FICHA ANALÍTICA

La última vez de Octavio Cortázar o el eterno debate entre ficción y realidad
Garrido, Jorge (1949 - )

Título: La última vez de Octavio Cortázar o el eterno debate entre ficción y realidad

Autor(es): Jorge Garrido

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 10

Año de publicación: 2008

La imagen debe haber perseguido a Octavio Cortázar hasta el final de su vida. Los chicos descubriendo la ilusión del séptimo arte, gracias al cine móvil que llegaba de manera imprevista a las montañas. Mostraba aquellos rostros fascinados, niños y adultos sorprendidos, bajo la luz de la luna, por la fotografía desconocida del cine, riendo espontánea e inocentemente, entre la vegetación y la oscuridad de la noche, atravesados por el fulgor del rayo de luz del cinematógrafo, disfrutando las travesuras de Charles Chaplin en Tiempos modernos. Aquel filme, Por primera vez, marcó la cinematografía cubana.

Octavio Cortázar pudiera haber filmado solamente aquel clásico del documental y pasar con esa cinta a la historia de los mejores filmes documentales de la cinematografía internacional. Seguro no pudo sospechar en ese momento que su realización, hecha sin la conciencia de causa trascendente y sin prever su efecto de larga duración, provocaría en él y en la mayoría de los cineastas cubanos, durante largo tiempo o quizás para siempre, la discutida opción entre hacer ficción o captar artísticamente la realidad. Tal fue el impacto de ese documental y de otros anteriores y posteriores en el cine cubano que seguirían este rumbo y harían historia en la cinematografía cubana y latinoamericana y, en algunos casos, en el mundo.

El gran hallazgo y la dicotomía que despertaba Por primera vez, como otros filmes cubanos de la época, estaba en el descubrimiento de la fantasía real de un hecho filmado en tiempo real. La discusión eterna de un creador entre la magia de inventar una fantasía o descubrirla en hechos palpables por sus propios ojos.

Nadie puede olvidar aquella imagen excepcional. Un camión con un proyector móvil recorría los sitios intrincados de Cuba y brindaba el cine que no habían visto antes los pobladores de montañas y zonas apartadas que nunca habían entrado en una sala cinematográfica ni presenciado la imagen en un televisor. Eran los primeros años de la Revolución cubana, 1967, y el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) había creado un bello y edificante proyecto: el cine móvil.

El realizador Octavio Cortázar, entonces muy joven, viajó con su equipo de filmación junto al camión con el cinematógrafo ambulante para captar la escena única de los que verían el cine por primera vez, setenta años después de haber sido inventado.
Hay directores que pueden realizar muchos filmes pero los espectadores los seguirán recordando por uno que se grabó en su memoria para siempre. Este es el caso de Cortázar. Hizo tres largometrajes, uno con gran éxito de taquilla, El brigadista, lleno de pureza y encanto, y realizó cerca de una treintena de documentales, pero cuando advertíamos el rostro de su director en alguna parte, la imagen que se interponía era la de los chicos riéndose con aquella explosión de naturalidad y candidez delante de Charles Chaplin y descubriendo la alucinación del cine.

Quizás Cortázar vivió el resto de su vida tratando de hallar una «situación cinematográfica» como aquella. Para cualquier artista debió convertirse en una obsesión. Mas nunca pudo superar aquel breve y rotundo filme documental ni hallar una escena más sensacional y descubridora. Probablemente era imposible que volviera a suceder, esa suerte se da una sola vez en la vida y es preciso aprovecharla como él lo hizo. Acaso fue el cine dentro del cine lo que le tramó una buena y mala jugada a la vez. Lo cierto es que la realidad pudo más que toda invención posterior. Nadie puede fabricar una escena como aquella, suelta, mágica, estupenda, reveladora.

Mas Cortázar no hizo solamente aquel buen filme que todos rememoramos. Sino que fue uno de los cineastas cubanos más empeñados en llegar a dominar, descubrir, toda la gracia y la fuerza fílmica del documental como hecho real y artístico, y se sumiría después en el embrujo del largometraje, para regresar, finalmente, al documental. No sé si retornó por falta de financiamiento para hacer largos filmes de ficción o por preocupaciones o remordimientos estéticos con el documental, su punto feliz de partida.

Si revisamos su filmografía, nos tropezamos con todas las búsquedas posibles. El escenario era la Cuba de los sesenta, los setenta y los ochenta del siglo pasado, la realidad cambiante y dinámica que provocaba la Revolución cubana en las primeras décadas de existencia. Esa especie de fascinación de un proceso revolucionario que batallaba en todas partes, ese tropel de sucesos que producía grandes hechos todos los días en la Isla. La realidad iba cambiándolo todo, incluyendo las mentes de los que la vivían. Y un artista, un cineasta, intentaba apresar aquellos momentos de ebullición constante que desencadenaban a diario emociones, peligros y cambios de conciencia. Casi seguro irrepetibles, y a veces intangibles, artísticamente hablando. Ese era el desafío de aquellos tiempos y fue la verdadera inspiración del cine cubano que nació bajo cierta influencia del Neorrealismo italiano, un pariente cercano a estas preocupaciones sociales y realistas.

Revisamos la filmografía de Cortázar y es elocuente lo que hallamos. ¿Qué hizo este director en aquellos tiempos iniciales? ¿Qué destacaba en sus películas? La sensibilidad, el humanismo, el intento de apresar escenas conmovedoras. Fue una obsesión a lo largo de su hoja artística.

Su largometraje más exitoso fue El brigadista (1977), una mezcla de película de amor, guerra, historia, violencia, y pieza destinada a la juventud, cargada de ingenuidad, humanismo y valor político. Se trataba de reflejar dos hechos históricos enlazados en Cuba en 1961: la Campaña de Alfabetización y el desembarco armado de una brigada mercenaria por las costas de la Ciénaga de Zapata.
Cortázar relata las peripecias de un joven alfabetizador, aún adolescente, quien se enrola en las brigadas de estudiantes voluntarios que marchan a los campos y sitios apartados de Cuba para enseñar a campesinos iletrados. Al protagonista del filme le toca un lugar peligroso e inhóspito. El joven urbano tiene que enfrentarse a una nueva vida campesina, tropieza lo mismo con la hostilidad que con la bondad y la comprensión. Y halla el amor.

El director maneja la cinta con suma ternura. Mueve los hilos de la emoción y el toque humano, frágil, sensible, en medio de acontecimientos que de repente se vuelven violentos. Mezcla la ficción con los recursos implícitos del realismo puro, documental –era su formación cinematográfica–, escenas de crudeza, sangre, a la vez que todo un hilo humano, persuasivo, manejado con finura y encanto. Esa son sus claves maestras.

La cinta resulta una obra conmovedora, aunque sin grandes pretensiones cinematográficas en cuanto a experimentación y tratamiento artístico ni en cuanto a estructura y complejidad del guión. Sin embargo, sin este filme no se puede completar la historia del mejor cine cubano de la segunda mitad del siglo.

Otro de los largometrajes de Cortázar fue Guardafronteras (1980). Nuevamente el director recurre a los recursos emotivos. Una historia simple, bien contada, sin grandes aspiraciones, pintada de humor, gracia cubana, y dirigida también a la juventud, aunque los adultos la disfruten. Se trata de un relato sobre jóvenes soldados enviados a cuidar un islote bajo el acecho de grupos terroristas opuestos a la Revolución cubana. Los sinsabores, las alegrías, los errores, los tropiezos, las chascos de una escuadra de aprendices de soldados, los defectos y virtudes del jefe de la pequeña tropa, un hombre maduro que no se cansa de arengar a sus novatos, lanzarles consignas políticas, promoverles la responsabilidad y el valor, y alistarlos para el combate. Con esta historia tan sencilla, Cortázar construye una película que gana al espectador de la Isla que va al cine a entretenerse y a disfrutar en la pantalla de las peculiaridades del cubano y sus historias recientes.

Cortázar dirigiendo a Jorge Perugorría en “Derecho de asilo” (1994).El tercer largometraje de este director fue Derecho de asilo (1994), la película menos lograda de su filmografía, basada en un cuento del gran escritor cubano Alejo Carpentier. El relato no transcurre precisamente en Cuba, sino en una embajada de un país latinoamericano cualquiera, en la cual se refugia un revolucionario que lucha por cambiar el régimen político existente en esa supuesta nación.

Quizás Cortázar quiso dar un giro en su cine de autor y modificó un tanto la línea de sus filmes anteriores. El realismo de los hechos cubanos de las primeras décadas revolucionarias y las historias conmovedoras de sus dos primeros filmes variaron lo suficiente como para aspirar a otro tipo de visión artística. Esta obra queda como parte de un conjunto de creaciones más o menos logradas, como sucede a todo creador.

Si analizamos el resto de la producción de Cortázar, apreciamos el gran énfasis en el cine documental, realista, aunque imaginativo y creador. No hay dudas de que Por primera vez lo marcó para siempre. La huella es visible en el resto de su producción. El director descubrió su buen instinto por apresar escenas, imágenes imperecederas, irrepetibles. No por gusto se aventuró tanto en un cine muy cercano al periodismo. Y precisamente de este tema: cine y periodismo, realidad y ficción, disertó y escribió más de una vez.
Al revisar su obra documental, encontramos las siguientes características: después de su primer documental, Cortázar se aventura en historias igualmente impactantes como Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú (1968). Periodismo y cine, historias contadas de primera mano, la cámara que descubre una situación real, actual, vivificante. Penetra en la leyenda, los mitos, el folclor y los dioses cubanos. Le seguiría Al sur del Maniadero (1968), donde nuevamente escarba en la realidad cubana, los parajes intrincados, la vida de la gente común. La misma que transcurre mientras se construye el cine cubano y a la vez los cineastas se hacen a golpe de experimentos, sucesos y desafíos.

Más adelante vendrían En un fin de curso (1970), Sobre un primer combate (1971), Hablando del punto cubano (1972), Venceremitos (1973), Berlín 73 (1973), Ángela Davis (1973), Con las mujeres cubanas (1974), En un examen de ingreso (1975), hasta culminar una primera etapa de documentales y lanzarse al largometraje.
En 1978 regresa al documental con Solo un pueblo en Revolución, y dos años después retoma el largometraje con Guardafronteras. Las salas de cine cubanas vuelven a abarrotarse.

Cortázar regresa al documental con El guayabero mamá… (1986), Joven de corazón, Una mirada amistosa y Cuando pican los peces, realizados en 1987, Un eterno sembrador (1988), Así comenzó el camino (1989). Dos años después realiza La última rumba de Papá Montero (1991) y continúa con Don Café (1992), hasta lanzarse nuevamente a la filmación de una obra más pretenciosa artísticamente: el largometraje Derecho de asilo.

Tras una pausa, Cortázar retorna al documental, quizás su escenario más seguro y coherente. El lenguaje probablemente le brota con mayor organicidad. En 1996 realiza ¿OVNIS en Cuba? 50 años de misterio, con el cual vuelve al reportaje cinematográfico. Esa línea perdurable, comunicativa, documental, probablemente nunca escapó de su mente.

Vendría otro salto de tiempo en su realización debido casi seguro a las dificultades de producción y financiamiento en los años iniciales del llamado período especial, en que Cuba se sumergió en una crisis económica de grandes proporciones.
En 2003 Cortázar filma su documental Soy como soy, y le seguirá, tres años más tarde, La pequeña Aché y Con la memoria en el futuro, ambos en 2006.

Sin embargo, es curiosa la atención que le dedicó este director a los vínculos entre periodismo y cine, algo también muy próximo a la relación entre documental y ficción, entre documental y hechos reales, para acercarnos más al conflicto entre realismo y ficción.

«¿Pudiera alguien negar que existen influencias del periodismo en el documental?», se preguntaba Cortázar en un artículo que abordaba un tema que sin dudas le obsesionaba.

    Todos sabemos que el periodismo es una forma de comunicación social, a través de la cual se divulgan y analizan sucesos de interés público. Sin el periodismo, el hombre conocería su realidad únicamente a través de versiones orales,(1)

agregaba.

Y, siguiendo este curso lógico e histórico, añadía: «Con la llegada del cine y su maravilloso poder captativo, el periodismo pudo disponer de la imagen del suceso en sí.» Buena definición: suceso en sí, o para sí. ¿Dónde está el conflicto esencial? En los momentos en que Cortázar expresaba estos conceptos estaba dudando. Mantenía una profunda perplejidad y una afanosa búsqueda. Es probable que fuera obcecación. Debió preguntarse en qué género se movería con mayor efectividad. Quizás peleaba internamente entre las dos grandes orillas.

Tiene lógica y asidero. Por primera vez debió de abrumarlo, como un viejo romance que nunca se olvida y sigue atormentando, como una cruenta escena vivida que nunca deja de asomarse, como un recordatorio de lo que se puede hacer muy bien, quizás excelentemente bien. Una vez el escritor cubano Alejo Carpentier sentenció, ante la pregunta de qué le parecía la novela, entonces reciente, Cien años de soledad: «lo que no sé –dijo– es qué va a escribir Gabriel García Márquez después de haber inventado una obra de tal deslumbramiento».

El dilema de Cortázar debió de perseguirle como una noble pesadilla todo el tiempo a lo largo de su vida. Lo increíble sería que no ocurriera así, que despejara la ecuación perfectamente y que hubiera resuelto el conflicto de haber empezado su carrera haciendo una obra a la vez grande y sencilla, lo cual era difícil repetir. ¿Qué hacer después que se parezca o que no se parezca a aquella por la que seré recordado para siempre?, imagino que se preguntaba el cineasta.

Su interés por la obra documental y su reflejo periodístico lo seguía enunciando cuando expresaba que:

    Percatados los hermanos Lumière de la importancia periodística del nuevo invento, enviaron inmediatamente a sus operadores –portadores de cámaras que tenían la capacidad de filmar e imprimir las películas– a todos los rincones del mundo. En un principio, el documental cinematográfico toma prestado, consciente o inconscientemente la crónica al periodismo.

Apuntaría más adelante que: «Después, el cine documental pedirá prestado al periodismo su género fundamental: la noticia, y las pantallas del mundo se llenaran de noticieros». Ahí seguía su gran preocupación.

Y como para cerrar el debate eterno, afirmaba que: «Sin embargo, faltaba todavía que el cine documental asumiera, incorporara, asimilara el género más vasto del periodismo: el reportaje.»

Más adelante, lanzó una interesante observación: «Durante todo el siglo xx, el reportaje y el documental han marchado de la mano. En ocasiones no es posible encontrar la diferencia, ya que es casi insignificante.» Y en esa imperceptible diferencia estaba el dilema y la persecución mayor de este director.

En España, a la izquierda, Cortázar junto a Santiago Llapur y Juan Demósthene durante la filmación de “El onceno maestro” (2007).Cortázar deja en su hoja de vida del cine muchos premios internacionales, como el Oso de Plata, Mejor Opera Prima, del 27 Festival Internacional de Cine, Berlín Occidental, 1977; el Primer Premio del 2do. Festival Internacional de Filmes Cortos, Grenoble, Francia, 1973; el Premio al Filme destacado del año, en el Festival de cine de Londres, Inglaterra, 1973; el Premio al mejor documental, del Primer Festival de Documentales de Latinoamérica, Viña del Mar, Chile, 2004; el Premio Catalina de Oro del 17mo Festival Internacional de Cine de Cartagena, 1977; Tercer Premio Coral de documentales del 8vo, Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, 1987; Primer premio Paloma de Oro, del XI Festival Internacional de Cine Documental y de Cortometrajes, Leipzig, 1968; hasta el Premio «San Gregorio», XIII Semana de Cine religioso y de valores humanos, Valladolid, España, 1968, para solo citar los más relevantes.

En 2007 estrena su última pieza cinematográfica, el documental El onceno maestro, la historia del reencuentro familiar con la tierra de sus progenitores, el país vasco. Una ovación cerrada siguió a la proyección del filme en La Habana. Sería su adiós al cine cubano.

El 27 de febrero de este año llegó la noticia: Octavio Cortázar murió en España, en la tierra de sus ancestros. Sus restos serían traídos a Cuba. Sus cenizas fueron veladas en la sala «Charles Chaplin», el sitio donde se estrenaron probablemente casi todos sus filmes y donde recibió varios premios, el escenario de los festivales de cine de La Habana y de los grandes acontecimientos de la cinematografía cubana.
La muerte llegó antes de que un jurado decidiera si Octavio Cortázar ganaría este año el Premio Nacional de Cine, al que estaba nuevamente nominado. No se sabe si lo hubiera alcanzado, había otros cineasta de fecunda vida y larga obra. Lo importante es que figura entre los clásicos del cine de su país. Tres largometrajes, una larga lista de documentales, varios noticieros cinematográficos, media docena de filmes como asistente de producción o dirección, un programa televisivo de divulgación del séptimo arte, director de la Casa productora Hurón Azul, su magisterio en el Instituto Superior de Arte y en la escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Una vida dedicada por completo a la cinematografía cubana.

Como sentenciara una vez, soñó siempre con el cine, y lo definió como «un arte maravilloso», la maravilla que siempre quiso revelar y plasmar en sus escenas grabadas de la realidad mágica y flotante, o reelaboradas artísticamente por una ficción siempre cercana al testimonio y al periodismo fílmico.

«Yo empecé amando verdaderamente el cine, antes de pensar en expresarme a través de él», dijo Cortázar en un gesto de sinceridad y reconocimiento interior de cuanto sentía por el séptimo arte.

Si tuviéramos que definirlo como cineasta, pudiéramos decir que fue siempre un buscador de escenas, relatos, hechos impactantes, leyendas, mitos, personajes, historias, acciones y sucesos. Aunque realizó dos largometrajes de éxito, su gran obra sigue siendo el documental, más allá de la taquilla de El Brigadista y de los deleites de entretenimiento de Guardafronteras.

Y su obra mayor, Por primera vez, descubridora de su búsqueda humanista, de personajes sensibles y emociones imperecederas, del realismo de los hechos y de la crudeza de los ambientes y las leyendas del hombre.

La última vez de Octavio Cortázar, su despedida de la vida y la cinematográfica se guardan en el recuerdo de aquellos rostros excitados de los espectadores montañeses que descubrían esa noche la maravilla del cine que él siempre confesó sentir antes de expresarse cinematográficamente.

NOTA:

(1) Octavio Cortázar, «Cine documental y periodismo», en Cine Cubano, no. 157, 2003 (online)

 



Descriptor(es)
1. CINE CUBANO
2. CORTAZAR, OCTAVIO, 1935-2008

Web: http://www.cubacine.cult.cu/sitios/revistacinecubano/digital10/cap03.htm