“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • Contando muertos en el filme noruego En el orden de las desapariciones

    Cada vez que alguien se muere, aparece un cartel con fondo negro con el nombre del muerto, su seudónimo y su orientación religiosa, como un homenaje piadoso o como un gesto de recordación. El conteo necrológico va marcando el ritmo de En el orden de las desapariciones con redundancia y exactitud, como si la narración se alimentara de los cadáveres que le salen al paso.

    La poderosa máquina barredora del protagonista va recogiendo los restos de nieve que deja tras sí la noche noruega. El hombre hace tan bien su trabajo de limpieza que ha sido elegido ciudadano del año en su pequeño pueblo. Es un hombre feliz, satisfecho de su existencia sin sobresaltos, que vive exclusivamente concentrado en quitar nieve. Pero la mafia narcotraficante asesina a su hijo por error. Con su felicidad desaparecida, se dedicará con su imperturbable laboriosidad a liquidar matones intermedios hasta llegar al capo narcotraficante, el que dio la orden de asesinar a su hijo.

    En el orden de las desapariciones no es una variante noruega de cine de mafiosos, sino más bien una burla. O no, porque no es una parodia de las películas gansteriles ni se clasifica dentro de un género específico, sino como una mezcla indescifrable de varios géneros. Pero es que ni siquiera la mezcla es intencional, sino el resultado de una asimilación nutrida por el azar, de una narración abierta y juguetona que parece incorporar situaciones y personajes según llegan a la historia por obra y gracia de la casualidad.

    El resultado de una película así suele ser un desastre, aunque en el nuevo filme de Hans Petter Moland llama la atención la habilidad de este director para darles a sucesos inesperados un orden lógico (narrativamente hablando), sin que el resultado sea una acumulación confusa de secuencias inconexas.

    Lo que ocurre es que a Moland no le interesan la estructura de la historia, ni el orden de las anécdotas que la componen, ni la coherencia moral de los personajes, ni la búsqueda de los asesinos, ni los asesinatos mismos. Lo que le interesa es el enredo que provoca el azar cuando genera sus propios actos, es decir, las acciones producidas por la capacidad creadora de lo imprevisto, de lo que no ha sido preconcebido. Lo que busca el director noruego es no anticiparse al resultado, y luego, como el barredor de nieve de la historia, limpiar el caos y devolver las cosas a la normalidad.

    Como la vida, Moland quiere un cine que esté hecho de sucesos imprevistos, cuya trascendencia sea tan grande o mayor que la de aquellos acontecimientos que anticipamos al redactar por adelantado el guion de nuestra existencia. Quiere dejarse impresionar por los acontecimientos, quiere que lo sorprendan nuevas experiencias, de ahí que su película, además de un pasatiempo excitante, sea una sorpresa para nosotros, los espectadores, que esperamos una película correcta y estructurada y nos encontramos un relato desbocado y desinhibido.

    Con su aparente seriedad, En el orden de las desapariciones combina constantemente lo macabro con lo inocente, con ese sarcasmo disimulado tan usual en el cine escandinavo, que al parecer utilizan las gentes de ese lado del mundo para liberar su humor cáustico y contenido, a la vez tan divertido y perturbador.



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