FICHA ANALÍTICA

Entrevista con... Rapi Diego
Título: Entrevista con... Rapi Diego

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 2

Año de publicación: 2005

Rapi Diego es un ilustrador, escritor y cineasta cubano que radica desde 1993 en México. Heredero de un enorme bagaje poético, nuestro entrevistado, quien ha publicado en Ediciones SM su carta-cuento El sapo hechizado, comparte con nosotros algunas reflexiones acerca de diversos temas relacionados con las artes plásticas y la literatura para niños.

Rapi, ¿cómo fue tu formación?

Estudié muchas cosas. Pero siempre he sido un lector. Tuve la fortuna de tener un padre realmente excepcional: Eliseo Diego. Él era un poeta muy conocido por lo que me formé entre libros. Papá tenía toda su colección de libros de cuando era niño, que él había leído. Para mí eso fue realmente importante.

Desde chiquitico yo lo que quería ser era ilustrador, nada de pintor. Siempre dibujé. Después ya de adolescente me dio un poco de miedo la cosa del arte. Yo era de una familia muy intelectual. En la Facultad tenía un tío que tal cosa, y mi papá que era otra. Uno se sentía muy presionado. Entonces me fui a estudiar Arquitectura, Matemáticas, cualquier cosa que no tuviera que ver con el arte. Todavía soy un verdadero fanático de las Matemáticas. Después empecé a combinar las Matemáticas con el dibujo y acabé dibujando. Nunca estudié pintura. Estuve dos meses en la Escuela de Pintura y me botaron. Pero entré a trabajar en el Jardín Botánico; ahí es donde aprendí realmente lo que es el dibujo.

Dibujaba flores, plantas. Después estudié cine y con los años hice tres largometrajes y veintitantos documentales.

Mi formación dentro de la literatura fue así: siguiendo a los «maestros» de la literatura infantil. Mi primera obsesión era contar historias con imágenes. Por esto, el cine era perfecto. Ya después comencé a hacer ilustraciones; portadas de discos, por ejemplo, la portada del Unicornio (disco de Silvio Rodríguez); también ilustraba cosas que me interesaban como los libros de mi papá, de Nicolás Guillén. Sin embargo, yo decía que no me gustaba trabajar como ilustrador porque no me gustaba ilustrar cualquier cosa.

Siempre escribí, escribía guiones de cine, artículos para revistas, cosas para el periódico, y sobre todo ¡cartas!, me encantaba escribir cartas e ilustrarlas. Eran cartas-cuentos que me divertían mucho. Incluso el cuento de El sapo hechizado empieza con una carta que yo le hice a Isabelle (mi pareja) con ilustraciones. Esa era mi obsesión.

¿Hubo un acercamiento especial con los niños?

No es que me acercara a los niños. Tengo la ilusión de no haberme alejado del niño que soy yo. Siempre fue el mundo que me gustó. Tengo montones de libros de literatura infantil. Para mí es una literatura que leo tanto como los clásicos porque es una literatura importante. Mi papá, quien tenía un respeto muy grande por los pequeños, durante muchos años fue director del Departamento de Literatura Infantil de la Biblioteca Nacional José Martí (1962-1970), lo que me dio acceso a muchos libros para niños.

¿Qué obras ilustradas recuerdas?

Para mí eran muy importantes todos los ilustradores. Eran tan importantes como los escritores. Libros como Alicia en el país de las maravillas me determinaron. Me pasaba la vida viendo las ilustraciones de Tenniel aunque la traducción que conseguí fue horrible. También recuerdo El viento en los sauces, que papá lo tenía ilustrado, Winnie the Pooh... mi padre contaba los cuentos (estaban en inglés), y yo veía las ilustraciones. De ese mundo nunca me aparté. Seguí y seguiré leyendo. Yo no creo que existe literatura infantil como una especie de subgénero, como una literatura chiquita «que hay que hacer». La literatura infantil es literatura, y ese público, el de los niños, es muy especial, crítico, sincero y muy honesto. Un público que piensa y se expresa de una manera tremenda.

¿Eres pintor-ilustrador?

Por ejemplo Tenniel hizo las ilustraciones para Carroll porque era su amigo, pero él se consideraba un pintor. Ahora: yo no he visto un solo cuadro de Tenniel, pero todo el mundo ha visto las ilustraciones de Alicia... igual que Gustavo Doré, quien era un pintor de caballete y consideraba a la ilustración como una cosa menor, vivió de la ilustración y creo que las ilustraciones de Doré nos han enriquecido a todos. Afortunadamente las cosas de nuestra época han cambiado. Hay ilustradores cuya obra tiene un peso impresionante, como Guennadi Spirin; él ilustra los clásicos, y es como si Spirin los volviera a meter y a sacar del horno. Los vuelve a crear. Lo mismo hace Lisbeth Zwergen, premio Andersen de ilustración, lo que hace son obras de arte. A mí en lo particular me produce tanto placer ver una buena ilustración como ver una obra de Picasso, y con una ventaja: muchas veces pone al pintor el alma en el lienzo y una señora elegante lo compra porque el cuadro combina con el color del sofá. Muchas obras están perdidas en casas donde nadie las ve. La obra de un ilustrador va a dar a un público más importante, que es el de los niños. Si a un niño le produce el mismo efecto que me produce a mí cuando veo las ilustraciones, yo me siento satisfecho.

¿Cómo seducir al público infantil?

Con los parámetros que son válidos para toda la literatura. Las reglas dramáticas son las mismas para un niño que para un adulto. Es importante esa especie de honestidad ante lo que tú estás escribiendo para niños, quienes no soportan subterfugios, artificios; hay que escribir e ilustrar las cosas mucho más directamente que para un adulto. Al adulto lo puedes engatusar con malabares de palabras, al niño, no; al adulto lo va uno entrampando, al niño no. Es sencillo: la historia lo atrae o no lo atrae.

Por ejemplo, un autor como Roald Dahl ha escrito para niños, para adultos, para todos... en la literatura de adultos muestra toda una cultura, pero cuando hace algo para niños va directo. No te puedes permitir una pausa, tienes que ir a lo concreto.

Por otra parte el niño tiene esa enorme capacidad de imaginación, muy vasta y virgen. Por ejemplo, cuando leemos en La bella durmiente que todos se duermen en el castillo, la princesa, el rey, los criados y... «hasta la mosca se quedó dormida en la pared», ese detalle de la mosca va de lo gigantesco a lo pequeño. El niño visualiza eso, de manera rica y diferente.

¿Qué opinas de la ilustración en estos últimos años?

La ilustración ha logrado una autonomía. No es fácil porque tiene que tener un valor en sí misma. La ilustración tiene que funcionar y jugar con el texto; esto se hace particularmente difícil cuando ilustras poesía. Ilustrar la narrativa puede ser más parecido, pero en la poesía la dificultad se hace más evidente. El poema desata en el lector una serie de imágenes que son personales, entonces cuando ilustras estás como enmarcando esas imágenes con tu propia proyección. Una buena ilustración debe servir de trampolín a lo que ilustras, no para enmarcar o encasillar la imaginación, sino para desbordarla. Ese encasillamiento pasa con las películas de Walt Disney. Antes cada quien tenía su Bella Durmiente, ahora todos tienen la misma. Esto me molestó porque se crean prototipos. No condeno al cine ya que yo mismo, por mi formación como cineasta y mi gusto por el comic he tomado esa información cinematográfica para hacer mis ilustraciones.

El problema de ilustrar la poesía lo resolví al crear historias paralelas que están en la ilustración y no en el texto. Hace tiempo que ilustré un libro de poemas de mi padre. Y me enfrenté con esto, cómo hacer para que el poema mantuviera todo el poder de sugerencia. Y se me ocurrió imaginarme a papá cuando era niño y siempre estaba atento a los hechos y cosas que tiempo después generarían el poema.

Otra cosa, hay quienes tienen la tendencia de ver la literatura infantil como una sucesión de diminutivos, y eso no funciona. Me acuerdo de un cuentista cubano, Onelio Jorge Cardoso; una vez le contaba un cuento a un nietecito: «y el pajarito estaba en la ramita y se encontró una hormiguita y la metió en su nidito...» —¿Qué te parece el cuento -le preguntó a su nieto— Pues me parece una porqueriíta.»

¿Alguna sugerencia a nuestros lectores y maestros?

Es difícil. Yo impartí clases de Matemáticas. Muchos le tienen pavor a esta asignatura. Pero puede ser una de las cosas más bonitas. Cuando le enseñas a un niño a pensar y a ver las matemáticas o cualquier materia como un juego, como un reto, puede llegar a ser tan divertida como una buena historia. Las matemáticas no son resultados sino una manera de pensar.

Así también la literatura. Un profesor debe llevar al niño a lo lúdico de la literatura. Al maestro le toca abrir esa puerta, nunca se debe empujar al niño a través de la puerta. La curiosidad lo hará pasar. Me asusta la imposición. El tener que leer como si fuera una tarea es terrible. La literatura es un placer. Que sea un juego más siendo tolerantes. Mi única intolerancia es con la intolerancia. No creo en ella. Lo que sí tengo es una absoluta confianza en la humanidad.

Descriptor(es)
1. CINEASTAS CUBANOS
2. DIEGO, CONSTANTE, 1949- 2006