“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano.
Así de simple, y así de desmesurado”.
Chantal Akerman dirigió más de 40 películas. A lo largo de su carrera, se labró su camino en diferentes direcciones paralelas. Aun con una vena experimental muy marcada, alternó ficciones y documentales –como la trilogía documental D’Est (1993), Sud (1999), De l’Autre côté (2002)–, inventando su propio lenguaje cinematográfico. Descompuso las fronteras, ya sean narrativas o de género, y destacó a la vez como artista plástica, exponiendo su obra en lugares tan prestigiosos como la Biennale de Venecia.
Fue en 1968 cuando dirigió su primer cortometraje, como autodidacta (Saute ma ville). A sus 21 años, se fue a vivir a Nueva York, y no dejó a partir de ahí de navegar entre los continentes, a caballo entre Bruselas, París y Estados Unidos. Se convirtió en una cineasta nómada, rodando en Polonia, México, Malasia e Israel. Exploró los lugares y las formas, adaptando a Proust (La Captive) o Conrad (La Folie Almayer), probando suerte en la comedia musical, filmando a su madre, y ofreciendo al espectador cartas y diarios íntimos de su vida. Su última película, No Home Movie, estaba dedicada a su madre, figura central de su cinematografía, especie de hilo conductor de un cine de lo íntimo. En I Don’t Belong Anywhere – le cinéma de Chantal Akerman, el documental que acaba de dedicarle Marianne Lambert, ella misma habla de la importancia de su madre en sus todas películas, ya sea de manera directa o indirecta. También en él, Gus Van Sant atestigua ese shock estético que sintió durante el visionado de Jeanne Dielman, hablando de esa manera casi arquitectural de acercarse al personaje que lo inspiró y aún lo inspira, especialmente en su película Last Days, algo que sirve de ejemplo de su gran y atemporal influencia en el cine moderno.