FICHA ANALÍTICA

Cine y revolución
García Espinosa, Julio (1926 - )

Título: Cine y revolución

Autor(es): Julio García Espinosa

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 13

Año de publicación: 2009

Un filme no hace la revolución. Como por otra parte no puede hacerla un hombre solo. Sin embargo, debemos proceder como si fuésemos capaces de hacerla nosotros mismos. Ni tampoco la revolución se hace de la noche a la mañana; sin embargo, un hombre y un filme, deben proceder como si fuesen capaces de hacerla hoy mismo. Este tipo de impaciencia es lo contrario de la paciencia reformista y no tiene nada que ver con la impaciencia nihilista. Una es todo futuro; la otra es todo presente. La impaciencia revolucionaria hace que el hombre desempeñe en el presente un papel determinante en el interior de las fuerzas que objetivamente preparan el futuro. El cine revolucionario, como cualquier otra manifestación artística, debe estar impregnado de esta impaciencia revolucionaria.

Un cineasta moderno, en el mismo momento en que se descubra sus grandes posibilidades como artista, también se descubre como militante, en todos los niveles de la vida. Se puede decir: no le basta liberar su arte; también tiene necesidad de liberar su vida. Rechaza totalmente toda anacrónica y cristalizada división del trabajo. Es en la práctica revolucionaria más directa donde se encuentra el punto central de toda su coherencia expresiva. La impaciencia revolucionaria, en él, será total o no será siquiera cinematográfica. El camino de llegada a estas posiciones, como sucede con el del infierno, está empedrado de buenas intenciones. Nunca como hoy este camino ha estado tan lleno de obstáculos y de confusiones, pero hay que decir que nunca como hoy ha estado tan lleno de posibilidades.

La crisis de la izquierda ha debilitado el movimiento revolucionario, pero al mismo tiempo ha hecho surgir la posibilidad concreta de hacer verdaderamente la revolución. Hoy hay más escépticos que nunca. La crisis ha tenido el mérito de radicalizar la situación. Cineastas que en el pasado han seguido, u obstinadamente han creído en las teorías, o mejor, en la práctica de cierta izquierda, ante el fracaso de dicha práctica no saben hacer otra cosa, hoy, que encontrar coartadas que son demasiado fáciles. Se trata de aquellos que, ante la problemática actual, se comportan como si hubiese venido a menos la división de clases. Se limitan a camuflar su viejo reformismo con una actitud más «profunda», «realista» y «objetiva», cuando se trata, en cambio, de recuperar el concepto de la lucha de clases en términos de teoría y de práctica revolucionaria. Si se cambia el collar a un perro, se tiene otro perro. Es decir, el perro, es el mismo, acaso más rabioso que antes. Por esto, hoy no basta un cine de denuncia destinado casi siempre a llamar a las puertas de la conciencia burguesa. La autonomía del cineasta, como la del actual movimiento revolucionario, consiste en la posibilidad de liberarse de estos sectores irremediablemente reaccionarios para identificarse finalmente, de forma total y concreta, con los intereses de las fuerzas potencialmente revolucionarias.

No puede existir un movimiento revolucionario que subordine su iniciativa a las contradicciones burguesas, como no puede existir un cine revolucionario que dependa o que dialogue con la buena conciencia burguesa. Hoy existe la posibilidad de salir de este impasse porque de nuevo hay posibilidades revolucionarias. Pero hay que decir que esta crisis ha hecho surgir una actitud que podremos llamar de pureza-pereza masoquista. Pero es necesario no dejarse engañar.

Algunos hacen depender su participación afectiva, y concreta, de la indefinida búsqueda de una absoluta y total coherencia ideológica sobre el plano teórico. Ejercitan la sospecha sobre todo como coartada para su eterno escepticismo. No son capaces de establecer una jerarquía de los problemas que responda a los intereses del proceso revolucionario. Se fijan, por ejemplo, en las cuestiones que caracterizan el mundo de la izquierda, olvidándose de que el principal enemigo continúa siendo el mismo: el capital nacional y extranjero, las oligarquías, el imperialismo y, sobre todo, el imperialismo norteamericano. Eliminar el diálogo con estas fuerzas no quiere decir renunciar a la decisión de combatirlas, al contrario. Curiosa paradoja. En el momento en que la realidad ofrece condiciones objetivas para dar el golpe de gracia a la mentalidad pequeño-burguesa, es precisamente esta mentalidad la que trata de triunfar. La acción debe ser doble: política y cultural.

Pero la revolución cultural no significa agrandar la importancia de la superestructura. Una superestructura que únicamente dialogue con sí misma, no solo peca de narcisismo sino también corre el peligro de morir de aburrimiento. La revolución se hace en la lucha directa. También en el cine. Puede ser que, en una fase de la lucha, no sea estéril oponer la cultura nacional a la extranjera, siempre que no se olvide el hecho de que muchos aspectos de esta cultura nacional se han producido por el colonialismo. En América Latina, por ejemplo, hay manifestaciones folclóricas que están subvencionadas por los norteamericanos.  Por consiguiente, la acción es total, lo que no excluye el establecer una jerarquía de problemas. Una cosa es cierta. Es decisiva y esencial la participación directa (no más en teoría) del nuevo interlocutor. Sobre este principio es necesario fundamentar los fines de toda acción. Ni clase media ni burguesía nacional, por lo tanto la revolución, como el cine, dialoga entonces con las fuerzas potencialmente revolucionarias de la sociedad.

Por la vigencia de las ideas expresadas, Cine Cubano reproduce este texto presentado por su autor en la Quinta Mostra del Nuovo Cinema de Pesaro, Italia, en 1969.



 



Descriptor(es)
1. CINE Y POLÍTICA
2. GARCIA ESPINOSA, JULIO, 1926-2016

Web: http://www.cubacine.cult.cu/sitios/revistacinecubano/digital13/cap01.htm