“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • La venus de las pieles, las perversiones de Polanski
    Por Rubén Padrón Astorga

    Quizás lo mejor de Polanski es que ha sido capaz de hacer grandes películas moviéndose en un rango amplio de lenguajes y temáticas. Quizás no tenga un sello propio definido, pero el sello propio puede ser lo mismo prueba de virtuosismo que de falta de imaginación. Puede que su trayectoria sea irregular, y de hecho lo es, pues cuesta entender que la misma persona que dirigió Chinatown haya hecho el despropósito de Oliver Twist. Sin embargo, un cineasta que es capaz de hacer una superproducción y luego una película con solo dos actores, y convencer con las dos, es bastante más raro de lo que cabría suponer. Por desgracia, la falta de talento puede esconderse igual detrás de los decorados fastuosos que de los lenguajes minimalistas.

    Su nueva película, La venus de las pieles, es una lección de austeridad, con una locación, dos actores y un atrezo reducidísimo, compuesto de un sofá, un escritorio, una columna y un maletín. Se trata de la adaptación al cine de una obra teatral de David Ives, escrita para dos intérpretes, que es a su vez una de las muchas adaptaciones que se han hecho de la novela homónima de Leopold von Sacher-Masoch, publicada en 1870. Esta novela, que fue un escándalo en su época, relata el testimonio de Severin von Kusiemski, quien convence a una mujer llamada Wanda de que lo convierta en su esclavo, lo humille y lo trate con crueldad, pues solo así podrá alcanzar una forma superior de placer y amarla para siempre.

    En su adaptación, Polanski cambia el nombre del protagonista masculino, cambia la época de la novela por la actual, cambia Florencia por un teatro parisino, pero lo más importante, cambia el vínculo original de los personajes por un juego de roles e intercambio de identidades que pasa por sucesivas etapas de tensión erótica, marcadas por relaciones alternantes de sumisión y dominación, todo insertado en una atmósfera donde la ficción y la realidad se confunden constantemente.

    Nada de esto está en la novela. Severin von Kusiemski es un filósofo diletante y apasionado por la cultura grecolatina, fetichista de las pieles que usan las mujeres para cubrir sus cuerpos y admirador tenaz de las representaciones de Venus en estatuas y pinturas, como símbolo ideal de feminidad y modelo de la mujer que él busca. Concretamente, la historia está inspirada en un romance tormentoso que poco antes había vivido su autor, Leopold von Sacher-Masoch, cuyo apellido, creo que injustamente, sirvió para acuñar el término masoquismo, asociado al placer (generalmente sexual) de sufrir maltrato o humillación.

    Digo injustamente, porque la actitud de Kusiemski tiene que ver menos con el masoquismo que con una especie de veneración pagana del amor. Es decir, Kusiemski eleva el amor a la condición de credo, y se comporta como el típico religioso que se humilla para adorar a su dios, ya sea este un Yahvé misericordioso, un Baal semisalvaje o una italiana bonita llamada Venus.

    Sin embargo, en la película no aparece una sola Venus, y la única alusión grecolatina es una aislada columna desprovista de capitel, a modo de emblema fálico. Es decir, en la adaptación lo clásico se evaporó para hacer espacio a una excitación contemporánea y a un juego de roles moderno, extraño despojo, pues ideológicamente la novela está empotrada en la admiración del erotismo helénico y en la añoranza romántica del mundo grecolatino, típica del siglo XIX, pero hace rato desaparecida entre nosotros.

    Actualizar una obra que se ahoga si no respira el aire decimonónico parece un contrasentido, algo que se nota mucho con el cierre que se le da a la película. Más valdría crear una obra nueva, con perversiones contemporáneas. Aparte de eso, Polanski sigue demostrando ser un cineasta imprescindible. Con 80 años ha creado una película mordaz, con dos personajes ambiguos que no paran de evolucionar, y que se mueven a su antojo en un espacio cerrado que se hace inmenso gracias a una dirección escénica fluida y absorbente, algo poco usual en el teatro filmado.


    (Fuente: Cartelera Cine y Video, ICAIC)


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