“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

ENTREVISTA


  • Rojo vivo: debut en la ficción de Rebeca Chávez
    Por Danae C. Diéguez

    Llegué con la precaución de quien va a intentar dialogar con una directora a la que acompaña el halo de una fortaleza de carácter y de espíritu tremendos. Confieso que comenzamos al revés, siendo yo la entrevistada, y de ahí se reveló una mujer que es una exquisita conversadora. Aunque en esta entrevista no está la riqueza de ese primer intercambio, sí intenté captar la fuerza y dinamismo que tiene una conversación con Rebeca Chávez.

    Directora de múltiples documentales que van desde Buscando a Chano Pozo hasta Con todo mi amor, Rita y pasan por sus homenajes al Che y Momentos con Fidel, entre otros. Rebeca es, como ella misma se denomina, una hormiguita de trabajo, que no cesa de empeñarse y de crear y de entusiasmarse. En estos momentos se prepara para la filmación de su primer largometraje de ficción titulado: Rojo Vivo. Por ello agradezco, doblemente,  el tiempo que no tenía y que me dedicó para esta conversación.
     
    —Sé que se encuentra preparando un largometraje de ficción… ¿por qué tanto tiempo Rebeca Chávez como directora de documentales sin hacer un largo de ficción?
    —Hace como diez años intenté filmar mi primer largo de ficción, que estaba compuesto por tres cuentos. Logré hacer dos, el tercero se frustró, más bien por incomprensiones y tensiones internas y me quedé un poco, como se dice, puesta y convidada. Como soy de la teoría de que los temas lo escogen a uno, pues seguí haciendo documentales. Después vino el período especial y fue prácticamente imposible hacer un largometraje, y más para una persona que de alguna manera tampoco había completado esa experiencia. Aquí funcionan también mucho los prejuicios y las dudas razonables e irracionales de si una mujer puede o no hacer una película de ficción. Además, hacer una película en Cuba es muy complicado, hay que reunir una cantidad de cosas, que ahora se conjugaron y se dio la posibilidad. Se dio que tenía la historia, que tenía el entusiasmo, se dio lo que yo llamo una cadena fortuita de suertes que me permitió llegar hasta aquí y por eso es ahora que la voy a hacer

    —¿Cómo llega al ICAIC y cómo se posiciona como directora de cine?
    —Toda la vida me gustó el cine y toda la vida el cine estuvo como rondándome, porque había un tío, hermano de mi padre, que tenía cines y yo iba continuamente a ver las películas allí. Después, ya por los años sesenta, me interesó la fotografía. En Santiago de Cuba estuve en un club de fotografía y logré hacer fotos; además, allá había una delegación del ICAIC, con dos camarógrafos, entre ellos Bebo Muñiz que es un camarógrafo histórico del ICAIC. Pues yo siempre me acercaba, para que me dejaran hacer algo, y eso nunca lo logré. Había entonces un cine club en la Universidad y entré a él. Para mí llegar al cine ha sido un camino muy largo y si he llegado hasta aquí ha sido por mi esfuerzo personal y por mi elección, no porque nadie me haya designado, no por lo que llaman ahora “el dedazo”, “tú eres tal cosa”. Por eso pasé también por el periodismo, mi otra pasión, aunque lo que estudié en la Universidad fue Licenciatura en Historia. El periodismo me sigue interesando todavía, yo me considero una periodista, de perfil amplio, porque en este momento del desarrollo de los medios hay mucha contaminación de unos y otros. ¿Qué cosa es una película de ficción pura o qué cosa es un documental absolutamente puro o qué cosa es un periodismo de noticias? Creo que esa contaminación es a veces muy buena y otras muy mala. Es extraordinario hacer un buen reportaje, y eso no hay que confundirlo con la literatura; tampoco hay que sentirse que uno está en un subgénero cuando hace un excelente reportaje para la televisión y quieren entonces dar gato por liebre y decir entonces que eso es un documental. Por esos caminos hice periodismo, hice revistas y finalmente vine al ICAIC porque estaba tronada, me habían botado de Revolución y Cultura, fue la época del pavonato, y entonces tengo que  decir, con absoluta honradez, que me quedé sin trabajo y Alfredo Guevara me recogió y cuando llegué al ICAIC tuve que volver a empezar de cero. Es decir qué tenía una experiencia, un gran deseo y tuve que hacer, como dirían los marxistas, una “acumulación originaria”: Volver a empezar y adquirir la cultura cinematográfica con profesionalidad, y ya no como un gusto, sino como un oficio. Empecé a leer y a ver películas, a hacer críticas, y por ahí fui reencontrando esa vocación y esas ganas de saber si era el cine  donde mejor podía expresar lo que tenía ganas de decir.  Si el cine reunía el periodismo, la fotografía,  el movimiento, la inquietud pues entonces estaba por ahí la cosa. Y después fue esa seducción buena, honrada y de mucho cariño con Santiago Álvarez. Hice cine-clubs, cine debate, crítica, lo cual fue una formación indispensable para mí. Trabajé ocho años con Santiago que fue un ejercicio excelente. Llegó el momento en que ya estaba aburrida de todo eso y me dije que así  iba a llegar a ninguna parte e hicieron una convocatoria en el ICAIC, me presenté y por ahí empecé de nuevo, con pequeñas cosas, pequeños documentales. Me habían evaluado como asistente de dirección y así comencé esta lenta carrera de documentalista que también es un aprendizaje que nunca se termina. Esta es una carrera muy difícil, hay que tener una salud de hierro. Yo recuerdo que Julio García Espinosa, me dijo una vez que con el cine había que tener una capacidad de organización mental sin la cual no era posible hacer una película. Ahora que estoy haciendo la película me doy cuenta que yo tengo la película completa en la cabeza y a veces me veo haciendo todos los personajes para explicarla. Igual me ha pasado con el documental.

    —Sus documentales revelan la importancia que le concede a la investigación. ¿Cómo articula ese proceso con la obra y sus resultados?
    —Dedico mucho tiempo a la investigación, lo mismo para un documental que una obra de ficción, porque pienso que mientras más armado se esté del tema a tratar, mientras más lo domine, más lo puedes sintetizar. Recuerdo que cuando hice los tres documentales sobre la presencia del Che en Bolivia, leí todo lo que era posible, los diarios, los periódicos.... Quise ver un lado y otro, eL escenario y todos los componentes que lo conformaban. Me parece que eso le da mucha riqueza al trabajo porque sólo puedes llegar a la parte conociendo el todo, eso es clave. Ahora, en esta película de ficción, me he leído todo lo que he encontrado de la etapa que va del 53 al 59, todo el entramado de la República, los diversos personajes, qué se discutía, qué se pensaba, qué se publicaba... ¿Qué importancia tenía Bohemia?, ¿era quien formaba mayoritariamente los espectros  informativos de la gente? Porque al hablar con jóvenes como con los que estoy hablando ahora, que no vivieron esa época y que a lo mejor no tienen la vocación para construir su personaje, pues tú le puedes adornar el cuento, empezar a ponerle carne ese esqueleto. Me parece esencial conocer la época, el contexto, lo que le pasa a la gente. Yo tengo esa necesidad, no sé si otras personas lo tendrán o cómo lo resuelven.

    —Ya que hablaba de Santiago Álvarez, me interesa cómo desde la gramática audiovisual de su obra se revela, a veces de manera más explícita, en otras más velada, una deuda con él.
    —Todo el cine cubano y parte del cine latinoamericano tiene una deuda con Santiago, con cosas que él descubrió, caminos que empezó a vislumbrar. Cuando uno ve Now descubre que es un antecedente del video clip y ahí está la utilización de la banda sonora, el mensaje, la manera en que abordaba la noticia. Yo creo que es una deuda con Santiago que, con honradez, todo el mundo tiene que aceptar. Él, a su vez, encontró montajes que tenían que ver con la primera etapa del cine soviético. Pero Santiago realmente creó una escuela, él mismo era un tipo lleno de rupturas y búsquedas y ese espíritu suyo es cómo debe ser. Otro director que a mí me influyó muchísimo fue Oscar Valdés. Santiago tenía el tema de la política, Oscar tenía al ser humano y sus circunstancias. Cuando se puede conocer a dos personas como Santiago y Oscar, hablar con ellos y ver cómo hacían las cosas, uno siente que es una suerte que le ha tocado.

    —En su obra está hay una línea temática relacionada con la épica revolucionaria. Esto es recurrente en el cine cubano; sin embargo, en el caso suyo, me gustaría comentara qué le interesa revelar de ese gran relato que es la Revolución Cubana.
    —A mí siempre me ha parecido, y cada vez me parece más, que una revolución es una especie de cataclismo, que lo pone todo en duda. Yo me duelo muchas veces cuando quieren hacer una historia rosada de un conflicto tan poderoso cómo es querer cambiar todo un país, efectuar los cambios estructurales que ejecutó la Revolución. Porque para que esta revolución haya llegado hasta aquí y se haya buscado un enemigo tan “formidable” como los norteamericanos, tuvo que haber un cambio que removiera todos los cimientos de la sociedad. Fíjate que la Revolución puso a Cuba en el mapa del mundo, y sigue en el mapa. A mí me interesa muchísimo lo que ha pasado en este país y lo que pueda seguir pasando. Te contaba que una estudiante de periodismo me preguntó cómo incidía la Revolución en mi obra y le dije: “No, en mi obra no, en mi vida. A veces mal, a veces bien, pero de todas maneras es un sacudón que no se puede evitar”. Me sorprende que la gente hable de la revolución como algo que ya pasó: la Revolución está pasando todavía, y tiene que seguir pasando. Y uno no puede quedarse en la parte externa, movilizativa, convertir el arte, el cine, o lo que sea, en un auxiliar de la propaganda. Eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.

    —Otros dos ejes centrales de su obra son: la música y  lo cotidiano-social, vistos a través de seres humanos o situaciones humanas muy especiales. ¿Cómo logra moverse dentro de esos temas? ¿Cómo los escoge?
    —Nunca he teorizado sobre eso, los temas llegan, aparecen. Creo que la música es un tema trascendente en  Cuba, ha estado acompañando siempre a los cubanos, fíjate que en los momentos más dramáticos la gente canta. ¿Qué cosa son las canciones sino una crónica permanente de la cotidianeidad? ¿Qué es el filin sino una indagación del alma, del ser humano? ¿Qué es esa gran fuerza de Silvio y de Pablo que dura hasta hoy? De repente la canción abandonó el sentido intimista y empezó a mirar a la sociedad. Cuando oyes a Formell o José Luis Cortés, sientes que todo el tiempo están contando la sociedad, como cronistas. Se ha resaltado de manera insuficiente cómo la música narra la vida cubana. En cuanto al otro tema, te diría que encuentro personajes que me parecen portadores o quizás arquetipos, como Panchita o  Rigoberta Menchú , que más allá de las circunstancias concretas se convierten en arquetipos de cosas. Y ellas mismas tienen un cuento, porque yo pienso que el documental , la ficción, el reportaje, cualquier género, al final de lo que se trata es de contar una historia, con mayor  o menor suerte, con mejor o menor gracia o talento, pero siempre se trata de eso. Gentes a las que me he acercado como Tamara Bunke: fue una mujer que tuvo que asumir múltiples personalidades y hacer múltiples renuncias para cumplir una meta o un ideal que se había trazado, eso me parece interesantísimo. Una mujer que se casa y tiene una vida con un hombre que no quiere y que deja a otro que quiere, o sea que son, digamos, los esquemas tradicionales de los destinos de las mujeres. Ver qué pasa, ver cómo otra gente lo solucionó o no, es una manera de interrogar también a la sociedad. Por ahí va lo que me provoca, lo que me llama la atención.

    —El cine ha sido, fundamentalmente, un espacio masculino. ¿Cómo una mujer directora logra insertarse dentro de ese mundo donde el diálogo, el intercambio y los patrones son esencialmente construidos desde una cultura  masculina?
    —Yo creo que aquí no ha habido mucha solidaridad con las mujeres que han querido hacer cine. Se han perdonado, justificado o tenido como natural, demasiadas veces,  los proyectos frustrados, mediocres, o que se quedaron a mitad de camino, hechos por los compañeros, pero las mujeres no han sido medidas con la misma vara. Esto no hay que verlo como una relación de victima o victimario, sino sencillamente como algo que es. Más allá de que te encuentres con gente que te diga que no es así, pero es. Pienso que a las mujeres siempre se les exige demostrar mucho más su capacidad, su inteligencia, su dominio. El cine es, esencialmente, un arte colectivo, donde un director o directora tiene que saber nuclear diversas disciplinas, tener en cuenta que el director de fotografía, el productor, los directores de arte aportan, dan opiniones y que el director no es un titiritero que mueve a la gente sin escucharla, tiene que existir una relación de enriquecimiento mutuo, aunque el director sea la autoridad máxima. Yo he pretendido, y pretendo, o quisiera trabajar así, pero es dificilísimo, a veces uno tiene que poner límites y es muy difícil para una mujer, pues hay un lenguaje masculino. No es que me interese hacerme la pura, que no conozco ese lenguaje, pero no me interesa entrar en ese tipo de diálogo, de malas palabras, de groserías. No busco encontrar la paridad, ni nunca lo voy a hacer, asumiendo el lenguaje que normalmente se asume desde lo masculino. Pienso que debería ser un espacio de respeto mutuo pero eso, te lo confieso, es muy difícil.

    —Usted ha tenido un tránsito muy meritorio dentro del cine cubano, sus documentales han sido premiados en múltiples ocasiones. ¿Cómo ha sido ese camino en tanto mujer realizadora?
    — Creo que ha habido  muchísimas dificultades, no soy ajena al doble turno para nada, soy protagonista del doble turno y es muy difícil Todos los días yo me pregunto si este es el oficio que quiero tener, si esta es la película que quiero hacer y me respondo que sí, aunque es muy duro, tiene muchas dificultades y uno se siente todo el tiempo escrutado. Alguien me decía el otro día si quería ser una cineasta famosa y, mira, yo quiero ser una buena cineasta, hacer buenas películas, no películas famosas. Disfruto muchísimo si me puedo sentar en una sala oscura y ver con lo que yo hice qué pasa en los demás. No es que no disfrute un premio; de hecho creo que hay documentales míos que son buenos y que han tenido peor suerte con los reconocimientos sociales, pero así es. Creo que los premios no determinan, lo que determina para el respeto de uno es el día a día, el no dar nada ya por hecho. Si quieres te confieso algo sobre la película que estoy haciendo: estoy sintiendo que tengo una experiencia acumulada y eso me permite sentirme un poquitico más relajada o quizás algo más dura.  He encontrado que sé de lo que se trata, es como una lección que ya me aprendí y que sedimenté.

    —¿Cree usted que cuando una mujer dirige existe una mirada femenina que la distinga?
    —Yo sí creo que esa mirada existe, no sé cómo pero sí lo creo. Creo que la mujer mira la vida con más detalle, con más tranquilidad. No lo puedo teorizar, pero estoy absolutamente segura de que sí hay una mirada femenina y que tiene que ver más con la conducta, con el factor humano que una mujer trata de revelar en cada personaje, con que la gente se quite los esquemas, los estereotipos. Eso no tiene que ser una “sensibilidad femenina”, pero sí tiene que ver, creo, con una cierta sensibilidad de la mujer. Por ejemplo, el otro día mis asistentes me dijeron que en este guión de Rojo Vivo no había una sola mala palabra y yo les pregunté si creían que hacía falta y me dijeron: “No, se lo decimos como detalle”.

    —Se va a convertir en la segunda mujer que dentro del ICAIC hace un largometraje de ficción…
    —De lo que se conoce como cine en el sentido clásico sí, pero en la televisión está lo hecho por Belkis Vega y Magda González Grau, que también son cosas muy interesantes. No quisiera que se dijera que es una película hecha por una mujer, que es la primera en el siglo XXI, porque me parecería una regalía. Quisiera sentir que estoy haciendo una película porque vale la pena, porque está bien, y no por esos atributos, que están, pero están además.
     
    —Sobre  el cine cubano y el audiovisual en general se ciñen varias miradas. Es leído con  vítores y con desalientos. ¿Cómo lo ve Rebeca Chávez desde su perspectiva como realizadora y espectadora?
    —Creo que no es un momento muy feliz. Que la industria como institucionalidad está pasando por una crisis. El ámbito en que se fundó el ICAIC no es el que hay ahora; ha ocurrido, entre otras cosas, una  revolución tecnológica que puede crear muchos equívocos. Toda esa democratización de los medios no significa que la gente no tenga que tener talento, no significa que no tenga que tener historias. Esas cosas alternativas a veces han abierto la brecha a mucha mediocridad y a muchas cosas que no deben ser, a mi entender. De la cantidad sale la calidad, pero de una cantidad con proyectos de una media para arriba, no de una cantidad de malos proyectos. Creo que en Cuba hay muchísima gente que domina las herramientas narrativas, pero fallan las historias. La gente joven conoce toda la carpintería, lo instrumental, pero entonces tienen como una precipitación... y por otra parte la institución no ha hecho ese trabajo de ir llamando, ir protegiendo a esos jóvenes, para que accedan a sus obras con perspectivas mejores. La clave es “Joven con talento, joven con cosas que decir”. La institucionalidad no ha propiciado eso, hay un laberinto burocrático terrible; además, el cine no es de inmediatez, el cine como toda la cultura, tiene que tener su autonomía, porque las obras culturales son a largo plazo. Siento que hay una falta enorme de jerarquización artística de las cosas. Yo divido al cine en: el cine como industria y el cine como sistema cultural. Se han perdido esa cultura de ir al cine, de que el cine forme parte de tu entorno cotidiano y es imprescindible rescatar eso. Llega el Festival de Cine, que es una fiesta, pero las proyecciones dan tristeza. Cuando uno ve una película donde se ha cuidado la fotografía, la banda sonora, y va a la sala de cine, siente pavor. Uno no hace una película para verla en una pantallita de diecisiete pulgadas, eso me parece espantoso. Por otro lado, nunca como ahora, gracias a esa tecnología, circula gran cantidad de cine de  baratija, y nunca como ahora ha fallado tanto la crítica cinematográfica. Quizás sea necesario se entienda que en términos de dinero la inversión es grande, pero en términos del pago ideológico, del pago cultural, es realmente imprescindible tenerlo en cuenta.

    — Volvemos al inicio que es el final… ¿Qué expectativas tiene con su película? ¿Qué espera de ella?
    —Por lo pronto lo que quisiera es mantener ese espíritu de felicidad. Me he encontrado con actores que se han encantado en cuanto les he hablado del proyecto. Actrices que son magníficas y que les he ofrecido un papel pequeñito y me dicen “el guión me atrapó”. Me siento feliz, y también tengo miedo pero estoy llena de expectativas. Quisiera que saliera como la soñé.
     
     


     



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