FICHA ANALÍTICA

¿Adónde fue a parar el sol?
Estrada Betancourt, José Luis (1967 - )

Título: ¿Adónde fue a parar el sol?

Autor(es): José Luis Estrada Betancourt

Fuente: Revista Cine Cubano On Line

Número: 15

Mes: Julio - Diciembre

Año de publicación: 2009

«Huye del triste amor, amor pacato/ sin peligro, sin venda ni aventura/ que espera del amor prenda segura,/ porque en amor locura es lo sensato», le recita Ricardo (Javier Cámara) a su pequeño hijo Lorenzo (Roger Princep), a partir de un libro de Antonio Machado; texto que, como Ricardo mismo, permanece oculto. El padre de Lorenzo apenas sobrevive en un reducido espacio tras el armario de uno de los dormitorios del apartamento donde muere a diario, acompañado también por Elena (Maribel Verdú), su esposa.

Mas Ricardo, antiguo profesor de una escuela republicana y ahora perseguido durante la posguerra, ni siquiera imagina, mientras hojea el texto autografiado por Machado, que esa sensatez de la que hablaba su amigo el poeta está ausente en el diácono Salvador (Raúl Arévalo), quien ha «enloquecido» por la sensualidad irresistible de Elena. Es la «carne» la que lo hace acercarse peligrosamente, y cada vez con mayor frecuencia, a una casa llena de complicados secretos.

Con su existencia de topo, Ricardo no encuentra la luz, esa que también urge a Salvador después de haber participado en la guerra y de ponerse en contacto con la muerte. Lo comprende cuando, perdido, vacilante en su fe, se acerca al Rector de la Orden (José Ángel Egido) en busca de consejos. Es este quien le refiere que para la Biblia los desorientados son como los girasoles ciegos, porque no ven la luz del sol, aunque esta existe.... Por eso se traslada al seminario donde se convertirá en el maestro de Lorenzo y en el que conocerá a Elena, la mujer que se ve obligada a ocultar la verdad sobre su familia, en esta película nombrada justamente Los girasoles ciegos, y que rodara José Luis Cuerda en 2008.

«Hay que estar vivo si se quiere pelear», le decía su director espiritual a Salvador, «y más vivo todavía si se quiere vencer. Un soldado muerto no gana batalla». Y Ricardo está casi muerto. O lo que es peor, está vencido. Lo mata la culpa.

Así son los personajes principales de Los girasoles ciegos: atormentados, invadidos por sentimientos oscuros, contradictorios; con crisis de conciencia. Y es en la complejidad de los caracteres donde radica, en mi opinión, el mayor mérito de esta película de desenlace previsible, que evita el sentimentalismo, cuando todo está servido como para explayarse en él.

Como decía, son los personajes, su estudio profundo, lo mejor de Los girasoles ciegos. Pero sobre todo Elena y Ricardo. Tanto la Verdú (Amantes, El laberinto del fauno, Y tú mamá también) como Javier Cámara (Alatriste, La vida secreta de las palabras, La mala educación, Hable con ella) asumen sus roles como si les fuera la vida en ello.

Contenido en la mayor parte del metraje, Cámara tiene dos momentos en que luce formidable: cuando Elena le impide que siga bebiendo porque el alcohol le puede hacer daño y su marido –aunque tenga que soltar un parlamento que huele a panfleto– le dice saber qué es lo que lo enloquece; y cuando encuentra en el periódico una noticia que lo hará encerrarse en el baño. Pero Maribel lo supera al bordar la excelencia con esa Elena intensa, cargada de ansiedad, y que expresa con su fotogénico rostro mil cosas, cuando se debate entre sus necesidades carnales y la lealtad al marido. Verdú está exquisita de principio a fin.

Arévalo (Siete mesas [de billar francés], Azuloscurocasinegro, Cosas que hacen que la vida valga la pena), teniendo en sus manos un personaje envidiable, no consigue convencer del todo. No se le da bien ese diácono obsesionado, lujurioso, desorientado y lleno de dudas. La explicación está en que la dirección de actores de Cuerda es muy desigual. Y no porque Arévalo no haya conseguido brillar como los protagonistas, sino porque el resto de los personajes, en su mayoría funcionales, están pésimamente defendidos –con excepción de Egido–. En este punto no hay quien supere a Irene Escolar (Elenita) y a Martín Rivas (Lalo), responsables de llevar adelante una subtrama poco creíble por endeble: la de la hija adolescente del matrimonio, que huye embarazada hacia Portugal con su marido, un joven poeta perseguido por la policía.

Desde el punto de vista cinematográfico, Los girasoles ciegos es una película clásica, como la estructura de su guión (escrito por el director, a cuatro manos, con Rafael Azcona, a partir de dos de los relatos que integran la multipremiada novela homónima de Alberto Méndez). Sin embargo, sin ser una obra maestra, Los girasoles... es una película correcta, bien ambientada (el descubridor de Alejandro Amenábar se ha vuelto un experto en hacer retratos de esa época), mejor fotografiada por Hans Burman, y poseedora de una sugestiva música original (Lucio Godoy).

Como mismo hiciera en La lengua de las mariposas, José Luis Cuerda se arriesgó en Los girasoles ciegos con un tema que sus coterráneos consideran agotado (sobre todo si está filmado en casa) y regresó a un período que todavía duele. Es evidente que el también realizador de El bosque animado está consciente de que es imprescindible conocer la Historia para entender el presente y proyectar el futuro. Por tanto, Los girasoles ciegos es una película sobre la memoria; una película que quiere ayudar a superar un pasado de represión, de miedos, de silencios, de falta de libertad, de fanatismos... Los girasoles ciegostrata la asfixia moral y social de un triste período en que el sol definitivamente se eclipsó.

    Los girasoles ciegos se exhibió a partir del 27 de agosto en el circuito nacional de estrenos.



Descriptor(es)
1. CINE ESPAÑOL

Web: http://www.cubacine.cult.cu/sitios/revistacinecubano/digital15/cap02.htm