“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

CRITICA


  • Branco sai, preto fica, compara psicologías
    Por José Luis García

    En los últimos años ha sido frecuente y positivo que unos cuantos documentalistas brasileños se hayan pasado a la ficción, y en la mayoría de los casos como éste que nos ocupa, con un resultado satisfactorio. Adirley Queirós nos ofrece en Branco sai, preto fica (Blanco hacia fuera, negro dentro), la disección de dos personajes cuyo acontecer personal ha estado marcado en una parte por traumas físicos, y en otra por deseos de hacer realidad otra normalidad en distintos ámbitos personales. La conjunción de ambos esquemas es lo que la película compara por la vía de contar dos historias semejantes, aparentemente diferentes, pero a las que se les puede encontrar puntos de unión y de contacto. Presentarlo como una docu-ficción es uno de los aciertos que ha tenido el realizador.

    El porqué de contar estas historias arranca hace unos 30 años, en 1986, en los barrios que rodean Brasilia, la capital administrativa del país. Usando una excusa indemostrable, la policía les dio una paliza a unos cuantos jóvenes, tratándose en verdad de una agresión racista. Las secuelas de aquellos pocos minutos, hoy están evidentes en dos terrenos: el físico, -Marquim va en silla de ruedas porque quedó parapléjico mientras que a Sartana le tuvieron que amputar una pierna-, y el psicológico, por la irritación que produce el hecho de que tres décadas más tarde no se haya solucionado del todo esa animadversión hacia los mulatos y los excluidos.

    Principalmente las buenas dotes de representación actoral que Marquim exhibe con su emisora de radio propia y su música en tocadiscos pese a no haber actuado nunca antes, ofrecen una perspectiva distinta a lo que en un principio estuvo planeado como un documental. Los dos protagonistas del filme hace ya mucho tiempo que no tuvieron otro remedio que aceptar su nueva condición física para seguir viviendo con relativa estabilidad, pero lo que más llama la atención es que ha sido la otra parte hoy irresuelta la que a ambos les ha dolido mucho más.

    Película algo chocante e insólita, minimalista, suavemente rara, y rodada con pocos recursos en las afueras de la gran ciudad, dentro de esa casa que tiene un elevador muy básico para Marquim y su silla de ruedas. Queirós muestra con ingenio la desolación de estas dos personas abiertas al mundo, pero un poco dañadas psicológicamente a consecuencia de las políticas de segregación social, representando visualmente esa falta de libertad a través de lo físico, sobretodo si tenemos en cuenta que Marquim se dedicaba a la música y Sartana al baile. Precisamente en el film, las notas musicales vendrían a evocar la esperanza, que es lo que nunca se pierde.

    (Fuente: Cinestel.com)


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