“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • El gran hotel Budapest, el mundo de ayer
    Por Rubén Padrón Astorga

    Uno de los principales rasgos de nuestro tiempo es su cuestionable sentimiento de superioridad con respecto al pasado. Solo por la velocidad con que se vive ahora, gracias a computadoras multinúcleos, teléfonos de bolsillo, aviones supersónicos y conexiones web más rápidas todavía, parece increíble que nuestros tatarabuelos no se hayan muerto de aburrimiento en su mundo estático de carruajes y telégrafos. Pero lo que es peor, al lado de nuestros inventos, la vida de ayer resulta tan obsoleta que ha terminado por parecer insípida, es decir, subestimable.

    Sin embargo, este tiempo nuestro no empezó hace unos años, como Internet, sino hace dos siglos, con la Revolución Industrial, y se consolidó hacia finales del siglo XIX y principios del XX, la época de mayor progreso, seguridad y estabilidad que conoció la humanidad hasta entonces, que comenzó a declinar con la Primera Guerra Mundial y cayó en crisis total con la Segunda. A esta época anterior a las dos guerras está dedicada El gran hotel Budapest, la nueva película de Wes Anderson, uno de los autores más creativos y originales del cine contemporáneo.
    Resultaría engorroso y equívoco (por no decir pretencioso) tratar de resumir con palabras el contenido de El gran hotel Budapest, un filme calidoscópico hecho a modo de rompecabezas, con historias dentro de otras, multitud de personajes y focos narrativos, cambios bruscos de tono y mezclas de géneros, todo ello contenido dentro de un escenario de maqueta, pintoresco y extravagante. Si dijera que se trata de un filme que relata medio siglo de la historia de un hotel, cosa que es verdad, estaría mintiendo. Por eso que prefiero limitarme a asegurar que El gran hotel Budapest es un homenaje a los años previos a la Primera Guerra Mundial, época que, por demás, no aparece en la película.

    Stefan Sweig fue quizás el hombre que más añoró ese tiempo perdido. En su autobiografía, un melancólico texto de despedida que escribió unos meses antes de suicidarse, Sweig no hace el recuento de su vida, sino de su generación, de la Europa extinta de su juventud. Precisamente en los escritos del gran biógrafo austriaco están inspiradas la película y su protagonista, el conserje Gustave, personaje inclasificable cuya función dentro del relato consiste en tratar de mantener con vida dentro del hotel un mundo que afuera había dejado de existir desde hacía décadas.
    Tiene encanto esa pretensión lisonjera y enajenada de sustituir un presente extraviado por un pasado mejor. Además, Wes Anderson suplanta la melancolía suicida de Stefan Sweig con un humorismo triste, con una ironía que celebra con burlas su propia nostalgia. Para ello, fabrica situaciones que van de lo absurdo a lo caricaturesco, algo que logra a la perfección a nivel visual, con una fotografía artificiosa y alucinada, que se mueve entre colores de amplio rango, obstinadas angulaciones, zoom, barridos bruscos y simbólicas sutilezas fuera de campo, con lo que desfigura estilísticamente la sociedad deformada que ha pisoteado la época que le dio origen.

    Sin embargo, la película no logra a nivel de contenido lo que consigue con su visualidad. Con su peor humor, Woody Allen dijo alguna vez que el cine de Wes Anderson es una experiencia vacía, pero que como experiencia vacía es la mejor que puede existir. Sin llegar a ese extremo, El gran hotel Budapest no resulta convincente en su definición de ese tiempo feliz anterior a 1914, aunque tiene el mérito de habérsele acercado con el cinismo y la suspicacia inevitable con que hay que mirar esa época extraordinaria, que produjo los más grandes logros de la humanidad, a la vez que sus peores catástrofes.



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