal, no es sorprendente encontrar que su opera prima en el largometraje, Frutas en el café confirma su pericia narrativa. Se advierte un sentido coherente del ritmo cinematográfico, donde cada secuencia tiene la duración precisa. En una primera visión, la cinta pudiera resultar desconcertante e incluso hasta caótica, ya que no sigue una dramaturgia lineal, pero luego de una reposada reflexión se comprende su complicado y sinuoso entramado. Con una estructura donde se reconocen las influencias del Tarantino de Pulp Fiction y del Manchevski de Antes de la lluvia, Padrón imbrica un trío fundamental de anécdotas donde los personajes y las historias se interrelacionan un poco a la manera de Altman. A diferencia de la citada película de Manchevski, con sus tres relatos yuxtapuestos, el realizador cubano opta por transgredir deliberadamente la exposición lógica de los sucesos y los entremezcla para adecuar su estilo al violento desenlace del filme.

El argumento se mueve entre Faria, una prostituta (Yailene Sierra) —cuya vida corre peligro si no devuelve a tiempo una suma que ha recibido como préstamo de su chulo (Mario Guerra)—; un custodio, revolucionario honesto y ferviente (Jorge Perugorría) —que al descubrir los negocios ilícitos de Teté, su mujer (María Isabel Díaz), los denuncia a un oficial de la policía (Néstor Jiménez)—, y una joven pintora (Gilda Bello) que no logra vender sus cuadros en la feria donde su marido (Herón Vega) comercia estos bienes pero que consigue despertar el interés de una turista extranjera (Susana Pous). La cinta se inicia y concluye con las mismas imágenes: la de un mulato (Eman Xor Oña) —amante de la prostituta—con el rostro cubierto por unas medias de mujer, y que corre apresuradamente llevando a cuestas un cuadro robado, suerte de cordón umbilical que conecta las historias, pero que nunca es mostrado de frente al espectador —solo se menciona que en él aparecen frutas.

La historia que gira en torno a Faria revela en forma descarnada aunque creíble un mundo marginal y de corrupción sexual, tal vez impensable o hiperbolizado para muchos, pero por desgracia, resurgido como consecuencia de las graves carencias económicas en que se sumergió el país a principios de los años noventa. Este personaje, no obstante, está concebido con una verdadera dimensión humana, donde junto a un carácter censurable pueden coexistir sentimientos como el amor y la amistad. La actriz Yailene Sierra, con una ya destacada trayectoria en la escena cubana —es integrante del grupo teatral El Público, que dirige Carlos Díaz—, y cuya labor en Habana Blues, de Benito Zambrano, demuestra su amplio y notable registro dramático, dota a su personaje de la fuerza y la sensibilidad necesarias para tener ya la certeza de que nos hallamos en presencia de una de nuestras más completas jóvenes intérpretes del momento.

Las situaciones episódicas de los conflictos de la pintora Miro y del custodio Avelino, en cambio, están tratados en forma menos convincente. El personaje de la artista plástica requería de una actriz con mayor fuerza dramática para poder expresar sus angustias creadoras, sus tensiones matrimoniales así como sus temores ante las insinuaciones sexuales de la extranjera. La historia del fervoroso vigilante está vista con un enfoque satírico-caricaturesco, que crea un desbalance estilístico con el resto de la cinta. Jorge Perugorría y María Isabel Díaz, analizados ellos solos, aislados del elenco, logran unas de las mejores caracterizaciones de sus carreras. El primero, que ha alcanzado una sólida carrera internacional tras el éxito de Fresa y chocolate, no ha conseguido en la mayoría de los filmes netamente españoles, igualar la acertada labor desempeñada a las órdenes de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, como también en otras realizaciones posteriores de cineastas cubanos. Quizás el desarrollo que Padrón haya dado al personaje de Perugorría resulte inadmisible para muchos, pero el cineasta tal vez pretendió descubrir que en personas de un comportamiento social positivo pueden aflorar actitudes realmente reprochables. Los límites extremos a que conduce la anécdota de Avelino y su esposa, sin embargo, rayan en la inverosimilitud.

Frutas en el café se inserta en la corriente crítica del cine cubano reiniciada a finales de los años ochenta, con Papeles secundarios, de Orlando Rojas, y que luego nuestra cinematografía ha continuado con títulos notables como la ya emblemática Fresa y chocolate y con el mediometraje Madagascar, de Fernando Pérez, así como con obras menos logradas —en una vertiente humorística— como Hacerse el sueco, de Daniel Díaz Torres, Entre ciclones, de Enrique Colina, y Las noches de Constantinopla, de Rojas. El estilo artísticamente provocador, aunque algo impostado, asumido por Padrón, se halla en consonancia con los agitados tiempos que corren. Este realizador ha aceptado el riesgo de ofrecer una imagen nada complaciente de nuestra realidad. Ya se sabe que el arte no es una imitación de esta, pero que sirve de alerta para perfeccionarla.

Descriptor(es)
1. CINE INDEPENDIENTE - CUBA