“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
Su forma de actuar, en la que condensaba energía y fragilidad, su expresivo rostro, su enigmática mímica y su manera, única, de emplear el cuerpo como vehículo de las neurosis humanas marcó de modo indeleble la historia del cine. Además de la emblemática colaboración que mantuvo con Truffaut, Jean-Pierre Léaud enriqueció el universo estético de exigentes directores de la talla de Jean Eustache (inolvidable Alexandre en La mamá y la puta, 1973), Jerzy Skolimowski, Aki Kaurismäki, Olivier Assayas, Bertrand Bonello o Philippe Garrel, que supo sacar provecho a su inmenso talento en películas para la historia como Rue fontaine (1984) y, sobre todo, El nacimiento del amor (1993).