“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
En Puerto Varas a la edad de 62 años, dejó de respirar el querido cineasta chileno Claudio Sapiaín, quien destacará por su nutrido trabajo en el género documental y su larga trayectoria académica en diversas escuelas de cine de Chile.
Una compleja neumonía que se agravó y algunas enfermedades preexistentes que lo aquejaban, terminaron con la vida del director de El hombre que imaginaba.
Claudio Esteban Sapiaín Gutiérrez, nacido el 5 de febrero de 1948 en Santiago, estudió a finales de la década de 1960 en la Escuela de Cine de la Universidad de Chile en Valparaíso y luego prosiguió sus estudios en la sede de Santiago.
En 1970 realizó su primer documental, titulado Escuela Santa María de Iquique, con la música de Luis Advis interpretada por Quilapayún, en el que retrataba los acontecimientos de la huelga salitrera en el norte, a comienzos del siglo XX, que terminó en una matanza. Por este documental recibió una mención en el Festival de Oberhausen un año más tarde.
Luego de trasladarse a Suecia, dirigió diversas producciones para la televisión de ese país, que lo hicieron merecedor del Gran Premio del Festival de Cine de Moscú en 1976.
Eran unos que venían de Chile es quizás su obra más personal, en ella retrata una profunda reflexión sobre la experiencia del realizador del filme —narrada por él mismo— cuando regresa a Chile, con su hijo y su compañera, después de doce años de exilio en Suecia. Su hijo marcó cada año vivido lejos de la patria
En su regreso a Chile, en 1985, Sapiaín combinó durante las siguientes décadas el trabajo vinculado a la docencia, la realización de documentales y la producción de su primer largometraje de ficción, El hombre que imaginaba, que tras su estreno en 1998 se exhibió en más de 16 países.
Sipiaín y el Pedro Sienna del bicentenario
El prolífico cineasta realizó diversos largometrajes, documentales y otros trabajos audiovisuales, que lo hicieron merecedor este año del premio Pedro Sienna a su trayectoria, un galardón que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y que debía recibir en una ceremonia pactada para septiembre.
Tras conocer de este hecho, el ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke, expresó que "es muy lamentable esta noticia. Y más lamentable aún no haberle entregado el reconocimiento del Consejo de la Cultura antes de su partida". "Ojalá esto nos sirva de aprendizaje para que en Chile premiemos y reconozcamos a nuestros grandes talentos en vida. Hoy nuestra misión es difundir su legado", agregó.
En 2007, a Sapiaín le fue concedido el Doctor Honoris Causa por la Universidad de Göttingen. En 2008 su obra fue presentada en una retrospectiva que le dedicó el Festival Internacional de Cine de Valdivia, en la que se le vio contento compartiendo con sus amigos Claudio Di Girolamo y Gregory Cohen.
Este último, en ocasión de la retrospectiva que le rindieron como homenaje en Valdivia, escribió: “Un buen director es un buen constructor de planos”. No es suficiente. “Un buen director tiene todo planificado de antemano”. No necesariamente. “Un buen director es un cinéfilo con miles de películas a cuestas”. Tampoco.
Cada una de estas características son importantes, pero no son suficientes. Pocos directores son como Claudio Sapiaín. Pocos son capaces de poseer el talento de generar confianza y rigor en un rodaje. Pocos —muy pocos— son capaces de fomentar y aprovechar el intercambio de talentos de un equipo técnico y artístico. Y sobre todo, muy pocos son capaces de resquebrajar sus propios esquemas y acceder a otros.
Claudio Sapiaín es capaz de entrar en un ámbito de realismo social y acto seguido deambular por zonas delirantes, de ensueño. Claudio Sapiaín actúa por presencia. Por su talento, por sus películas, documentales y ficción, por su autoría, su modo, su especial mirada.
"Claudio Sapiaín es un buen director", se respondía Cohen frente a la pregunta ¿Qué es un buen director?