“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
La nueva película de Fyodor Bondarchuk no es un filme sobre la batalla de Stalingrado. Ocurre allí, hay bombardeos aéreos, combates cuerpo a cuerpo, enfrentamientos interminables por el dominio de posiciones estratégicas (concretamente para controlar el acceso por el Volga), pero la película apenas abarca unos días de este sitio que duró meses, dejó dos millones de muertos y supuso la derrota del mítico sexto ejército y el fin del avance alemán por el Frente Oriental.
Hijo de Serguéi Bondarchuk, uno de los cineastas que más se interesó por el tema bélico, Fyodor Bondarchuk tampoco inicia el filme en la ciudad a la que Stalin le puso su nombre, sino alternando las llamaradas nocturnas de Stalingrado con imágenes del terremoto que en 2011 mató a 20 mil personas en Japón. Esta secuencia introductoria utiliza el sismo a modo de ilustración de la capacidad destructiva de la guerra contemporánea, específicamente de la Segunda Guerra Mundial, y convierte a uno de los rescatistas del terremoto en narrador de la historia que realmente le interesa al director: el testimonio de una sobreviviente de la batalla de Stalingrado, contado por el rescatista.
Hijo de su padre, Fyodor se estrenó en la dirección en 2005 con La novena compañía, un relato sobre la invasión soviética de Afganistán, y aunque bajó el tono épico con La isla habitada, ahora vuelve a enarbolar su herencia, si bien su voz es cautelosa y su mirada poco dada al énfasis y la grandilocuencia. Tal vez acostumbrados a las glorificaciones cinematográficas de la era soviética, muchos rusos le han criticado a Stalingrado su tono frío y titubeante, su escaso interés por el acontecimiento histórico y la ausencia total en ella de exaltación del alma rusa. Incluso hubo una recogida de firmas para evitar su exhibición en Rusia. Se trata, en realidad, de un relato intimista, con amagos de historia amor, que involucra, por un lado, a cinco soldados soviéticos y a una muchacha civil, y por otro, a un oficial alemán.
La película narra la defensa de un edificio ubicado en la plaza 9 de Enero de Stalingrado, en alusión clara y también en homenaje a la casa Pávlov, donde un pelotón de soldados soviéticos resistió durante 32 días a los asaltantes que diariamente intentaban tomar la plaza. La defensa de la casa Pávlov evitó que se cortara el suministro de la pequeña parte de la ciudad que nunca llegó a ser conquistada, y se convirtió en un símbolo del heroísmo del Ejército Rojo. Solo sobrevivieron cuatro soldados soviéticos.
No es, por tanto, de falta de patriotismo de lo que se puede acusar a esta película. Más bien, sus carencias son argumentales, narrativas, aunque presume de una visualidad impactante, sobre todo para quien pueda verla en 3D, tecnología en que fue filmada. Lamentablemente, su narración tiene bajones inexplicables de ritmo y tiene momentos de exagerado sentimentalismo. Desde el mismo inicio, se queda colgando la historia del terremoto, que al final termina siendo un cascarón superfluo y prescindible. A pesar de la excelente ambientación, las escenas de combate se sienten artificiosas (sobre todo por el abuso de cámaras lentas), algunas soluciones resultan poco creíbles, y no siempre queda claro a dónde quiere llegar el filme.
Mejor es la sobriedad con que se acerca al tema del heroísmo. Stalingrado no contiene gestos triunfalistas, alardes patrióticos ni declaraciones de principios, porque las consignas no se fabrican en el campo de batalla. En medio de un combate, nunca está clara la frontera entre lo bueno y lo malo, la audacia y la cobardía, lo justo y lo injusto. El heroísmo no es intachable, y es un misterio, incluso para los mismos héroes. Decir lo contario es demagogia. Yo creo que este es el principal mensaje de la película.