FICHA ANALÍTICA

Juventud de Fernando Pérez
Borroto Trujillo, María Antonia (1973 - )

Título: Juventud de Fernando Pérez

Autor(es): María Antonia Borroto Trujillo

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 3

Año de publicación: 2006

Fernando Pérez es de esas personas que, desde el más leve intercambio de un saludo, uno supone buenas. Luego, en la charla, o antes, al verlo dialogar con un auditorio expectante y agradecido, se confirma esa idea, y se piensa, además, en la sencillez y en la inteligencia.

Por eso, conversar con él es, a la par que asomarse al pensamiento del cineasta cubano más lúcido de los inicios del siglo XXI, un momento de agradable calma, de alejamiento de las estridencias que signan parte de nuestra vida intelectual. Sea la transcripción de esta plática, durante el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, una suerte de remanso también para los lectores cubanos.

En una ocasión, habló de su deseo de hacer una secuela de Clandestinos y de las posibilidades dramáticas de Salida 19. Lo más interesante de ello es apreciar que usted pasó de la búsqueda de la epicidad en lo más evidentemente heroico, a la epicidad propia de lo cotidiano.

No me siento afiliado a un solo estilo. Soy cineasta pero también soy cinéfilo. Me gusta todo el cine, y quisiera tener más oportunidades para hacer películas, para transitar por distintos géneros. Me sentí muy bien al hacer Clandestinos, y no solo por ser mi primera película: al terminarla me quedé con deseos de continuar la saga histórica desde otro punto de vista, desde las consecuencias de los acontecimientos sobre los personajes que sobrevivieron la lucha clandestina. También se me ha quedado en el tintero la posibilidad de filmar Salida 19, que es un libro extraordinario, sobre todo por las contradicciones que plantea en los personajes. Se trata de un libro que muestra la epicidad del ser humano, y también al ser humano como centro de esa epicidad, que es lo más importante, a fin de cuentas un recurso válido desde los tiempos en que Homero humanizaba sus personajes. El Héctor de la Ilíada, por ejemplo, no era un superhéroe, sino un héroe cotidiano y común, con las mismas dudas y los mismos problemas de cualquiera de nosotros.

También me ha interesado muchísimo (y Suite Habana es el resultado de eso, como lo es también Hello, Hemingway), contar no la Historia con mayúsculas, sino con minúsculas, desde el punto de vista de aquellos personajes que viven la historia desde su individualidad, personajes que no van más allá de su propia circunstancia. Tal parece que la Historia con mayúsculas va por un lado, y que ellos no se insertan en ella porque la viven a un nivel muy común. Creo que también en el cine contemporáneo hay una búsqueda de la desdramati-zación de las historias. O sea, deconstrucción de la historia. Me interesa transitar por esa vía. Me interesa todo tipo de cine, lo que ocurre es que no tengo la oportunidad de llevar a cabo tantas ideas; entonces termino escogiendo las que la vida me permite realizar.

Según el poeta Roberto Manzano, todo creador debe hacer con su obra el sacrificio de Osiris: morir para renacer en una nueva dimensión. ¿Acaso esta búsqueda de nuevas maneras de hacer tiene que ver con algo similar?

Yo sí puedo decir que he hecho siempre el cine que he querido, y cuando digo el cine que he querido, es porque no creo que pueda hacer una película que no sienta como mía. La vida no me ha colocado ante esa disyuntiva, siempre he generado mis propios proyectos; pero esto también ha influido, —más allá de la circunstancia económica o de financiamiento—, en que haga una película cada cuatro años. Quizás no pueda decir que uno muere y nace con cada película, pero sí que cada vez me atrae más el reto del abismo: deseo que cada proyecto no repita lo que la experiencia me hace acumular como camino seguro.

Lo que busco en cada proyecto es la posibilidad de probarme a mí mismo: hasta dónde puedo llegar en la búsqueda creativa, no por un afán de originalidad, sino por el interés de descubrir nuevos caminos en el lenguaje cinematográfico, en la comunicación de la emoción estética, en conducir a los espectadores por caminos que no sean los rutinarios. Lo que sí representaría una muerte creativa para mí es sentir que hago algo por el camino trillado, la rutina puede hacer morir los proyectos.

Fernando Pérez en el rodaje de Madrigal con Liety Chaviano y Yailene SierraTengo en perspectiva dos películas. La primera es un proyecto que no filmaré en Cuba, sino en Italia; se titula Amorosa Gilda; y está basada en una novela de Anna Assenza en la que ella cuenta parte de su vida, en tres capítulos: infancia, adolescencia y juventud. Es una historia narrativamente clásica, pero tan emotivamente fuerte que me permite algo que hace tiempo me obsesiona: filmar una película con la densidad de una novela, realizar una historia de vida, algo que las novelas logran. Y la otra es, Madrigal, donde la atracción del vacío es mucho mayor, porque hay grandes rupturas dramatúrgicas. Un proyecto que es, de alguna manera, el lado opuesto de Suite Habana, pues en este caso, se trata de crear una realidad muy artificial, deliberadamente artificiosa, para narrar dos historias: la primera ocurre en el mundo del teatro, y permite, justamente, jugar con lo aparente y lo real, a veces lo que parece no es y lo que es no parece. Es un juego, digamos que de espejos. La segunda, una historia de ciencia ficción, ocurre en un mundo del futuro. La película aspira a ser una reflexión sobre el acto creativo; una exploración sobre cómo un creador recrea en su interior, como posible materia de creación, sus momentos más dramáticos y los más felices. Es un proyecto, ya te digo, bien complicado, pero que espero poder realizar.

¿Qué fue lo más difícil de Suite Habana?

Primero, llegar a la idea. Cuando me ofrecieron hacer un documental sobre La Habana, dudé si hacerlo o no; y cuando acepté, me pregunté qué tipo de documental. Lo primero que me vino a la mente fue negarme a utilizar entrevistas, no porque no crea en la entrevista —hay grandes documentales de testimonio que han resultado muy conmovedores, pero por otro lado también pienso que la entrevista se ha convertido en el recurso a mano, en el lugar común—, sino porque confío en la imagen. Siempre quise realizar un documental sin entrevistas, donde la imagen expresara el contenido fundamental. Y luego, contar un día de vida en la ciudad, aspiraba a hacerlo con la ciudad como protagonista.

Durante algunas semanas estuve pensando cómo dar esa dinámica de la ciudad, aunque muy pronto comprendí que la ciudad sin sus personajes, La Habana sin sus habaneros, podría ser un documental posible pero no el que me interesaba hacer. Y entonces me dije: tengo que contar historias, tengo que contar desde el punto de vista de las individualidades. Luego fue decidir qué personajes o qué parte de La Habana mostrar. Me introduje en muchas y diversas Habanas, hasta que me decidí finalmente por esa Habana que pensé que era la más representativa porque es la más popular, y al mismo tiempo la menos representada, tanto en los medios masivos de comunicación de Cuba, como del extranjero.

Llegar a esa Habana me ocupó un tiempo de reflexión grande. Asumí además el riesgo de contar un día de vida desde una narrativa totalmente desdramatizada, porque las acciones son muy cotidianas, no responden al concepto de conflicto dramático: el único conflicto dramático tradicional es el del personaje que se va del país, con el drama de la separación familiar. Se trata, por demás, de vidas muy comunes y muy cotidianas. Cómo expresar entonces el mundo interior de esos personajes —cosa que me obsesionaba—, cómo dar su esencia y, al mismo tiempo, permitirle al espectador la posibilidad de una reflexión sobre la vida. Una de mis aspiraciones con la película es que cada espectador, una vez terminada la proyección, se pregunte el sentido de su vida y de sus sueños. Llegar a esa decisión significó días de dudas, de inseguridades, de reflexiones, de avanzar por un camino y luego retornar.

Cuanto dice de la realidad me parece muy curioso, porque se supone que un cineasta ha de tener una mirada muy especial para el cine; sin embargo, tal como demuestra Suite Habana, su mirada ha de ser especial respecto a la realidad misma, hacia sus signos: debe hacer algo así, como una semiotización constante de la realidad.

Creo que sí, y ese es el cine que más me interesa realizar últimamente. Para mí Suite Habana es un documental, y muchos lo ven así: un documental que refleja la realidad de la vida cotidiana en Cuba. Pero yo aspiro a que sea algo más que eso, y de hecho, algunos espectadores lo han sentido también. Pienso que en lo particular puede estar lo general, y que para que dentro de lo particular esté lo general, y dentro de lo general, lo particular, es necesario buscar un lenguaje de asociaciones. Un lenguaje en el que las imágenes le permitan al espectador hacer una asociación que vaya más allá de una simple lectura narrativa directa. Por lo tanto, trato de hacer un cine que cree estados de ánimo a partir de esas mismas asociaciones, donde una imagen no tenga solo un carácter narrativo, sino también un carácter emotivo. En Suite Habana, la imagen difuminada y gris de un barco que cruza detrás de un edificio puede crear en el espectador (de acuerdo a la imagen que le sigue y la que le precede), un sentimiento, un estado de ánimo, una asociación intelectual que va mucho más allá de la imagen misma: ya el barco no es un simple barco que cruza: es una emoción, una metáfora.

Una de las cosas que más me llama la atención de Suite Habana es la vuelta al espíritu mismo del cine latinoamericano, un cine que utiliza a personas que no son actores profesionales, tal como aprendimos con el neorrealismo italiano. Casi coincidieron, además, en el tiempo Suite Habana e Historias mínimas, de Carlos Sorín, ambas con procedimientos muy cercanos.

Para serte sincero, yo no tenía conciencia de esto. Vi la película de Sorín, que me parece extraordinaria, después de haber hecho Suite Habana, lo cual quiere decir que, de todas formas, hay bastantes coincidencias.

Mi pregunta tiene que ver precisamente con eso: con una vuelta en los cineastas actuales al espíritu de cierto cine latinoamericano, no tanto con el asunto de las influencias.

Soy un cineasta con influencias, conscientes o no, de mucha gente: de Subiela, de Lars von Trier. No hacía la aclaración por eso, sino porque es interesante notar cómo esas coincidencias se producen en una época determinada. Estoy de acuerdo contigo en la apreciación de que el cine latinoamericano está volviendo a un lenguaje mucho más puro y limpio en su puesta en escena y en la propia historia, más despojado de metáforas, de realismo mágico. Es una coincidencia que se ha dado en los últimos años. Puede ser que no sea una operación consciente en los creadores, pero está como en el espíritu de la época. Se aprecia mucho en el cine argentino, con Mundo grúa de Pablo Trapero y otros; después de haber transitado por un cine como el de Subiela o el de Solanas, que era un cine con muchas metáforas. Creo y confirmo cada día que el nuevo cine latinoamericano, y el cine en sentido general, se va a basar siempre en la diversidad, hay momentos en que hay coincidencias de búsqueda, y por eso se crean corrientes, pero siempre va a estar asegurada la riqueza del cine contemporáneo.

¿Cuáles son los directores del cine actual que le parecen más interesantes?

Tengo uno, creo que te lo mencioné antes, Lars von Trier, que me parece uno de los más atractivos porque hace en el cine lo que uno cree imposible. Cada película es un reto; es una película distinta, que te descubre algo inimaginable en el lenguaje cinematográfico. Es un cineasta que logra expresar con mucha fuerza su pensamiento y su visión del mundo; un cineasta contracorriente siempre. Esa audacia, ese carácter visionario de sus películas, es lo que me atrae. Dogville fue una película que me impresionó y que me perturbó, que, incluso, me dejó pensando durante varios días. En el orden expresivo, de la puesta en escena, es una película que se arriesga con lo que ningún director se arriesgaría: primero, tiene un narrador permanente en off, que va narrando lo que tú ves en la pantalla, y además, con un lenguaje típico de la novela romántica del siglo XIX. La imagen no es realista, es como una escenografía de teatro; sin embargo, al entrar en ese juego expresivo, uno logra sentir ese pueblo, ese entorno. Es una película sobre la mente pueblerina que puede llegar al concepto del fascismo, asunto de la sociedad contemporánea, fundamentalmente de la norteamericana. Una película muy provocadora en ese sentido.

Usted ha planteado en otros espacios su seguridad en el futuro del cine cubano, ¿qué ve en los jóvenes que lo hace ser optimista al respecto?

Veo en ellos un dominio temprano del lenguaje cinematográfico, y un espíritu innovador, que no parte solamente de la provocación, sino de una búsqueda sólida de la evolución del lenguaje cinematográfico; creo que están informados de las últimas tendencias, y que las han asimilado de una manera muy arriesgada y personal. Por supuesto, no puedo asegurarlo de todos, la vida los irá decantando. No solo por ser joven se tiene talento, pero sí siento que ha llegado el momento, con la posibilidad del cine digital, de que los jóvenes puedan expresarse sin tener que esperar por la industria, y eso es lo que sí me hace sentir seguro del futuro del cine cubano. Esa perspectiva va a permitir recuperar la dinámica del cine cubano, perdida por las razones que todos conocemos. Yo, por lo general, trato de no ser ni optimista ni pesimista, siento que ambas actitudes están en los extremos. Los extremos no me gustan, trato de colocarme siempre en una dimensión más compleja que los extremismos, pero realmente sí veo perspectivas muy positivas para nuestro cine.

Yo lo siento a usted tan joven... La juventud es, en gran medida, la vocación por el riesgo, incluso, cuando hablaba de los jóvenes me parecía que lo hacía de usted mismo.

Físicamente no me siento la edad, y mentalmente tampoco. Sé que dentro de poco la voy a empezar a sentir, porque es el ciclo de la vida, y es inevitable; hoy no soy el mismo que era cuando tenía quince o veinte años. Ha habido una evolución, claro, y creo que lo que me mantiene en ese estado de ánimo es justamente amar muchísimo la vida. Y no te lo digo como un lugar común de «ah, sí, la vida es bella, la vida es hermosa». La vida me ha dado mucho dolor, muchas dificultades, muchos obstáculos y problemas, pero creo que, a la vez, ha sido generosa conmigo: siento una gran curiosidad por todo lo que me rodea. Yo siempre tengo en la mente una cita de Freud, quien decía: «Soy un hombre feliz, nada en la vida me ha sido fácil». Creo que las dificultades, los obstáculos y las contradicciones, lo mantienen a uno joven.

Descriptor(es)
1. CINE CUBANO
2. PEREZ, FERNANDO, 1944-