“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

CRITICA


  • Un filme negro argentino
    Por Rodrigo Seijas

    En su ópera prima, Ricardo Darín demuestra estar más cerca de Fabián Bielinsky, el cineasta que lo dirigió en Nueve Reinas y El aura, que de Eduardo Mignogna, director de Sol de otoño y La fuga, amén de autor del guión de este filme. Hay búsquedas muy particulares por parte del actor devenido ahora también director, y aunque no llegan a concretarse plenamente, invitan a tener en cuenta próximos trabajos.

    La señal cuenta la historia de Corvalán (Ricardo Darín, sobrio, en el tono justo, como siempre), quien, junto a Santana (Diego Peretti), lleva adelante una agencia de investigación privada, justo en los días en que está por fallecer Evita. "Métodos norteamericanos" dice el cartel en la puerta, lo cual anticipa cierta inclinación genérica que exhibirá la película. Un día en el hipódromo, una misteriosa mujer (Julieta Díaz) contactará a Corvalán, pidiéndole que haga un seguimiento, aparentemente rutinario. Pero cuando el hombre al que debía escudriñar aparece acribillado en un tiroteo, Corvalán se irá dando cuenta de que está metido en una lucha de poder entre facciones mafiosas. Y aunque intuye que todo eso es demasiado grande para él, decide enredarse aun más, fascinado con esa mujer que aparenta fragilidad, aunque al mismo tiempo parece esconder algo, más precisamente algo que puede llevarlo a la perdición.

    Darín y el también director Martín Hodara (figuran ambos como codirectores) intentan recrear el espíritu del film noir de los años cuarenta y cincuenta en Estados Unidos, pero sin perder una identidad nacional. Difícil empresa que llevan a buen puerto, quizá básicamente porque no hay regodeo en la recreación de época: el Buenos Aires de los cincuenta va surgiendo como por las suyas en esta película que no subordina el relato al vestuario ni a la dirección de arte sino que, como corresponde, pone a estos en función del drama y las atmósferas pergeñadas por la pareja de directores.

    A pesar de haber tomado la posta de un proyecto del fallecido Mignogna, Darín no lo evoca tanto como a las ambiciones de Fabián Bielinsky en El aura (y a su particular distanciamiento y análisis de la violencia: la escena del tiroteo en el parque de diversiones logra impactar con creces, sin perder objetividad), mientras se ubica muy lejos de la voz en off de La fuga.

    La señal también presenta notorias grietas, empezando por Julieta Díaz, quien, a pesar de ser una gran actriz, no calza adecuadamente en el papel de femme fatale. Las fallas no solo pasan por allí, sino también por el propio personaje que encarna, que nunca adquiere la dimensión requerida. En una de las escenas climáticas, por ejemplo, dentro de un cine, la concreción del romance entre Díaz y Darín peca de discursiva y artificiosa, a pesar del ostensible esfuerzo de la puesta en escena por compenetrar al espectador con lo que le pasa a Corvalán, quien se ha dejado llevar por esa mujer que le promete todo, pero que al final tal vez le quite todo, como siempre sucede en el cine negro.

    Es necesario resaltar el logrado personaje de Santana, encarnado a la perfección por Peretti, que logra la conjunción justa entre gesto y palabra. Es el personaje más cínico y al mismo tiempo más apasionado, el que ve venir a lo lejos la tragedia de su amigo –"no se meta con esa mujer, tiene mala música"– pero es consciente de que no puede hacer mucho para impedirlo. Busca diferenciarse de Corvalán, pero al final no puede dejar de identificarse con él. Es que La señal es claramente un relato oscuro sobre el hombre y su relación con la figura femenina, su calvario y su necesidad imprescindible; sobre cómo está incompleto sin ella y cómo, cuando alcanza esa completud, al mismo tiempo y paradójicamente, accede a su propia extinción. Un exmen sobre el machismo y la misoginia, y cómo esconden ciertas debilidades masculinas.

    Darín y Hodara (no por casualidad asistente de dirección en Nueve reinas) cuentan esta historia con placer y dedicación, aunque quizás en forma demasiado cerebral. Recuperan un género al que el cine nacional le estaba cerrando las puertas. Y reivindican ese profesionalismo que el cine industrial argentino tanto necesita.



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