“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez
Presidente (1927-2014)

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  • Xenia: Inmadurez y desarraigo en el mundo griego
    Por Rubén Padrón Astorga

    No es que sea mala la burocracia griega, pero parece más obsoleta que las ruinas y las tragedias. Cuando un niño nace en Grecia, no tiene derecho de nacionalidad si su padre no es griego. Es decir, la nacionalidad allí no se adquiere por nacimiento, sino por herencia de sangre, como ocurría hace milenios, cuando la casta y la tribu tenían una función social integradora más efectiva que el concepto de nación actual, mucho más humano y moderno.

    El conflicto de los protagonistas de Xenia, del realizador Panos Koutras, arranca con esta traba burocrática, que en otros tiempos debió ser útil, pero que ahora resulta bastante extraña. Hijos de madre albanesa, su padre griego los abandonó cuando eran niños. Ahora que son adolescentes, andan en busca del padre para que legalice su vínculo sanguíneo y les conceda la nacionalidad.

    Este argumento sencillo se complejiza en una historia que cambia de tono constantemente, mezclando géneros o pasando libremente del melodrama al thriller, del road movie a la comedia musical, de la crónica social al relato de apariencia fantástica. También conviven en ella varios temas, aparecen y desaparecen subtramas que no se resuelven o no se acoplan a este relato con tendencia a la dispersión. En todo caso, la película se fabrica con un hilo argumental que no busca fijarse con costuras firmes, sino con la capacidad de sugerencia y el valor metafórico de sus imágenes, su música y sus personajes pintorescos.

    Entre sus muchas subtramas hay varias que despistan por su actualidad, y que tienen que ver con lo que está ocurriendo ahora mismo en Grecia, la inestabilidad social que se está viviendo y los excesos con que se desahoga, como la xenofobia (especialmente contra los albaneses y sus descendientes), la homofobia (sobre todo por el vínculo entre homosexualidad y prostitución) y la intolerancia religiosa contra tendencias no cristianas. Sin embargo, nada de esto tiene verdadera importancia en Xenia, y más bien parece un decorado con vocación política que auténtica dramaturgia.

    Más interesantes son sus personajes, sobre todo el más joven de los hermanos, un muchacho gay y un poco extravagante que vive sumergido en su propio mundo de fantasías, desilusiones y pataletas. En gran parte, la originalidad y el carisma de la película se deben al comportamiento de este personaje, a la intensidad infantil de sus convicciones y a sus singulares perspectivas. De hecho, Xenia juega con la mirada de los espectadores, convirtiéndola de vez en cuando en el panorama subjetivo y un poco alucinante que ve el personaje. Hasta qué punto y en qué medida lo que vemos es la perspectiva del protagonista y no la nuestra, quizás nunca lo sabremos.

    El adolescente de la película se niega a madurar, o no sabe cómo hacerlo, si amenazando con su celular, matando a su conejo de peluche, tarareando en italiano, buscando la nacionalidad que tuvo desde que nació o fantaseando con una realidad que no existe. Usualmente, el mejor recurso natural con que cuenta un país es su pasado. Grecia tiene grandes yacimientos de pasado, inmensos sembradíos de saberes y recuerdos que se cultivaron durante milenios. Sin embargo, la Grecia de hoy no luce ni vieja ni sabia. Tal vez su vejez de siglos ha condenado a los griegos actuales a padecer una infancia perenne y una indiferencia parricida por su país, que ha sido a lo largo de la historia un modelo para el mundo, pero que quizás para ellos no sea más que un espejismo.


    (Fuente: Cartelera de Cine y Video)


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