FICHA ANALÍTICA

Conversaciones con Chávez y Castro
Cine Cubano (1960 - )

Título: Conversaciones con Chávez y Castro

Autor(es): Cine Cubano

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 13

Año de publicación: 2009

El polifacético actor y cineasta Sean Penn, con una filmografía que se extiende ya por más de dos décadas, es una de las figuras más destacadas del panorama cinematográfico internacional. Nominado en cinco ocasiones al premio Oscar en la categoría de Mejor Actor, obtuvo el galardón en dos ocasiones: la primera en 2003, por su memorable actuación en Mystic River, y la segunda en 2009, por su interpretación en Milk. También ha recibido otras nominaciones y premios, como el lauro al Mejor Actor en el Festival de Cannes por su trabajo en la película Atrapada entre dos hombres, en 1997, y el Premio Donostia a los Logros de toda una Vida,  en 2003, otorgado por el Festival de Cine de San Sebastián, que lo convirtió en el actor más joven en recibirlo. Es bien conocido su activismo político a favor de las causas sociales más justas, y especialmente su oposición  a la guerra de Iraq. Sus artículos han aparecido en San Francisco Chronicle, Time, Rolling Stone y en el sitio Huffington Post.com, entre otros. Con la colaboración del ICAIC, obtuvo la entrevista concedida por el presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz que Cine Cubano reproduce para sus lectores, a partir de la versión publicada el 15 de diciembre de 2008 en The Nation, la cual incluye las conversaciones sostenidas por Sean Penn con el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, unos días antes de llegar a Cuba.

Joe Biden, que pronto sería vicepresidente electo, se dirigía a las tropas: «No podemos continuar con la dependencia energética de Arabia Saudita o de un dictador venezolano.» Bueno, sé qué es Arabia Saudita, pero después de haber visitado Venezuela en el año 2006, de recorrer los cerros, de mezclarme con la pudiente oposición y pasarme días y horas al lado de su presidente, me preguntaba, sin preguntarme, a quién se refería el senador Biden. Hugo Chávez Frías es el presidente democráticamente electo de Venezuela (y democráticamente electo significa que, en repetidas ocasiones, se ha enfrentado a los electores en comicios inspeccionados a nivel internacional y ha salido airoso con amplias mayorías, en un sistema que, a pesar de sus imperfecciones, le ha permitido a sus opositores derrotarlo y ocupar el poder, tanto en un referendo nacional el año pasado como en las elecciones regionales del mes de noviembre). Y las palabras de Biden representaban el tipo de retórica que hubo de lanzarnos, recientemente, a una guerra monetariamente costosa y con pérdidas de vidas humanas, la cual, aunque derrocó a un memo en Iraq, también derrocó los principios más dinámicos que constituyen el cimiento de Estados Unidos, fortaleció el reclutamiento de personal para Al Qaeda y desmenuzó al ejército norteamericano.

Para octubre de 2008, ya había digerido mis anteriores visitas a Venezuela y Cuba, y había compartido con Chávez y Fidel Castro. Me había tornado más y más intolerante con la propaganda. Aunque el mismo Chávez tiene tendencia a la retórica, nunca ha sido motivo de guerra. Con la esperanza de desmitificar a este «dictador», decidí visitarlo nuevamente. Por ese entonces, ya había llegado a decirle en privado a mis amigos: «Es cierto, quizás Chávez no sea un buen hombre, pero bien pudiera ser uno grande.»

Entre las personas a las que les hice este comentario se encontraban el historiador Douglas Brinkley y el columnista de la revista Vanity Fair, Christopher Hitchens. Estos dos resultaron complementos perfectos. Brinkley es un pensador notablemente consistente, cuyo código de ética como historiador es garantía de adhesión a evidencias sobradamente razonadas. Hitchens, por su parte, astuto artífice de la palabra, siempre tan imprevisible como para predecirlo, es imponderable en todos los sentidos. En un comentario casual realizado en un programa televisivo de entrevistas, una vez se refirió a Chávez como «payaso podrido en petróleo». Aunque creo que Hitchens tiene tantos principios como para equiparar su genialidad, este puede llegar a ser combativo hasta el punto de la intimidación, como ya ocurrió una vez al ensañarse con la beatífica activista antibelicista Cindy Sheehan. Brinkley y Hitchens equilibrarían cualquier sesgo que se perciba en mis artículos. Además, son un par de tipos con los que me divierto infinitamente y a quienes estimo muchísimo.

Entonces, llamé a Fernando Sulichin, viejo amigo y productor fílmico independiente argentino, con muy buenas conexiones, y le pedí que los hiciera investigar y obtuviera aprobación para entrevistar a Chávez. Además, queríamos volar desde Venezuela a La Habana, y le pedí a Fernando que, en nombre nuestro, solicitase entrevistas con los hermanos Castro, más urgentemente con Raúl, que en febrero había tomado, de un Fidel enfermo, las riendas del poder –y que jamás había concedido entrevista alguna a un extranjero–. Yo había viajado a Cuba en el año 2005, cuando tuve la buena fortuna de conocer a Fidel, y estaba ansioso de sostener un encuentro con el nuevo presidente. El teléfono sonó a las 2:00 p.m. la tarde siguiente. «Mi hermano –dijo Fernando–, hecho.»

Nuestro vuelo desde Houston a Caracas se demoró por fallas mecánicas. Era la una de la madrugada, y mientras esperábamos, Hitchens daba paseítos. «Muy raras veces solo sale mal una cosa», dijo. Debe haberle gustado la manera en que sonó, porque lo volvió a decir. Él era el pesimista de Dios. Dije: «Hitch, todo va a salir bien. Nos conseguirán otro avión y llegaremos a tiempo.» Pero el pesimista de Dios es, en realidad, el pesimista ateo de Dios. Y posteriormente, se me recordaría la claridad de su ateísmo. Algo más, de hecho, saldría mal. Bueno, sí y no, como sabrán después. En unas dos horas, nos pusimos en camino.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Caracas, Fernando estaba allí para recibirnos. Nos condujo a una terminal privada, donde esperamos por la llegada del presidente Chávez, que nos llevaría a la bella isla Margarita como parte de una campaña electoral de candidatos a gobernadores.

Nos pasamos los próximos dos días en la compañía constante de Chávez, con muchas horas de encuentros privados entre los cuatro. En el compartimento privado del avión presidencial, me percato que en el tema de la pelota, el dominio del inglés que tiene Chávez es superior. Cuando Douglas pregunta si debe abolirse la Doctrina Monroe, Chávez, queriendo escoger sus palabras con sumo cuidado, cambia al español para detallar los matices de su postura en contra de dicha doctrina, que ha justificado la intervención norteamericana en América Latina por espacio de casi dos siglos. «La Doctrina Monroe tiene que romperse –dice–, hemos estado cargando con ella por más de doscientos años. Siempre se remonta a la antaña confrontación de Monroe contra Bolívar. Jefferson decía que los Estados Unidos se tragarían, una a una, a las repúblicas del Sur. El país donde usted nació se basó en una actitud imperialista.»

La inteligencia venezolana le informa que el Pentágono tiene planes de invadir su país. «Sé que están pensando en invadir Venezuela», dice Chávez. Parece divisar la muerte de la Doctrina Monroe como patrón de su destino. «Nadie podrá venir de nuevo aquí a exportar nuestros recursos naturales.» ¿Está preocupado por la reacción norteamericana a sus audaces declaraciones sobre la Doctrina Monroe? Cita al libertador uruguayo José Gervasio Artigas: «Con la verdad, ni ofendo ni temo.»

Hitchens está sentado, quieto, haciendo apuntes durante toda la conversación. Chávez advierte un parpadeo de escepticismo en su mirada. «Christopher, pregúntame algo. Pregúntame lo más difícil.» Comparten una sonrisa. Hitchens pregunta: «¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?» Chávez responde: «Fidel es comunista. Yo no. Soy social-demócrata. Fidel es marxista-leninista. Yo no. Fidel es ateo. Yo no. Un día discutimos sobre Dios y Cristo. Le dije a Castro, soy cristiano. Creo en los evangelios sociales de Cristo. Él no. No cree. Más de una vez, Castro me dijo que Venezuela no es Cuba, y que no estamos en los sesenta. Mira –dice Chávez–, Venezuela debe tener socialismo democrático. Castro ha sido un maestro para mí. Un máster. No ideológica sino estratégicamente.»

 Quizás por ironía, John F. Kennedy es el presidente norteamericano preferido por Chávez. «Yo era un niño –dice– Kennedy era la fuerza motriz de las reformas en los Estados Unidos.» Sorprendido por la afinidad de Chávez con Kennedy, Hitch mete la cuchareta, haciendo alusión al plan económico anti-Cuba de Kennedy para América Latina: «¿La Alianza para el Progreso fue buena?» «Sí –dice Chávez–, la Alianza para el Progreso fue una propuesta política para mejorar las condiciones. Tenía como objetivo disminuir las diferencias sociales entre las culturas.»

La conversación entre nosotros cuatro prosigue en ómnibus, en actos y en inauguraciones por toda la isla Margarita. Chávez es incansable. Se dirige a cada grupo horas y horas sin parar bajo un sol abrasador. Cuando más, duerme cuatro horas de noche, pasándose la primera hora de la mañana leyendo noticias mundiales. Y una vez que se levanta, es indetenible a pesar del calor, la humedad y las dos capas de camisas rojas revolucionarias que se pone.

Yo tenía tres motivaciones principales para el viaje: incluir las voces de Brinkley y Hitchens, ampliar mis conocimientos sobre Chávez y Venezuela y azuzar mi mano de escritor, y lograr el apoyo de Chávez para alentar a los hermanos Castro a reunirse con nosotros tres en La Habana. Aunque tenía entendido por Fernando que esta tercera pieza del rompecabezas se había aprobado y confirmado, en algún momento de los intercambios culturales, idiomáticos y telefónicos había habido un malentendido. Mientras tanto, la cadena CBS News aguardaba por un informe de Brinkley, la revista Vanity Fair esperaba uno de Hitchens y yo escribía en nombre de The Nation.

Durante el tercer día de nuestra estancia en Venezuela, le dimos las gracias al presidente Chávez por su tiempo. Los cuatro nos encontrábamos rodeados de personal de seguridad y de prensa en el aeropuerto Santiago Marino en la isla Margarita. Brinkley tenía una última pregunta, al igual que yo. «Señor Presidente –dijo–, si Barack Obama es electo presidente de los Estados Unidos, ¿aceptaría una invitación para viajar a Washington y reunirse con él?» Chávez respondió inmediatamente: «Sí.»

Cuando me llegó el turno, dije: «Señor Presidente, es muy importante para nosotros reunirnos con los Castro. Es imposible contar la historia de Venezuela sin incluir a Cuba –así como es imposible contar la historia de Cuba sin los Castro.» Chávez nos prometió que llamaría al presidente Castro tan pronto se montara en el avión e indagaría de parte nuestra, pero nos advirtió que era poco probable que el hermano mayor, Fidel, pudiera responder tan rápidamente, ya que se encontraba escribiendo mucho y reflexionando, y no veía a mucha gente. No podía prometer nada sobre Raúl tampoco. Chávez subió a su avión y lo observamos alejarse.

A la mañana siguiente salimos para La Habana. Revelación total: nos prestaron un avión a través del Ministerio de Energía y Petróleo de Venezuela. Si alguien desea referirse a ello como un soborno, adelante. Pero cuando lea el próximo informe de un periodista a bordo del Air Force One, o montándose en un avión de transporte del ejército norteamericano, sírvase tener la bondad de desechar ese artículo también. Agradecimos el aventón en todo su lujo, pero nuestros informes no sufrieron influencia.

«Muy raras veces solo sale mal una cosa»

Para mí, había muchas cosas personales en juego. Montarme en el avión para La Habana sin la garantía de acceso a Raúl Castro me estaba poniendo ansioso. Christopher se había salido de unos cuantos compromisos importantes de presentaciones y conferencias a última hora para realizar el viaje. No se caracterizaba por «pasarle el muerto» a otros. Así, que para él, el viaje era de vida o muerte, y se estaba poniendo nervioso. Douglas, profesor de Historia en la Universidad Rice, tenía que regresar rápidamente para cumplir con obligaciones de impartición de conferencias. Fernando sentía el peso de nuestra expectativa, de que se convertiría en nuestro ariete. Y yo, bueno, dependía de la llamada a Castro de parte de Chávez, tanto para concertar la entrevista como para salvar el pellejo ante mis compañeros.

Aterrizamos en La Habana sobre el mediodía y nos recibieron en la pista Omar González Jiménez, presidente del Instituto Cubano de Cine, y Luis Alberto Notario, asesor de la Presidencia del ICAIC. Había compartido con ambos durante mi anterior viaje a Cuba. Empezamos a ponernos al día sobre temas personales mientras caminábamos hacia la oficina de la Aduana, hasta que Hitch se adelantó y le exigió a Omar impertérritamente: «¡Señor, debemos ver al Presidente!» «Sí –dijo Omar–, estamos al tanto de la solicitud, y se le ha enviado un mensaje al Presidente. Estamos esperando la respuesta.»

Durante el resto de ese día y entrada la tarde siguiente, torturamos a nuestros anfitriones con el incesante son del tambor: Raúl, Raúl, Raúl. Supuse que si Fidel se decidía y lograba buscar tiempo, llamaría. Y si no, seguía agradecido por nuestro encuentro anterior y así lo hice saber en una nota que le envié a través de Omar. Solo conocía a Raúl por lo que había leído, y no tenía ni idea de si nos recibiría o no.

Los cubanos son gente particularmente cálida y hospitalaria. Cuando nuestros anfitriones nos pasearon por la ciudad, noté que la cantidad de autos norteamericanos del cincuenta había disminuido, incluso en los pocos años transcurridos desde mi última visita, dando paso a modelos rusos más pequeños. De pasada por la amedrentadora Sección de Intereses de los Estados Unidos en el Malecón, donde las olas rompen contra el muro e inundan a los autos que por allí transitan, observé algo casi indescriptible sobre el ambiente en Cuba. Es la presencia palpable de la historia arquitectónica y humana viva en un pequeño pedazo de tierra rodeado de agua. Incluso el visitante siente el espíritu de una cultura que proclama, de diversas maneras, «este es nuestro sitio especial».

Recorrimos varios rincones de La Habana Vieja, y en una vitrina en las afueras del Museo de la Revolución vimos el Granma, el yate utilizado para transportar a los revolucionarios cubanos desde México en 1956. Proseguimos hacia el Museo de Bellas Artes, con su colección de obras apasionadas y políticas provenientes de un amplio espectro de la profunda cantera cubana de talento. Luego recorrimos el Instituto Superior de Arte y, más tarde, fuimos a cenar con Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional, y con Roberto Fabelo, un pintor al que habían invitado después que yo apreciara su obra en el museo de arte esa misma tarde. Cerca de la medianoche, todavía no había llegado mensaje alguno de Raúl Castro. Después de eso, nos llevaron a la casa de protocolo, donde descansaríamos hasta el amanecer.

Al llegar el mediodía del siguiente día, el reloj marcaba su compás con resonancia en nuestros oídos. Nos quedaban dieciséis horas en La Habana antes de tener que ir para el aeropuerto a tomar nuestros vuelos de regreso. Nos sentamos a una mesa en La Barca, un lujoso restaurante en La Habana Vieja, con un gran grupo de artistas y músicos que, encabezados por el afamado pintor cubano Kcho, habían creado la Brigada Martha Machado, organización de voluntarios que socorría a los damnificados de los huracanes Ike y Gustav en la Isla de la Juventud. La brigada cuenta con el respaldo íntegro de dólares del Gobierno, aeronaves y personal que serían la envidia de nuestros voluntarios de la costa del Golfo tras el paso del huracán Katrina. También se nos sumó al almuerzo Antonio Castro Soto del Valle, joven apuesto de treinta y nueve años, de carácter humilde, hijo de Fidel Castro. Antonio es médico y galeno principal del equipo cubano nacional de pelota. Sostuve una breve pero agradable conversación con él y le reiteré el tema de nuestra agenda con Raúl.

Ya el reloj no sonaba. Retumbaba. Omar me dijo que sabríamos de la decisión del Presidente en breve. Con los dedos cruzados, Douglas, Hitch, Fernando y yo regresamos a la casa de protocolo para empacar con tiempo. A las 6:00 p.m., estábamos en el conteo regresivo de las diez horas que nos quedaban. Me senté abajo, en la sala, a leer en la difusa luz de finales de la tarde. Hitch y Douglas estaban en sus habitaciones en la planta superior, supongo que echando una siesta para contrarrestar la ansiedad. Y en el sofá, a mi lado, estaba Fernando, echando ronquidos.

Entonces apareció Luis frente a la puerta de entrada, que se encontraba abierta. Miré por encima de mis espejuelos cuando me hizo una señal muy directa con la cabeza. Sin palabras, señalé inquisitivamente hacia las escaleras donde se encontraban mis compañeros. Pero Luis negó con la cabeza, como disculpándose. «Solo usted», dijo. El Presidente había tomado su decisión.

Podía alcanzar a oír las palabras dubitativas de Hitch haciendo eco en mi cabeza, «Muy raras veces solo sale mal una cosa.» ¿Se refería a mí? ¿Et mi, Brute? Sin embargo, me toqué el bolsillo trasero para asegurarme de tener mi agenda con las notas tomadas en Venezuela, revisé que tenía un bolígrafo, me guardé los espejuelos y salí con Luis. Justo antes de cerrar la puerta del auto que me esperaba, oí la voz de Fernando que me llamaba. «¡Sean!» Nos marchamos en el auto.

Voy a ver al mago

Sean Penn recibe el premio Oscar, en la categoría de Mejor Actor, en el año 2009 por su actuación en el filme “Milk”.A lo largo y ancho de los Estados Unidos, el presidente cubano Raúl Castro, ex ministro de las Fuerzas Armadas de la Isla, ha sido tildado de «militarista frío» y de «marioneta» de Fidel. Pero el otrora joven revolucionario, con cola de caballo, que anduvo por la Sierra Maestra, está haciendo quedar mal a las serpientes. De hecho, el «raulismo» aumenta  junto con un reciente crecimiento industrial, agrícola y económico. El legado de Fidel, como el de Chávez, dependerá de la sustentabilidad de una revolución flexible, que pueda sobrevivir la partida de su líder por fallecimiento o renuncia. Nuevamente, Fidel ha sido subestimado por el Norte. Al seleccionar a su hermano Raúl, ha puesto en manos formidables la formulación de políticas diarias para el país. En un informe del Consejo de Asuntos Hemisféricos, el vocero del Departamento de Estado, John Casey, reconoce que el raulismo podría conducir a «mayor apertura y libertad para el pueblo cubano».

De pronto, me encuentro sentado a una pequeña mesa pulida, en una oficina de gobierno, con el presidente Castro y una traductora. «Fidel me llamó hace un momento –me dice–, quiere que lo llame cuando hayamos terminado de conversar.» Hay una especie de humor en la voz de Raúl que evoca toda una vida de tolerancia afectiva hacia el ojo vigilante de su hermano mayor. «Quiere saber todo lo que hablemos –dice con la risita de quien se sabe experimentado–. Nunca me gustó la idea de dar entrevistas. Uno dice muchas cosas, pero cuando se publican, se acortan, se condensan. Las ideas pierden su significado. Me dijeron que hacías largometrajes. Quizás hagas periodismo largo también.» Le prometo que escribiré lo más pronto posible y publicaré la mayor parte de lo que escriba. Me dice que, de manera informal, había prometido conceder su primera entrevista como presidente en otro sitio, y no queriendo multiplicar lo que podría verse como un insulto, me excluyó de mis compañeros.

Castro y yo compartimos una taza de té. «Hace hoy cuarenta y seis años, exactamente a esta hora del día, teníamos tropas movilizadas. Almeida en el interior, el Che Guevara en Occidente, Fidel en La Habana, yo en Oriente. Se había anunciado al mediodía en Washington que el presidente Kennedy hablaría. Esto fue durante la Crisis de Octubre. Previmos que el discurso sería una declaración de guerra. Después de su humillación en Bahía de Cochinos, la presión de los misiles [que Castro sostiene eran puramente defensivos] representaría una gran derrota para Kennedy. Kennedy no podría sostenerse con esa derrota. Hoy, estudiamos muy cuidadosamente a los candidatos norteamericanos, centrándonos en McCain y Obama. Vemos todos los antiguos discursos. Sobre todo los pronunciados en la Florida, donde oponerse a Cuba se ha convertido en un negocio lucrativo para muchos. En Cuba, tenemos un solo partido, pero en los Estados Unidos hay muy poca diferencia. Los dos Partidos son una expresión de la clase dominante.»

Dice que los miembros del lobby cubano en Miami, en la actualidad, son descendientes de las riquezas de la era de Batista o latifundistas internacionales «que solo pagaron centavos por su tierra» mientras Cuba estuvo bajo mandato absoluto de los Estados Unidos durante seis años.

«La Reforma Agraria de 1959 fue el Rubicón de nuestra Revolución. La sentencia de muerte para nuestras relaciones con los Estados Unidos.» Castro parece estar midiéndome mientras toma otro sorbo de su té. «En ese momento, no había discusión sobre el socialismo o de que Cuba negociara con Rusia. Pero la suerte estaba echada.»

Después que la administración Eisenhower hiciera explotar dos barcos cargados de armamentos que se dirigían a Cuba, Fidel intercedió con antiguos aliados. Dice Raúl: «Le pedimos a Italia. No. Le pedimos a Checoslovaquia. No. Nadie nos quería dar armas para defendernos porque Eisenhower los había presionado. Así que cuando pudimos obtener armas de Rusia, no tuvimos tiempo de aprender a usarlas antes que los Estados Unidos lanzaran la invasión en Bahía de Cochinos.» Se ríe y se disculpa para utilizar un baño cercano, desapareciendo brevemente tras una pared, para reaparecer inmediatamente en la habitación, bromeando: «A los setenta y siete, es culpa del té.»

Bromas aparte, Castro se desplaza con la agilidad de un joven. Hace ejercicios todos los días, sus ojos están alertas y su voz es fuerte. Retoma el tema donde lo deja. «Sabes, Sean, hubo una foto famosa de Fidel de Bahía de Cochinos. Está parado frente a un tanque ruso. Ni siquiera sabíamos cómo hacer retroceder a esos tanques. Así que –bromea–, retroceder no era una opción.» Se acabó el «militarista frío». Raúl Castro era cálido, abierto, vivaz y agudo de ideas.

Retomo el tema de las elecciones estadounidenses haciendo la misma pregunta que Brinkley le hiciera a Chávez: ¿Castro aceptaría una invitación a Washington a reunirse con el presidente Obama, suponiendo que este ganara las elecciones, a solo semanas de celebrarse? Castro se pone a meditar. «Es una pregunta interesante.»  Dice, a lo que sigue un silencio más bien largo e incómodo. «Los Estados Unidos tienen el proceso electoral más complicado del mundo. Hay roba-elecciones con práctica en el lobby cubano-americano en la Florida…» Meto la cuchareta: «Creo que ese lobby se está fragmentando.» Y entonces, con la certeza de un optimista consumado, digo: «Obama será nuestro próximo presidente.» Castro se sonríe, aparentemente de mi ingenuidad, pero la sonrisa desaparece al decir: «Si no lo asesinan antes del 4 de noviembre, será tu próximo presidente.» Me percato que todavía no había respondido mi pregunta sobre el encuentro en Washington. «Sabes –dice– he leído las declaraciones que Obama ha hecho, de que no quitaría el bloqueo.» Aclaro: «Su término era embargo.» «Sí –dice Castro–, bloqueo es un acto de guerra, por lo que los norteamericanos prefieren el término embargo, palabra que se usa en demandas jurídicas… pero, en cualquier caso, sabemos que estas son declaraciones preelecciones, y que también ha dicho que está abierto a conversar con cualquiera.»

Raúl se interrumpe: «Probablemente estés pensando, oh, el hermano habla tanto como Fidel.» Nos reímos. «Normalmente no es así, pero imagínate, una vez Fidel tenía aquí, en este cuarto, a una delegación de China, varios diplomáticos y un traductor joven. Creo que era la primera vez del traductor con un jefe de Estado. Todos habían tenido un viaje muy largo y sentían la diferencia horaria. Fidel, por supuesto, sabía esto, pero aun así habló durante horas. De pronto, uno que estaba al final de la mesa, ahí [señalando una silla cercana], empieza como a quedarse dormido. Se le cierra un ojo y luego el otro, y así con los demás. Pero Fidel siguió hablando. De repente, todos, incluido el de más alto rango, a quien Fidel le había estado dirigiendo las palabras directamente, se quedaron bien dormidos en sus sillas. Entonces Fidel se vira hacia el único que quedaba despierto, el joven traductor, y se mantuvo conversando con él hasta el amanecer.» En este punto del cuento, tanto Raúl como yo estábamos desternillados de la risa. Solo había tenido una reunión con Fidel, cuya sorprendente mente y pasión hace sangrar palabras. Pero fue suficiente para llevarme el mensaje. La traductora era la única que no se reía, y Castro retomó el tema.

«En mi primer discurso después que Fidel se enfermara, dije que estábamos dispuestos a discutir nuestra relación con los Estados Unidos en condición de iguales. Posteriormente, en el 2006, lo dije otra vez en una alocución en la Plaza de la Revolución. Los medios norteamericanos se burlaron de mí, de que cubría a la dictadura con cosméticos.» Le ofrezco otra oportunidad de hablar con el pueblo norteamericano. Responde: «El pueblo norteamericano es uno de nuestros vecinos más cercanos. Debemos respetarnos. Nunca hemos tenido nada contra el pueblo norteamericano. Las buenas relaciones serían mutuamente ventajosas. Quizás no podamos resolver todos nuestros problemas, pero podremos resolver una buena parte de ellos.»

Ahora hizo una pausa, meditando una idea lentamente. «Te diré algo, y nunca lo he dicho en público antes. Se filtró, en algún momento, por alguien en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, pero se tapó rápidamente por preocupaciones con el electorado de la Florida, aunque ahora, que te digo esto, el Pentágono pensará que soy indiscreto.» Esperé conteniendo la respiración. «Hemos tenido contactos permanentes con el ejército norteamericano, mediante acuerdo secreto, desde 1994 –me dice Castro–. Se basa en la premisa de que solo discutiríamos temas relacionados con Guantánamo. El 17 de febrero de 1993, tras una solicitud de parte de los Estados Unidos de discutir temas vinculados a localizadores de boyas para las navegaciones en la bahía, se realizó el primer contacto en la historia de la Revolución. La Crisis de los Balseros tuvo lugar entre el 4 de marzo y el 1 de julio. Se estableció una línea directa entre los dos ejércitos, y el 9 de mayo de 1995, acordamos sostener reuniones mensuales con altos funcionarios de ambos gobiernos. Hasta la fecha, se han realizado 157 reuniones, y hay una filmación de cada encuentro. Las reuniones se realizan el tercer viernes de cada mes. Alternamos los lugares entre la base americana en Guantánamo y el territorio cubano. Realizamos ejercicios conjuntos de respuesta a emergencias. Por ejemplo, iniciamos un fuego y los helicópteros norteamericanos traen agua de la bahía, en coordinación con helicópteros cubanos. [Antes de esto] la base americana en Guantánamo había creado caos. Habíamos perdido oficiales fronterizos y tenemos evidencia gráfica de ello. Los Estados Unidos habían alentado la emigración ilegal y peligrosa, mediante la intercepción por parte de los guardacostas norteamericanos de los cubanos que intentaban abandonar la Isla. Pero dejamos de cuidar nuestras costas. Si alguien quería irse, decíamos, adelante. Y entonces, con los temas de navegación vino el comienzo de esta colaboración. Ahora, en las reuniones de los viernes, siempre hay un representante del Departamento de Estado de los Estados Unidos.» No se dieron nombres. Continúa: «El Departamento de Estado suele ser menos razonable que el Pentágono. Pero nadie alza la voz porque… yo no participo. Porque hablo alto. Es el único lugar del mundo donde estos dos ejércitos se reúnen en paz.»

«¿Qué hay sobre Guantánamo?», pregunto. «Te diré la verdad –dice Castro–. La base es nuestro rehén. Como presidente, digo que los Estados Unidos tienen que irse. Como militar, digo que se queden.» Por dentro, me pregunto, ¿tengo una primicia que contar? ¿O esto carece de relevancia? No debe sorprender que los enemigos hablen tras bambalinas. Lo que sí es sorpresa es que él me esté hablando a mí sobre eso. Y con eso, regreso a la pregunta de una reunión con Obama. «¿Debería tener lugar una reunión entre usted y nuestro próximo presidente? ¿Cuál sería la primera prioridad de Cuba?» Sin inmutarse, Castro responde: «Normalizar el comercio.» La indecencia del embargo norteamericano contra Cuba nunca ha sido más evidente que ahora, tras el paso de tres devastadores huracanes. Las necesidades del pueblo cubano nunca han sido más apremiantes. El embargo es totalmente inhumano y completamente infructuoso. Raúl continúa: «La única razón del bloqueo es hacernos daño. Nada puede disuadir a la Revolución. Que los cubanos vengan a visitar a sus familias. Que los norteamericanos vengan a Cuba.» Parece que dice, que vengan a ver esta terrible dictadura comunista de la que oyen en la prensa, donde incluso los representantes del Departamento de Estado y prominentes disidentes reconocen que en una elección libre y abierta en Cuba hoy, el gobernante Partido Comunista ganaría 80% del electorado. Nombro a varios conservadores norteamericanos que han criticado el embargo, desde el difunto economista Milton Friedman hasta Colin Powell e incluso el senador republicano por Texas, Kay Bailey Hutchinson, que dijo: «Llevo algún tiempo creyendo que deberíamos buscar una nueva estrategia para Cuba. Y eso quiere decir abrir más el comercio, sobre todo en alimentos, principalmente si podemos darle a la gente más contacto con el mundo exterior. Si podemos construir la economía, quizás la gente se sienta más capacitada para luchar contra la dictadura.» Castro, ignorando el desaire, responde audazmente: «Aceptamos el reto.»

Para este momento, hemos pasado del té al vino tinto y la cena. «Déjame decirte algo –dice–. Tenemos investigaciones nuevas y avanzadas que sugieren firmemente la existencia de reservas petroleras en aguas profundas, que las empresas norteamericanas podrían venir a perforar. Podemos negociar. Los Estados Unidos están protegidos por las mismas leyes comerciales cubanas, como cualquier otro. Quizás pueda haber algo de reciprocidad. Hay 110 000 kilómetros cuadrados de mar en la zona dividida. Dios sería injusto si no nos diera algo de petróleo. No creo que nos privaría de esa manera.» De hecho, el Sistema de Inspección Geológica de los Estados Unidos estima que haya unos 9 000 millones de barriles de petróleo y 21 millones de millones de pies cúbicos de reservas de gas natural en la cuenca norte de Cuba. Ahora que se han mejorado, recientemente, las inestables relaciones con México, Castro también analiza la posibilidad de mejorar con la Unión Europea. «Las relaciones con la Unión Europea deben mejorar con la salida de Bush», afirma confiado. «¿Y los Estados Unidos?», pregunto. «Mira –dice– somos tan pacientes como los chinos. 70% de nuestra población nació con el bloqueo. Soy el ministro de las Fuerzas Armadas que más tiempo ha servido en la historia. Cuarenta y ocho años y medio hasta octubre pasado. Por eso visto este uniforme y sigo trabajando desde mi antiguo despacho. En la oficina de Fidel, no se ha tocado nada. En los ejercicios militares del Pacto de Varsovia, fui el más joven y el que más tiempo había estado ahí. Luego fui el más viejo, y todavía el que más tiempo había estado ahí. Iraq es cosa de muchachos comparado con lo que sucedería si los Estados Unidos invadieran Cuba.» Tras otro sorbo de vino, Castro dice: «Evitar una guerra equivale a ganarla. Eso forma parte de nuestra doctrina.»

Al terminar la comida, camino con el Presidente y atravieso las puertas corredizas de cristal que dan a una terraza tipo invernadero con plantas y aves tropicales. Mientras tomamos más vino, dice: «Hay una película americana en que la élite está sentada a la mesa, tratando de decidir quién será su próximo presidente. Miran por la ventana y ven al jardinero. ¿Sabes de qué película hablo? «Being There», digo. «¡Sí! –responde Castro emocionado–, Being There. Me gusta mucho esa película. Con los Estados Unidos, cualquier posibilidad objetiva existe. Los chinos dicen: “para el camino más largo, se comienza con el primer paso”. El Presidente norteamericano deberá dar ese paso por sí mismo, pero sin amenazar nuestra soberanía. Eso no es negociable. Podemos exigir sin decirnos qué hacer dentro de nuestras fronteras.»

«Señor Presidente –digo–, en el último debate presidencial en los Estados Unidos, oímos a John McCain alentando el acuerdo de libre comercio con Colombia, un país donde son notorios los escuadrones de la muerte y los asesinatos de los líderes laborales, ya que la administración Bush está intentando que el Congreso apruebe dicho acuerdo. Usted sabe que acabo de venir de Venezuela, que, al igual que Cuba, se considera una nación enemiga por parte de la administración Bush, aunque, por supuesto, le compramos mucho petróleo. Se me ocurrió que Colombia bien podría convertirse en nuestro socio geoestratégico en Sudamérica, como lo es Israel en el Medio Oriente. ¿Me podría opinar al respecto?»

Analiza la pregunta con cautela, hablando en tono lento y medido. «Ahora mismo –dice– tenemos buenas relaciones con Colombia. Pero te diré que si hay un país en Sudamérica con un clima vulnerable, ese es Colombia.» Pensando en la sospecha de Chávez sobre las intenciones norteamericanas de intervenir en Venezuela, respiro profundamente.

Se estaba haciendo tarde, pero no quería irme sin preguntarle a Castro sobre las acusaciones de violaciones de derechos humanos y el supuesto narcotráfico facilitado por el gobierno cubano. Un informe de la organización Human Rights Watch, de 2007, afirma que Cuba «sigue siendo el único país en América Latina que reprime casi todas las formas de oposición política». Además, hay unos doscientos presos políticos en Cuba hoy, aproximadamente 4% de los cuales ha sido condenado por delitos de oposición no violenta. Mientras espero por los comentarios de Castro, no puedo evitar pensar en la cercana cárcel norteamericana de Guantánamo y en las horrendas torturas acometidas por los Estados Unidos contra seres humanos allí.

«Ningún país está 100% libre de abusos de derechos humanos», me dice Castro. Pero, insiste: «Los informes de la prensa norteamericana son altamente exagerados e hipócritas.» De hecho, incluso disidentes cubanos de alto perfil, como Eloy Gutiérrez Menoyo, reconocen las manipulaciones, acusando a la Sección de Intereses de los Estados Unidos de obtener testimonios de disidentes mediante sobornos en efectivo. Irónicamente, en 1992 y 1994, Human Rights Watchtambién describió la ilegalidad e intimidación de los grupos anticastristas en Miami, lo que la autora/periodista Reese Erlich denominó «violaciones normalmente asociadas a las dictaduras latinoamericanas».

Después de haber dicho esto, me siento orgulloso de ser norteamericano y tengo pleno conocimiento de que si fuera ciudadano cubano y fuera a escribir un artículo como este sobre la dirección cubana, podría terminar en la cárcel. Es más, me siento orgulloso de que el sistema establecido por nuestros fundadores, aunque no está exactamente intacto hoy, nunca dependió de un solo gran líder por época. Estos temas son interrogantes para los héroes románticos de Cuba y Venezuela. Analizo si menciono eso o no, y quizás debí haberlo hecho, pero tengo otro asunto en mente.

«¿Podemos hablar de las drogas?», le pregunto a Castro. Él responde: «Los Estados Unidos son los mayores consumidores de estupefacientes en el mundo. Cuba se encuentra ubicada directamente entre los Estados Unidos y sus suministradores. Es un grave problema para nosotros. Con la ampliación del turismo, se ha desarrollado un nuevo mercado, y luchamos contra eso. También se dice que les permitimos a los narcotraficantes sobrevolar el espacio aéreo cubano. No permitimos nada igual. Estoy seguro de que algunos de esos aviones se nos escapan. Debido a restricciones económicas ya no tenemos funcionando los radares de baja altitud.»

Aunque esto pueda sonar grandilocuente, no lo es, según el coronel Lawrence Wilkerson, ex asesor de Colin Powell. Wilkerson le comentó a Reese Erlich en una entrevista realizada en enero que «los cubanos son nuestros mejores socios en la guerra antidrogas y contra el terrorismo en el Caribe. Incluso mejor que México. El Ejército vio a Cuba como socio muy cooperativo».

Quiero hacerle a Castro, por última vez, la pregunta que no me respondió, ya que nuestro lenguaje corporal mutuo sugiere que hemos llegado a la medianoche. Es pasada la una de la madrugada, pero él comienza. «Ahora bien –dice– preguntabas si aceptaría reunirme [con Obama] en Washington. Tendría que pensarlo. Lo discutiría con todos mis compañeros de la Dirección. Personalmente, creo que no sería justo que yo sea el primero en visitar, porque siempre son los presidentes latinoamericanos los primeros que van a los Estados Unidos. Pero también sería injusto esperar que el Presidente de los Estados Unidos venga a Cuba. Debemos reunirnos en un lugar neutral.» Hace una pausa, poniendo sobre la mesa su copa vacía de vino. «Quizás podríamos reunirnos en Guantánamo. Debemos reunirnos y empezar a resolver nuestros problemas, y al término de la reunión, le podríamos dar un presente al Presidente… lo podríamos mandar de regreso a casa con la bandera norteamericana que bate sobre la bahía de Guantánamo.»

Al salir de su oficina, nos siguen sus ayudantes –ya que el presidente Castro me acompaña en el elevador hasta el lobby y hasta el auto que me espera–. Le doy las gracias por la generosidad de su tiempo. Mientras mi chofer da marcha atrás en el auto, el Presidente me toca en la ventanilla más cercana. La bajo mientras él mira su reloj, percatándose que han pasado siete horas desde que comenzamos la entrevista. Sonriendo, dice: «Voy a llamar a Fidel ahora. Te lo prometo. Cuando Fidel se entere que pasé siete horas hablando contigo, seguro te dará siete horas y media cuando regreses a Cuba.» Compartimos una carcajada y un último apretón de manos.

Había llovido antes en la noche. En esta penumbra de amanecer, con las ruedas del auto desplazándose por el pavimento mojado en una quieta mañana habanera, me sorprende que las preguntas más elementales sobre soberanía brinden suficiente conocimiento acerca de las complejidades del antagonismo norteamericano hacia Cuba y Venezuela, así como acerca de las políticas de esos países. Siempre han tenido dos opciones solamente: ser imperfectamente nuestros, o imperfectamente de ellos mismos.

Viva Cuba. Viva Venezuela. Viva Estados Unidos de América

Cuando regresé a la casa de protocolo, eran casi las dos de la madrugada. Mi viejo amigo Fernando, con tremendo talaje, se había quedado levantado a esperarme. Mis compañeros habían tenido tremenda nochecita. El pobre Fernando se había llevado el peso de la frustración de ambos. No sabían adónde me había ido ni por qué los había dejado atrás. Y los demás funcionarios cubanos que habían podido contactar insistieron en que se quedaran tranquilos, no fuera a ser que alguno de los hermanos Castro ofreciese audiencia espontáneamente. Así que también se habían perdido su última noche cubana en la ciudad. Después de ponerme al tanto, Fernando fue a dormir un par de horas. Me quedé levantado revisando mis notas y fui el primero en ir a desayunar, a las 4:45 a.m. Cuando Douglas y Hitch bajaban lentamente las escaleras, me tapé el rostro con el borde del mantel, dando la apariencia de vergüenza. Creo, según las circunstancias, que era un poco temprano (y no solo en la hora) para verificar su humor. El chiste no surtió efecto. Mientras Fernando tomaba un vuelo por separado a Buenos Aires, tuvimos un desayuno tranquilo y un vuelo tranquilo de regreso al hogar, dulce hogar.

Al llegar a Houston, me percaté que había subestimado la insensibilidad de estos dos profesionales camados. Si había percibido alguna frialdad anteriormente, se había evaporado. Nos despedimos, celebrando los emocionantes días que pasamos. Ninguno de los dos fue tan malicioso como para indagar sobre el contenido de mi entrevista, pero Christopher partió hacia su conexión al Este con una frase de despedida: «Bueno… supongo que la leeremos.»

¡Sí, se puede!

Me senté en el borde de la cama con mi esposa, hijo e hija, con lágrimas corriéndome por el rostro, mientras Barack Obama hablaba por primera vez como presidente electo de los Estados Unidos de América. Cerré los ojos y empecé a visualizar una película en mi cabeza. Podía escuchar la música también; eran las Dixie Chicks cantando un tema de Fleetwood Mac por encima de imágenes montadas en cámara lenta. Ahí estaban: Bush, Hannity, Cheney, McCain, Limbaugh y Robertson. Los vi a todos. Y la canción se alzaba mientras la imagen de Sarah Palin cubría la pantalla. Natalie Maines cantaba con dulzura,

    Y vi mi reflejo en las colinas cubiertas de nieve hasta que el alud me hizo caer.
    El alud me hizo caer…

 



Descriptor(es)
1. CINE Y POLÍTICA
2. ENTREVISTAS

Web: http://www.cubacine.cult.cu/sitios/revistacinecubano/digital13/cap01.htm