FICHA ANALÍTICA

Pedaleando
Caballero, Rufo (1966 - )

Título: Pedaleando

Autor(es): Rufo Caballero

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 14

Mes: Abril - Junio

Año de publicación: 2009

Entre las comedias cubanas Plaff y El cuerno de la abundancia median, exactamente, veinte años. ¿Cómo es que entre ambas se siente una conexión tan directa, una continuidad tan clara y loable? Para decirlo rápido y ojalá que bien: Juan Carlos Tabío volvió a tener en las manos un buen guión. Y ya sabemos que a este cineasta denle una buena historia y garantiza, como mínimo, una película eficiente. Lo de que le den es relativo, si recordamos que la escritura de este nuevo filme fue asumida por el director, a cuatro manos, junto a Arturo Arango, a quien pertenecía la idea original, el argumento.

Nótese que cuanto hace de ambas excelentes películas se relaciona con lo mismo: la proporción de la tragicomedia. El guión de El cuerno… pareciera entender que no es que no existan los extremos, sino que lo más fascinante resulta el espacio intermedio. Así como una pizca de feminidad en un hombre (léase vulnerabilidad) lo vuelve arrebatador a los ojos de una mujer, así como la luna hace recordar la posibilidad de la luz en medio de la noche, así como en el cuerpo hay bastante del alma y en el alma algo del cuerpo, no existe nada más inteligente que un drama gracioso. Bueno, sí: una comedia amarga. Eso fue lo que hizo de Charles Chaplin un cineasta para siempre y un poeta de la pantalla, mientras iba o venía la moda de sus colegas: el entendimiento de que toda buena comedia tiene por debajo, o por encima, una enorme tragedia. La angustia hilarante, o la hilaridad angustiosa; ahí está la fórmula. No falla. Nótese también que una tragicomedia como El cuerno… emerge justo en los tiempos en que la sociedad cubana intenta un despertar económico; ergo: cuando se echa por tierra el viejo anatema espiritualista en relación con todas las cuestiones materiales. Está claro que el pragmatismo romo lo empobrece todo, pero, del mismo modo, prende la certeza, nada mediocre, acerca de que calidad de vida es calidad de emociones. Existe, cómo no, la manera de conjugar solvencia económica e inspiración cultural.

De hecho, El cuerno de la abundancia basa su éxito en la proporción exacta entre peripecia y filosofía. Si fuera filosofía nada más, sería un ladrillo noruego; si fuera peripecia nomás, sería cine cubano. En cambio, Arango y Tabío –que no Parreño– logran insuflar un do de pecho que vuelve sustantiva una sucesión de superfluidades. Consiguen ser divertidos y no frívolos, nada tontos. No crean que es cosa menor: ahí están varias décadas de cine cubano para comprobarlo. Como sucede con los buenos amores, Arturo y Juan Carlos han logrado que la superficie sea agradable y el fondo resulte profundo. Nadie se engañe por la comedia de enredos, las histerias momentáneas, la cadena de sketches más o menos felices: El cuerno de la abundancia funda su belleza en su descojonante meditación sobre la suspensión de la Isla.

Annia Bu y Jorge Perugorría.La fábula en torno a la herencia es el asunto que permite rodar un tema muy serio: la suspensión de la Isla, eternamente, a expensas de la ilusión (llámese herencia, llámese remesa, llámese viaje, etc.). Esa política, históricamente, ha tenido nombres distintos: la estética del porvenirismo, la confianza en el mañana, los vítores a la esperanza, somos felices aquí y lo seremos más aún, etc. Mañana; siempre mañana. La Isla vive colgada de un bolero que habla siempre de la espera. Los guionistas tuvieron el coraje y el sentido de responsabilidad de retratar ese hilo finísimo, esa cuerda que una extraña Ariadna, más bien una araña, insular, guía hacia un aleph repleto de promesas, que no llega nunca. Eso nos alimenta. Es más: de eso vivimos; de los sueños, que sueños son, pero, en la Isla encantada, se antojan realidades. El dueto de escritores para cine tuvo la audacia de hablar, en tono de joda, sobre el flagelo de la espera que no se sacia nunca y que alcanza a explicar nuestras vidas, nuestro precoz envejecimiento, la añoranza de la felicidad que no llega. Ese sentimiento nacional, captado por una agudeza que merecería un doctorado en filosofía (filosofía de la calle, de la buena; del día a día) levanta la película hasta un vuelo impactante.

El guión es equilibrado entre peripecia y filosofía, pero no en la suerte misma de cada uno de estos dos elementos. Al contrario de la mayoría de los guionistas cubanos, que se entretienen un mundo con las peripecias y desatienden el sentimiento o la idea que debe informar la historia, la escritura de El cuerno… tiene cien puntos en filosofía y sesenta, más o menos, en la cadena de situaciones hilarantes. O sea, en esto aprueba, pero no resulta excepcional como en casi todo lo demás.

Primero lo primero: hay que reverenciar la gracia que demuestra Arturo, en particular, a lo largo de esta historia. Quien conozca a este hombre serio, elegante, circunspecto, siempre asilado en el tono justo, a quien todo le puede parecer fácilmente un exceso o una desmesura, este escritor que pasa de correcto, incorregible, incorruptible, es sencillamente incapaz de imaginar la clase de despeinada que se da Arturo en El cuerno de la abundancia. Al tener delante la imperturbable corrección de Arturo Arango, uno se siente como si cometiera, tropelosamente, una tras otra, decenas de faltas de ortografía. Hay que ver El cuerno… para creer de otra manera en él. Muchas de las situaciones que se le ocurren, junto a Juan Carlos, son corrompidamente simpáticas. El personaje de Bernardo father (un siempre vehemente Enrique Molina) es un vacilón al callejón sin salida de esos moralistas de línea dura que todavía quedan por ahí. Bernardo concede dos momentos deliciosos: cuando se le ocurre sugerir la idea de que, a partir de la tenencia de la herencia, se construya en Yaragüey un tecnológico y un complejo deportivo. Eso no tiene desperdicio. O cuando, ante la ilusión esfumada, llama a reaccionar con dignidad frente a esa otra maniobra imperialista. O los chistes pequeños, como ese patético de que Agustín, el oportunista incorporado por Patricio Wood, arranque la sortija de la mano del Presidente del Consejo de Expertos cuando este figura ahorcado. Son situaciones que indican un desmadre, un aliento titoniano, una gracia tremenda, que dice un par de cosas, y sobre todo dice que incluso Arturo Arango se despeina. Estamos entonces en Cuba, caballeros, y no solo en Yaragüey.

Pero, al mismo tiempo, justo a nivel de la superchería, de la textura epidérmica, hay algunas suciedades, chistes malos, demasiado fáciles. En buen cubano: pesadeces. Por ejemplo: la caída de Bernardo junior y de Zobeida de la bicicleta; la idea de vender las gallinas; el hecho de que para nada sirva el móvil porque no hay teléfono en la casa de destino; la escena bufa, en el baño de la tía habanera de Zobeida, cuando se desahucia la llave de paso, etc. Son chistes infelices, no por gruesos, sino por malos. Aclaro que no por gruesos en tanto para algo existe el esperpento, y el humor escatológico, y la economía de lo soez. No es por eso, sino por lo otro. Sobre todo, cuando por contraste, advertimos situaciones igual de enredadas y de hilarantes que están bien concebidas: digamos, el cruce de parejas durante la boda del mongo del pueblo y Yurima, y el desencadenamiento de la acción a partir de este recurso, a lo Algunos prefieren quemarse. A más de la observación antropológica para el dibujo de los arquetipos (magnífica la melodramática y chantajista madre interpretada por Paula Alí, que ya tiene «hasta la ropa y los zapatos con que me van a enterrar»), Arango y Tabío demuestran su talento también a ese otro nivel más raso, aunque no les salga siempre. Otros casos positivos: la fuga de Guillermo y su madre (interpretada por una espléndida Mirtha Ibarra) en un almendrón que se adentra en el mar y en la noche que separa las dos Habanas; o el sueño de Bernardo junior –muy bien fotografiado, por cierto, por Burmann, en lo tocante a textura e iluminación–, cuando imagina que Zobeida, de monja, desgrana toda su lujuria sobre los lingotes de oro.

Aún, otro gran mérito del guión tiene que ver con el juego de la metaescritura. Cuando los guionistas mueven la historia entre narrador y narratario (el personaje que narra implica al espectador y lo adentra en la historia, en un desafío de diálogo que lo convierte en narratario) vuelve a lanzar un guiño a la cadena de distanciamientos en Plaff. Recordemos a una simpática Daisy Granados que preguntaba: «¿Dónde está el maletín de la escena…? ¡Así no se puede trabajar!», o exclamaba, sumamente orgánica, que «caballeros, ¡se me fue la letra…!» A partir de esa licencia cabal entre narrador y narratario, Arturo y Juan Carlos se dan la libertad de las mareas y juegan todo el tiempo con los límites del cine, o con eso que teóricamente se llama metalepsis, mala palabra que alude en realidad a la licencia para los saltos de un nivel narrativo a otro. Por ejemplo, cuando Bernardo junior se vira a cámara y comenta a su espectador cómplice: «¡Que conste que fue Marthica la que me pidió que hablara con Zobeida…!»

En esta dirección de los juegos textuales, los guiños y la metaconciencia, es que aparece el momento más brillante de El cuerno de la abundancia, que permite a Jorge Perugorría un lucimiento adicional, cuando ya venía muy bien, pleno de matices, entre lo tierno, lo enfático, lo gracioso, lo sincero de un personaje que aprende cómo la sumisión a la voluntad y los designios de los demás –incluido el desasosiego uterino de Zobeida– constituye un atajo, no un camino. Guillermo toca a la puerta. Existe el precedente argumental de que no solo Nadia se desordena con los músculos de Guillermo. Bien, cuando aparece Bernardo en cámara, y lo ve, de pronto «se le monta» el Diego de Fresa y chocolate y sale a recibirlo todo afectadito, todo merengue él; pero de inmediato el guión le recuerda a Diego que tiene que permitirle a Bernardo junior «volver a estar en personaje», Perugorría tiene una transición de película, coge un martillo y se pone en plan macho, salvaje, a lo Bernardo junior. En esa escena Perugorría está para detener la película, darle la Palma de Oro (que no me acuerdo cómo diablo se llama cuando va a manos de los actores; ay, Mario Naito, por dónde andas); y luego, que siga la historia.

En esa propia línea, se disfrutan decenas de otras citas y alusiones. Cuando se dice que el sentido de la vida es vivirla, se cita al maestro Titón, quien deslizara esa frase magistral en alguna de las cartas del libro Volver sobre mis pasos; las referencias y reverencias a Fresa y chocolate no pueden ser más evidentes (el hermano Diego, el David de un Vladimir Cruz otra vez convincente, la alusión a la bebida del enemigo, etc.). Asimismo, los juegos con Bienvenido Mr. Marshall, Lucía (este menos afortunado, con el infeliz paralelo, en el cine literal), o Brokeback Mountain. Incluso la escena de la confrontación visual de las familias en el parque del pueblo, con contrapicados, que se introduce no porque «haya ocurrido así», sino porque –nos confiesa el narrador– fue así que se la contó alguien que gusta muchísimo del género oeste… Incesante juego con los géneros culturales (la etapa azul de Picasso en los cakes de Marthica) y relación de rupturas que había comenzado cerca de aquel gracioso «… este me saludó solo para salir en la película», prosigue con los comentarios gráficos de las historietas que dibuja la propia Marthica (ficción de segundo o tercer grado), o con retozos en la letra como ese de que «en la copia de la película se ve a la gente yéndose del cine…»

He mencionado buenas actuaciones y, de pasada, me he referido a Nadia como si tal cosa. A Tahimí Alvariño le estaba guardando lo suyo, porque es ella la reina de una película muy bien actuada por todas partes. Laura de la Uz vuelve a desgranar talento histriónico en las transiciones, las marcas de las intenciones; en todo, en realidad. Revelación es un término que ya le queda corto a ese aluvión de emociones y de hermosura que se llama Annia Bu, una diosa que no se quiebra fácil. Pero lo de Tahimí Alvariño no se parece a nada ni a nadie, clasifica en otro sitio. Tahimí da una clase de actuación, en el que constituye, sin duda, el mejor trabajo de esta notable actriz, antes entrampada en el glamour de la damita ataviada con naftalina (código aquí posiblemente parodiado cuando Nadia, mejorada por la ilusión de la herencia, «se compone» físicamente, y la actriz hace algún mohín a cámara…) Tengo que preguntarle a Arturo –que no se me olvide, que no se me olvide– si estaba o no en el guión la marca de que en la escena donde los hermanos hablan con el padre, para informarle sobre la herencia, Nadia estuviera comiendo hielo. Si figuraba en el guión, los guionistas se vuelven a botar de sala’os; pero si eso lo pidió la actriz, hay que adorarla, definitivamente. Tahimí estudia la gestualidad de su personaje, no se confía en su organicidad y construye histriónicamente un ser con vida propia; perogrullada sin embargo descuidada a menudo por los actores cubanos. No es Tahimí Alvariño: es Nadia.

Hay otra escena donde la actriz está celestial, y sucede en la inversión que marca el guión entre los personajes de Marthica y Nadia: en dos momentos, una de ellas duda de la herencia, mientras la otra se afinca en la ilusión y comienza a soñar/llorar, con un nudo clavado en la garganta, acerca de todo lo que pudiera comprar a la familia, etc. Son momentos cumbre, primero porque alcanzan a compendiar la filosofía general de la película, la densidad de la tragedia que asiste por debajo a la comedia, y luego porque, al aflorar la verdad sentimental de ambos personajes, las actrices están estelares. Particularmente Tahimí, cuando asegura que ahora sí le va a poder comprar zapatos a los muchachos, y un refrigerador que eche agüita por aquí y «yelito» por allá, y se va a mudar para una casa de 5ta. Avenida, de esas que le cuelgan las maticas. Tahimí comprende que mientras más simpática le quede la escena, más dramaticidad logrará atravesar en la garganta del espectador: esto se llama inteligencia actoral. ¿Cómo no conocí a una gran actriz llamada Tahimí Alvariño hasta hoy? ¿Dónde estaba yo? O, ¿dónde andaba ella?

Rodolfo Rodríguez Faxas y Laura de la Uz.No es coincidencia. No puede ser coincidencia: cuando todo el mundo está tan bien, independientemente del talento de los actores, hay detrás un gran director. Sin mucho ruido, haciendo lo suyo cuando corresponde, Juan Carlos Tabío evidencia que nomás le ponen delante un buen guión, se tira a pedalear en grande, como se va Guillermo en el almendrón a buscar otros horizontes. Sin alardes esteticistas –el único acento de que gusta este cineasta tiene que ver con las entradas y salidas de la diégesis, no con filtricos ni con atmósferas raritas–, El cuerno de la abundancia está dirigida con una precisión y una holgura envidiables. Una sola cosa recomendaría a este director: pensar en el montaje durante la puesta en escena; no dejarlo todo a la (posible) destreza final de la editora. No descubro saltos de eje propiamente, ni desmacheos notorios, pero hay como un ruido constante en la manera de empalmar las angulaciones, como si no se tuviera en cuenta nunca la simetría (siquiera leve) entre los campos y los contracampos. Si no llega a ser un defecto técnico, a veces uno se siente el corte en el estómago, por ese descuido con el macheo visual de los planos mientras se filma la escena. Un detalle a pensar por un hombre que madura en los predios del cine.

Hablando de estómagos, el final de El cuerno de la abundancia parece dulce cuando es un golpetazo que deja sin aire. El ciclo vuelve a comenzar. Los personajes, los cubanos, somos tan nobles como para regresar a apostarlo todo a la ilusión. Nos volvemos a anotar en la lista de espera de vuelos nacionales. Los personajes quedan entrampados en los gestos que dibujan en el aire las cosas que se comprarán o harán cuando llegue –¡ahora sí!– la herencia. Un catch digital cierra el plano sobre una flor artificial que yace encima de algún ladrillo. Eso tienen; eso tenemos: la ilusión y una flor artificial. Nada, sin embargo, hará desfallecer a Bernardo junior, quien por último le ordena amablemente a su espectador: «¡A seguir dándole a los pedales!» No queda de otra, cubanos. Aquí estamos, pedaleando, los que no nos internamos en el mar, los que no nos montamos en la quimera de un almendrón acuático, transoceánico. Pedaleando, sí señor. Díganme, si no, qué diablo hago yo, ahora mismo, escribiendo esta crítica.

El cuerno de la abundancia se exhibió a partir del 15 de enero en el circuito nacional de estrenos.

Descriptor(es)
1. ACTUACIÓN FEMENINA
2. CINE CUBANO
3. CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA
4. TABIO, JUAN CARLOS, 1943-

Web: http://www.cubacine.cult.cu/sitios/revistacinecubano/digital14/cap02.htm