“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
Lo más llamativo de Una cuestión de tiempo no es la sorprendente incursión de Richard Curtis en la ciencia ficción, ni su tardío interés por los viajes temporales, sino su anuncio de que no volverá a dirigir otra película. Es cierto que sus mayores éxitos los ha obtenido cuando otros han dirigido sus guiones, como ocurrió con Cuatro bodas y un funeral, el filme británico más taquillero de la historia, o con series como La víbora negra o El vicario de Dibley, incluidas por el Britain’s Best Sitcom entre las tres mejores comedias televisivas de todos los tiempos en el Reino Unido.
Sin embargo, cuando por fin decidió dirigir, su ópera prima Love actually se convirtió casi instantáneamente en obra cumbre del género, sobre todo porque logró con ella lo que pocos directores han conseguido con películas similares, es decir, trascender el mero relato sentimental y elaborar, con una historia divertidísima, una visión tierna, profunda y abarcadora sobre la conflictiva naturaleza del amor.
Amor morboso
El abandono prematuro de Richard Curtis quizás se deba al desaire con que la crítica recibió Love Actually, que fue acusada, como otros relatos suyos, de ser poco realista. "Es gracioso que me digan eso —dice Curtis—. Si sales a la calle te encuentras un millón de personas enamoradas y otro millón que quiere a sus padres. Pero si haces un filme sobre un soldado que abandona el ejército, se sube a un avión y decapita a una embarazada, algo que jamás ha ocurrido en la vida, la gente dirá que es brutalmente realista”. Eso me recuerda la apología amorosa de Haneke en su última película, donde un anciano asesina a su esposa por amor. Aunque la idea parece enfermiza, el mundo entero se identificó con esa historia, cuya única diferencia con los relatos de Curtis, en términos de realismo, radica en que en estos, menos stendhalianos, nadie mata por amor. Es como si el criterio de realidad solo pudiera ser sancionado por la muerte y por una violencia bien administrada, en un punto medio entre el amor fatal de Stendhal y el amor morboso de Haneke.
Amor realista
Quizás para molestar a los críticos, Una cuestión de tiempo parte de un presupuesto totalmente fantasioso, sin precedentes en la obra de Curtis. Se trata de una comedia menos romántica y más reflexiva, algo al estilo de un Woody Allen sedado y menos angustiado. Los hombres de la familia del protagonista heredan de sus padres la posibilidad de viajar en el tiempo. Sin las paradojas de películas similares —pues los personajes solo pueden cambiar hechos vividos por ellos mismos—, lo interesante de Una cuestión de tiempo es que en ella los viajes temporales no son más que el punto de partida para hacer un estudio psicológico de lo que pasaría si las personas pudieran cambiar sucesos inconvenientes que ocurren en su vida cotidiana, especialmente los relacionados con sus seres queridos. Más que de ciencia ficción, es esta una historia de amor filial.
Aprendiendo de la digestión
Tal vez lo que no le perdonan a Richard Curtis es que se atreva a hablar de algo que le resulta familiar a todo el mundo, que se permita entusiasmarse ante un espectáculo demasiado cotidiano. Ortega y Gasset, un filósofo con un gran sentido del humor, dijo hace casi un siglo que el paisaje menos explorado de toda la topografía humana era el amor. “Si un médico habla sobre la digestión, las gentes escuchan con modestia, pero si un psicólogo habla del amor, todos le oyen con desdén, mejor dicho, no le oyen, no llegan a enterarse de lo que enuncia, porque todos se creen doctores en la materia”.
Para Richard Curtis, sus películas no son comedias románticas, sino historias divertidas sobre el amor. Más que humorista, es un coleccionista de los distintos tipos de amor que existen y un explorador de esa “topografía” desconocida. Y lo hace, creo yo, de la mejor manera posible: con juegos de palabras, burlándose de la rigidez de las cosas y exponiendo las debilidades de las personas, no para ridiculizarlas, sino para descubrir con la risa la belleza y la originalidad que hay en ellas, siempre detrás de una idea que no parece descabellada: todas las personas, incluso en las peores circunstancias, son capaces de amar.