“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Hermanos, unas sutilezas que evitan el clisé

    Hemos terminado un mes de intensa pasión y España se alzó con el trofeo más preciado del mundo. Habrá que esperar cuatro años, hasta Brasil, para ver si el equipo de nuestros sueños logra la victoria. Otros desde hace un tiempo están festejando que el Caracas FC se hiciera con el campeonato de la temporada pasada. En fin, en tiempo de fútbol hay que tener las botas bien puestas para lograr la victoria. Claro, uno sólo lo ve desde la Barra Roja en nuestro caso. Otros tienen la victoria en sus pies. De eso se trata la vida de Julio y Gato, hermanos de crianza de un barrio caraqueño cualquiera, quienes debaten sus vidas entre dramas, calles y balones de fútbol.

    La historia es muy sencilla: dos jóvenes, hermanos para el caso, juegan en el equipo de su barrio, exitoso por cierto. Y sueñan, quizá uno más que el otro, en formar parte del equipo profesional con una de las fanaticadas más importantes del país: el Caracas FC (que por cierto patrocina la película). El chance les llega por un scout que los ve jugar y los invita a los entrenamientos de selección. Pero la cosa nunca es tan sencilla. Deben ganar su campeonato interbarrial (si se me permite la expresión); deben jugar juntos y deben sortear la muerte.

    Partiendo de la clásica fórmula de Caín y Abel, Rasquin le da un giro y unas sutilezas que evitan el clisé. No es que el Gato sea bueno buenísimo (que lo es, y su físico así lo delata. Vaya una felicitación para el casting). Ni que Julio sea malo, malísimo. No se trata de que uno sea blanco y el otro sea moreno. No se trata de que uno sea parrandero y pandillero, y el otro virgen y sobrio. Todo eso está película. Y ellos son así. Julio, quien de infante reconoce al pequeño niño entre la basura y cual mascota se lo lleva a su casa, ama a su hermano y lo protege. Lo tutela en las lides futbolísticas y lo hace también su hermano de cancha. Gato admira a su hermano y junto con él sueña con emprender una carrera profesional. En la cancha son una excelente dupla: el medio campo que le sirve los balones a un delantero flacuchento pero con pies de oro. Recuerde al dúo Caniggia y Maradona y se hará una idea.

    Pero para jugar, y más para salir airoso, se necesitan unos buenos botines. Y por los zapatos viene la desgracia. Y por la hermandad también. No sólo tus familiares son tus hermanos. Tus compañeros de equipo los del barrio también lo son. Y tus compañeros de banda lo son aún más. Así, mientras que el Gato se las juega todas ante el seleccionador del Caracas FC para que su hermano también queden entre sus filas, Julio se las juega todas por su hermano de juergas, Max (portero del equipo para más señas), y por el Morocho (líder de la banda y capo del barrio).

    En esa línea entre botines, hermandad y barrio, es que se desliza el filme. pues el planteamiento fundamental es que la hermandad es varios tipos, y que no siempre éstos van de la mano. Gato no delata al verdadero asesino de su madre, quien rescataba sus botines, por ser el hermano de vida de su hermano Julio. Julio acepta jugar un partido final que no desea para apoyar a su hermano Gato, quien le jodió la venganza. El Morocho no confiesa la verdad y propina un martillazo a Julio para mantener la hermandad de la banda del barrio.

    ¿Pero se pueden sostener tantas lealtades entre tantos hermanos tan disímiles? La vida real pareciera decir que no, y el filme de Rasquin nos declara lo contrario. No sin precio, claro. Pero sin caer en falsas moralinas y lágrimas innecesarias. Un guión impecable, basado en una sencilla anécdota.

    Esto no es lo único bien logrado en Hermano. La dirección de Rasquin sobresale, en especial la puesta en cámara de los partidos de fútbol. Memorable, a mi parecer, es el duelo final en el terraplén entre Gato y Julio por el partido final de la interbarrial. Destacan las actuaciones (con la excepción de la “novia” del Gato, fuera de tono con el resto), aun más cuando muchos de ellos son futbolistas y no actores profesionales. La dirección de arte, aunada a la cámara, hacen que uno sienta un realismo del barrio representado que quien escribe tenía mucho tiempo sin ver. Y no se puede dejar de mencionar una banda sonora limpia, que no abusa del reguetón como “la música del barrio”, pero que acompaña el montaje y los conflictos de las secuencias.

    Conclusión: es muy reconfortante salir de una sala de cine regocijado y agradecido por lo que se vio. Más aun si se trata de cine venezolano. Por los vientos que soplan, este 2010 será un año rico para la cinematografía nacional.



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