FICHA ANALÍTICA

Cine para conectar*
Fleites, Alex (1954 - )

Título: Cine para conectar*

Autor(es): Alex Fleites

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 13

Año de publicación: 2009

Sin ánimos de hacer frases altisonantes pero, al mismo tiempo, con la responsabilidad que el oficio prescribe, me veo forzado a aseverar que el estreno de Los dioses rotos, de Ernesto Daranas, fue el acontecimiento cinematográfico nacional de 2008.

Algunos de los factores que avalan esa riesgosa afirmación son el tratamiento, sin concesiones de ninguna índole, de un tema que pudiera parecer tópico, el del proxenetismo aquí y ahora; una dramaturgia cristalina que anida en códigos fácilmente identificables por el espectador (como el melodrama, la tragedia de rancia tradición), el altísimo nivel actoral conseguido y, por si todo eso fuera poco, el empaque visual del filme, decidido por la expresiva fotografía de Rigoberto Senarega y la dinámica edición de Pedro Suárez, que tiene como fuente nutricia la tan reconocida en Ciudad de Dios, el memorable filme brasileño.

Claro que Los dioses... no surgen de la nada. En primer lugar, sus antecedentes más ilustres son, en el teatro, el Requiem por Yarini, de Carlos Felipe; Santa Camila de La Habana Vieja, de José R. Brene; y María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, esta última llevada también al cine, con notables aciertos, por Sergio Giral. En estas piezas se hallan los elementos fundacionales de lo que pudiéramos llamar la temática «barriobajera» o marginal de nuestra realidad: exaltación del macho en tanto símbolo de la sensualidad irrefrenable y la valentía, personajes femeninos atrapados en un «submundo» del que en vano buscan la salida y el imprescindible trasfondo de la religiosidad popular cubana, tan dinámica, tan inasible, tan presente en cualquier estrato de la sociedad.

Nótese que en el párrafo anterior utilicé la palabra «antecedentes», que quiere decir «filiación», «origen», pero en ningún caso «mimesis» o influencia servil, pues Los dioses... trae lo suyo por decir, su mirada contemporánea sobre tan espinoso tema y un comprometimiento visceral con la historia que le confiere al filme la sinceridad y hondura rápidamente detectables por parte de un público no necesariamente avisado.

¿Alberto Yarini, su leyenda, su densa carga simbólica, el mito cubano que recorre más de un siglo de historia, es, finalmente, asunto del pasado? ¿Desaparecieron los sentimientos de frustración nacional, las condiciones económicas, los imaginarios atávicos que condicionaron su existencia? ¿En la Cuba de hoy, dónde están los límites de la marginalidad? ¿Los dioses... se refiere al marco cerrado del barrio de San Isidro, tristemente célebre en la primera mitad del siglo xx por ser la zona de mayor concentración de casas de lenocinio en La Habana, o su mirada traza un corte transversal en esa sociedad ideal que desde hace cincuenta años nos empeñamos en edificar denodadamente y a costa de muchos sacrificios?

¿Cazadora cazada?

La Academia trata de coartar la investigación de la joven profesora Laura (Silvia Águila), por considerarla inútil, que nada puede aportar al intenso diálogo que esa institución debe sostener con la contemporaneidad. Rosendo (Héctor Noas), el tigre de esa selva enmarañada que es el barrio, ve amenazado su mundo precario por la intrusión de la profesora, que intenta comprobar la veracidad de la prenda que se piensa impregnada con la sangre de Yarini, y en la cual descansa todo su poder. Alberto (Carlos Ever Fonseca) –¿casualmente llamado como Yarini?–, joven que intentó escapar a su circunstancia por la vía de los estudios, que fue prostituido él mismo por una profesora, que intentó poner tierra por medio entre su historia personal y su yo inestable, pero que finalmente regresó convocado por un amor de la infancia que porta –como en toda tragedia– el germen de la autodestrucción, es el instrumento de Rosendo para «disuadir» a Laura de que no debe pisar campo minado. Víctima este último, como suele suceder cada día, se convierte en victimario del más débil en la escala zoológica.

Y todo esto no tendría mayor importancia si el objeto de estudio de Laura no la permeara de pies a cabeza, y terminara siendo partícipe de ese mundo que ella asume, desde la altura del conocimiento libresco, como distante y enajenado: por rencor, por celos quizás, delata a los amantes y es la causa de que se resuelva la tragedia de la única forma posible, desde los griegos hasta hoy: con la muerte de los contendientes.

Pero a diferencia de las tragedias al uso, aquí no estamos en presencia de héroes, sino de personajes vulnerables, contradictorios, de sentimientos lo mismo elevados que bajos. Estamos en presencia de personas que dirimen las agudas condiciones de la subsistencia en un mundo que, paradójicamente, los deja vivir porque los mata o, en otras palabras, los incluye porque los niega, porque nunca serán agentes del cambio.

Con todo lo dicho, no será difícil al lector hacerse a la idea de que creo que Los dioses... es una obra memorable. Y lo es, básicamente, porque con las herramientas del arte no trata de emitir leyes, postulados o consignas, sino todo lo contrario: logra una imagen veraz, una realidad paralela, que condensa muchas de las preocupaciones cardinales del cubano de a pie, en momentos en que se observa una crisis –me gustaría creer propia del crecimiento– que nos enfrenta al elusivo futuro, a la relectura de nuestra historia, a corregir los tiros errados y a afinar la puntería para legar a nuestros descendientes el país que se merecen.

¿Nada que criticar?

Escena del filme.Desde luego. Pero no sobre la base metafísica de la película que hubiera podido ser si... Como hecho irreversible que toda obra es, quedan al comentarista ciertas insatisfacciones con algunos diálogos que suenan «leídos» y que son portadores, casi siempre, de informaciones históricas, y los cuales la organicidad de los actores no logra salvar. También se detectan motivaciones en los personajes que se verbalizan pero que no se acompañan de la consecuente acción, lo que enturbia su diseño: ¿por qué obedece Alberto a Rosendo si no hay entre ellos una relación de subordinación? ¿Por qué el primero regresa de Francia si ya había alcanzado el escape a un país que le brindaba la posibilidad, al menos, de la redención económica? Lo otro a señalar es el tema musical que se le endilga a las escenas de cama en las que participan Sandra (Annia Bu Maure, toda una revelación) y Alberto, muy en primer plano, muy al estilo de las teleno-velas brasileñas, un recurso que, pienso, le resta intensidad a la imagen tan cuidada.

Los dioses... acusa un satisfactorio y alegre trabajo en equipo, donde cada elemento juega su parte de la única manera posible: imbricándose en un todo a donde tributan y en el cual se diluyen, incluidos la dirección artística (Erick Grass) y la composición de la banda sonora (Osmany Olivare, la cual se apoya en la música expresamente compuesta por Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galbán).

De la misma manera que el montaje juega con el tiempo del discurso, fragmenta, acelera y relentiza escenas, así en la cabeza del espectador se va componiendo la trama, con un esfuerzo gratificante en tanto lo hace «coautor» del filme. Y lo que es mejor, lo acompaña una vez abandonada la sala de proyecciones en un intenso debate que lo conecta con una cara de nuestra realidad cotidiana en donde él es, necesariamente, parte del problema y también parte de la solución.
Los dioses rotos se exhibió en el circuito nacional de estrenos a partir del 26 de febrero.

*El término, creo recordar, lo usó entre nosotros Ambrosio Fornet cuando se refirió a Retrato de Teresa, la cinta de Pastor Vega, de la cual el propio Fornet fue el guionista.  



 

 



Descriptor(es)
1. CINE CUBANO
2. CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA

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