FICHA ANALÍTICA

El otro Rapi
Título: El otro Rapi

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 2

Año de publicación: 2005

Por lo general cuando se menciona el nombre de Constante Rapi Diego (La Habana, 6 de julio de 1949), se asocia con el cine. Pero aquí no se hará referencia a ninguno de sus documentales ni tampoco a los largometrajes de ficción que ha realizado. Preferí acercarme al otro Rapi, a ese fabulador de imágenes que, desde las páginas de los libros infantiles, soñando despierto con otros mundos, ha enaltecido el oficio de ilustrador.

Este desconocido Rapi es uno de los grandes dibujantes cubanos. Así lo atestiguan su dominio de la línea y de la figuración. Por raro que parezca, en el Caribe tenemos un heredero de lo mejor de la tradición de ilustradores ingleses del siglo pasado. En sus trabajos está presente lo cubano universal, hay una perenne búsqueda de las esencias de nuestra nacionalidad. Fino humor, íntimo lirismo, imaginación desbordante son algunas de las características de su obra; pero también son rasgos distintivos del quehacer del autor el preciosismo, la minuciosidad, la riqueza de detalles. Rasgos que se convierten en un gran dolor de cabeza para las editoriales que solicitan sus ilustraciones, pues el creador vuelve una y otra vez sobre ellas, se niega a darlas por concluidas. Sin embargo, vale la pena afrontar tales «problemas», pues un libro con dibujos suyos se convierte en una fiesta para los pequeños lectores y también en una pieza codiciada por cualquier bibliógrafo. Buena prueba de ello es la edición del poemario Soñar despierto, escrito por su padre, Eliseo Diego, con el cual Rapi recibió el Premio La Rosa Blanca de ilustración infantil que concede cada año la Unión de Escritores y Artitas de Cuba.(UNEAC).

SOY UN ILUSTRADOR

—Desde pequeño quise ser un ilustrador. No un dibujante ni un pintor, sino un ilustrador. Me cuesta trabajo imaginar alguno de mis dibujos sin que esté acompañado de la palabra. Tengo una serie de obras sobre el personaje de Matías Pérez, casi todas colgadas en las paredes de mi casa, y las concebí siempre unidas a una historia. Mi papá ha escrito algo a partir de ellas y yo mismo he sentido en más de una ocasión el impulso de hacerlo también. Y es que, ya te digo, siempre veo mis dibujos estrechamente unidos a un texto.

Cuando niño me impresionaban las reproducciones de los cuadros de Gauguin y Henri Rousseau: al contemplarlas, era como si me estuvieran haciendo un cuento. Otro tanto me sucede ahora cuando miro el trabajo de un artista como Eduardo Muñoz Bachs: en sus afiches lo sigo sintiendo ilustrado. Y lo mismo me ocurre con Roberto Fabelo, porque detrás de cualquiera de sus imágenes descubro un cuentecito, una historia.

AMPLIAR LOS HORIZONTES

—Cuando voy a ilustrar un libro infantil, pienso en el niño que fui y en el que soy aún. Trato de recordar cómo recibí el universo de las artes plásticas a través de las ilustraciones que contemplé en mi infancia, las cuales me ayudaron a completar mi visión del mundo. Esa, a mi juicio, es una de las principales funciones de la gráfica en el libro infantil: ampliar los horizontes del niño.

El número de países que he visitado, y que podré visitar es reducido; sin embargo, a través de los libros y las ilustraciones he recorrido todo el mundo. Esto le puede suceder a cualquier muchacho que se enfrente a un libro bellamente escrito e ilustrado.

En mi infancia conocí a Alicia en el país de las maravillas, gracias a los dibujos de Tenniel y a los relatos de mi papá, ya que el ejemplar de la obra que teníamos en casa estaba en inglés y yo no lo podía leer. A los 35 años, conseguí la novela de Carroll traducida al español, y fue entonces que pude disfrutar, mediante la lectura, de un mundo mágico que ya me era muy familiar mediante las ilustraciones.

NI FÓRMULAS NI DOGMAS

—El niño es más receptivo de lo que uno imagina. Los adultos tendemos a encasillarnos cánones estéticos estrechos, pobres, pero eso es un error. Yo pienso que cualquier artista plástico de verdadera calidad puede ilustrar un libro para la infancia, porque todo auténtico creador, desde Paul Klee hasta Kandinsky, tiene siempre algo que entregarle al niño.
La ilustración debe acompañar al pequeño lector en la busca de la imagen no solo de sus personajes, sino también del entorno en que estos habitan y se mueven. Con mis dibujos trato de crear un mundo paralelo al que propone el autor con su texto, y dejar las puertas abiertas a la imaginación del niño.

En los poemarios, la gráfica puede contribuir a lograr la unidad del cuaderno. Por ejemplo, en los títulos de poesía que yo he asumido los temas abordados por sus autores son amplios y disímiles. Mi labor como ilustrador ha contribuido a cohesionarlos. En el caso de Por el mar de las Antillas anda un barco de papel, de Nicolás Guillén, utilicé los personajes de Sapito y Sapón, así como los globos aerostáticos, para lograr ese propósito; mientras que en el libro de papá usé su figura de niño tal y como siempre yo la había imaginado.

La ilustración debe enriquecer al pequeño lector y no limitar su juego creador. Aunque en «Alicia en el país de las maravillas» Tenniel se ciñe a la trama de la novela y nos propone su visión de cada uno de los personajes, no pone frenos a nuestra fantasía, sino que más bien la estimula. Es el mismo caso de Doré con sus grabados para
«El Quijote».

Siempre he soñado ilustrar a mi manera Los tres mosqueteros. Me gustaría hacerlo con imágenes del París de la época, sin que en momento alguno aparezcan D’Artagnan y sus amigos. Quisiera crear solamente una viñetería maravillosa que contribuyera a enriquecer la atmósfera del libro. Ese puede ser también un camino válido para la ilustración.

En fin, que no hay fórmulas ni dogmas en este trabajo. Ahí tienes el caso de los ilustradores que crean sus propios textos, como Maurice Sendak y Ettiene Delessert, o el de Le Chat de Somolombula, obra francesa que cuenta con una edición ilustrada simultáneamente por tres artistas muy distintos entre sí: Bernard Bonhomme, Nicole Claveloux y

Maurice Garnier, y cada uno revela un universo fascinante a partir del mismo texto. Y también está Bartoluzzi, el autor de Pinocho y Chapete, esas narraciones publicadas a principios de siglo en España por la colección Araluce, que llenaron la infancia de mi padre, luego la mía y después la de mi hijo.

LA IMPRESCINDIBLE SINTONÍA

—Soy del criterio de que el vínculo con el autor no limita el trabajo del artista gráfico, sino todo lo contrario. Siempre que he podido me he puesto en contacto con el creador del texto que voy a ilustrar. Considero que, si bien no es imprescindible, resulta altamente útil y provechoso,

En el caso de Soñar despierto la riqueza aportada al libro por la relación autor-ilustrador es evidente. Mi padre me dio la posibilidad de narrar un cuento gráfico a partir del cúmulo de anécdotas de su infancia de que yo disponía, muchas de ellas recreadas también en algunos de sus poemas. Como me críe en la casa donde él vivió su niñez, eso me ayudó mucho en el trabajo. En los dibujos aparecen rincones de aquella casona de Arroyo Naranjo: la fuente; el jardín, pero además papá me había relatado sus juegos infantiles y los cuentos de la guerra de independencia que le habían hecho, a su vez, su padre y sus abuelos. Todo ese material está presente, de algún modo, en el cuaderno.

Es imposible ilustrar una obra desconociendo a su autor. No se puede ilustrar a Andersen sin saber cómo era físicamente, dónde vivía, cómo pensaba, cuál fue su destino, e incluso sin amarlo un poco. Tienes que llenarte de las cosas que lo rodearon, de su mundo; esa es la sintonía que debe existir entre el ilustrador y el autor.

INFLUENCIAS Y UN AGRADECIMIENTO

—Son muchos los ilustradores que han ejercido una influencia decisiva en mi trabajo. En primer término debe mencionar a toda la escuela inglesa, con Tenniel encabezándola. También Delessert, Sendak, Claveloux. Pero para ser sincero, debo reconocer la influencia de toda la buena pintura que he visto, de todos los grandes pintores. No puedo dejar de mencionar al Bosco, que fue un magnífico ilustrador, al igual que casi todos los pintores de la Edad Media y del Renacimiento, quienes con sus obras ilustraban las Sagradas Escrituras.

Sin embargo, quisiera hacer un pequeño homenaje ahora que se me presenta la oportunidad. Yo nunca cursé estudios de pintura. Hice dos años de Arquitectura y estuve dos meses en la Escuela Nacional de Arte. Realmente aprendí a dibujar con Duporté, él fue quien me enseñó la técnica de la acuarela. Me formé como artista plástico cuando dibujaba flores con él. Duporté me enseñó a percibir la luz y a respetar una forma de ilustración que mucho se discrimina: la de libros científicos.

EL JUEGO DE ILUSTRAR

—La ilustración es una forma de expresión personal, de ver y de trasmitir experiencias individuales. Ella no le pide prestado nada a nadie, tiene valor en sí misma, permite al artista mostrar su mundo interior. Es como cuando escuchas a Bach tocado por Wanda Landowska: estás oyendo a Bach, pero también a ella, su forma personal de interpretarlo, de recrearlo.

—En Cuba los ilustradores trabajamos en condiciones muy hostiles. Las dificultades de impresión nos limitan, nos constriñen. No puedo entender que unos dibujos como los que hizo Fabelo para Los Chichiricú del Charco de la Jícara salieran pésimamente impresos por usar tan mal papel, tan malas tintas. Y mucho menos entiendo que, además, le hayan extraviado los originales. No obstante, hay cuadernos muy bien ilustrados como los de Reade y los de Muñoz Bachs, por mencionar dos ejemplos.

Concibo la ilustración como un juego con los niños. El disfrute y el placer de jugar se trasmiten con alegría cuando el resultado es positivo. Los niños descubren en la ilustración cosas aparentemente insignificantes, detalles que uno no sospecha. A la hora de enfrentar la creación de imágenes gráficas para un texto, busco el modo de trasmitirles mi experiencia ante él, lo que sentí cuando lo leí por primera vez. Esto es muy difícil. A veces se produce el milagro, otras veces no.

Descriptor(es)
1. CINEASTAS CUBANOS
2. DIEGO, CONSTANTE, 1949- 2006