“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Post Morten, de Pablo Larraín, El silencio como argumento
    Por Luis Martínez

    Venecia, como dejó escrito Dickens, "excede el sueño más extravagante". De hecho, ninguna otra ciudad del mundo ha hecho tanto por la proliferación desordenada de adjetivos como la 'Serenissima'. Todo en ella es raro y exagerado: desde el número de turistas al olor a podrido pasando por el precio de un café en las inmediaciones de la plaza de San Marcos. Eso por no citar asuntos como, por ejemplo, la belleza. Eso y el silencio. Decía Pitágoras que los planetas en su rotación producen un estruendo ensordecedor. Lo que ocurre es que al estar acostumbrados, al formar parte de nosotros, ya hemos dejado de oírlo. Es el ruido de las esferas.

    Pues algo de esto ocurre al pisar Venecia. Al pasear por sus calles cualquier visitante tarda un buen rato en reponerse de una suerte de efecto anestésico. Hasta que, de repente, uno se da cuenta de que ha dejado de oír el ruido de las esferas. No hay coches ni motos. No hay ruidos superfluos. La mirada no es golpeada. La belleza, digamos, no hace ruido. En su lugar, un rumor de agua contra la piedra.

    Y ahora surge la pregunta: ¿Por qué tanto ruido de letra para hablar del silencio? El motivo, que nadie se ausente antes de tiempo, es la pareja de películas presentadas a competición hoy. Las dos, cada una a su manera, comparten la gracia del gesto reposado, la ausencia de retóricas, el guión en blanco. Y las dos, cada una a su manera, resultan atronadoramente explícitas en la geografía de sus ausencias. Otra vez, el silencio descubre el ruido que antes no nos dejaba oír. Y, por favor, que nadie se lo tome como una admonición budista.

    El chileno Pablo Larraín presentó Post mortem y la americana Kelly Reichardt hizo lo propio con Meek's Cutoff. Del primero ya sabíamos por su película anterior (Tony Manero) su gusto por la narración directa libre de adornos, a kilómetros de asuntos tales como el juicio moral o la retórica. Esta vez regresa a la cartografía devastada de su película anterior para, de nuevo, ofrecer una nueva mirada del horror. Hablamos de Chile. Hablamos de la dictadura de los desaparecidos, de las torturas, de Pinochet. "Nací tres años después del golpe y necesito volver a él porque aún no lo entiendo", dice el director a modo de justificación.

    Su película cuenta la historia de un 'funcionario', como él mismo se define, empleado en la morgue de un hospital de Santiago de Chile. El hombre está enamorado. Eso o algo peor. De repente, el golpe de Estado. Lo que sigue es la pautada disección de la enfermedad, no importa cuál. Sobre la pantalla se amontonan cadáveres, reales y figurados, al mismo ritmo que el silencio adquiere el poder destructivo de 435 bombas atómicas. En la mirada del protagonista no se libra batallas heroicas ni se encienden manifiestos, las cosas simplemente pasan como acostumbran a pasar las cosas. En silencio. En un silencio mortal.

    La estrategia no es otra que desnudar la mirada de prejuicios, imágenes ya rituales e iconos para así alcanzar el verdadero significado de la voz del horror. No se ve el Palacio de la Moneda entre bombas, no se escucha la voz encendida y sangrante de Allende. Ni siquiera se insiste en la mirada con gafas ahumadas de la bestia. Ahora, la cámara se detiene en la parte de atrás. Evita el rito para devolver la voz desnuda. Las esferas no hacen ruido y, qué cosas, eso permite que todo se escuche por primera vez. Magistral, turbia, necesaria.


    (Fuente: Elmundo.es)


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