FICHA ANALÍTICA

Palabras leídas en el Cementerio de Colón
Título: Palabras leídas en el Cementerio de Colón

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 2

Año de publicación: 2005

Queridos amigos:

Deseaba, antes de separarnos, decir algunas palabras, muy breves y, quizás, no muy coherentes, sobre mi hermano Rapi.

Los que lo conocieron de niño en Villa Berta, Arroyo Naranjo, en la casa y jardín construidos por nuestro abuelo paterno, el asturiano Constante de Diego, luego en su juventud y ya, más tarde, en el ICAIC, saben que Rapi fue una persona muy especial. Quiero recordarlo con sus defectos y virtudes, como tenemos todos. No pretendo, de ninguna manera, idealizarlo, a él no le hubiera gustado.

Pero para los que no estuvieron a su lado en los últimos años, sobre todo a partir del diagnóstico de su enfermedad, en diciembre de 2001, quería contarles, de forma muy concisa, cómo fueron esos momentos, ya muy tristes y dolorosos. Rapi supo enfrentar su enfermedad con un coraje, optimismo y hasta sentido del humor, realmente increíbles. Cuando llegaban las cartas que nos escribía a mí, a su hijo y a sus amigos, siempre, comenzábamos entristeciéndonos mucho para, al final, terminar con una sonrisa. Estaba dispuesto a disfrutar la vida a cualquier precio, «ya vendrán tiempos peores», me decía, en períodos en que se sentía más aliviado. En una ocasión me explicó que como ya no podía hacer esos dibujos en miniatura, característicos de su estilo, de gran precisión, pues había decidido cambiar y hacer un trazo más abierto, más libre. Estuvo dibujando mientras pudo, sólo semanas antes de su muerte ya no pudo hacerlo más, y eso lo entristeció mucho. En estos días, revisando sus papeles, me encontré una carta que escribió hace muchos años, antes de filmar la película de sus sueños, Mascaró, el cazador americano, en una ocasión en que pensaba que se estaba muriendo. En esa despedida adelantada escribió: «Gracias a todos los que me soportaron. Vivir fue una alegría.» Y así fue la vida para él: hasta los últimos minutos de su existencia se consideró un hombre feliz.

Era bondadoso, con un sentido de la amistad muy especial. Fue juguetón, irreverente, gentil, «disfrutador», estricto con su trabajo, generoso, lúcido, inteligente, ingenioso. Se creció ante su enfermedad, como nunca he visto a nadie hacerlo, y nos hizo ?a todos los que lo rodeamos? mejores.
Quiero expresar nuestra gratitud a todas las personas e instituciones que aquí en Cuba, España, Estados Unidos, México, y otros países, lo ayudaron y nos ayudaron en estos tiempos difíciles. Sería imposible mencionarlos a todos, entre ellos: al Ministerio de Cultura, a Patrimonio Cultural, al Museo Nacional y a la Fundación Ludwig; a la agencia de viajes Sol y Son; a la Embajada de México; a Ediciones del Equilibrista; a la Sociedad General de Autores y Editores, SGAE; a la Iglesia Católica cubana y, muy especialmente, a las religiosas del convento de las Siervas de María en el Vedado; a sus médicos y enfermeras, cubanos y mexicanos; a todos sus amigos y familiares, en Cuba y en otros países, que lo acompañaron y quisieron y que están, sencillamente, desconsolados.

Quiero agradecerles, por último, en nombre de la familia de Rapi, de su madre Bella, su viuda Isabelle Marmasse, de su hijo Ismael y de Roxana, de su hermano Lichi, sus primos y tíos, sus amigos más íntimos y en el mío propio? vuestra presencia hoy aquí.

Josefina de Diego
Ciudad de La Habana, 9 de febrero de 2006

Descriptor(es)
1. CINEASTAS CUBANOS
2. DIEGO, CONSTANTE, 1949- 2006