“Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado”.
Gabriel García Márquez

CRITICA


  • La hora del lobo: un intento de remedio casero

    Resulta difícil de alguna manera considerar a La hora del lobo, de Natalia Ferreyra, como un mero cortometraje documental. Más bien es una crónica periodística, breve e intensa, de un estado de sitio precoz que la ciudad de Córdoba tuvo que experimentar en diciembre de 2013. Resulta difícil también dilucidar la trama sin sentirme por completo como parte ausente de ella, tanto como vecina del barrio Nueva Córdoba –junto a otros 37.200 estudiantes- como espectadora temerosa de todos los registros que han quedado sepultados en las redes una vez pasada la fecha. Y digo temerosa porque lo que genera angustia no es la perversión que se asomaba en cada persona involucrada –atacado y atacante- ni tampoco la posibilidad de que este acontecimiento se repita nuevamente, sino que decepciona –personal y profundamente– cómo estos hechos han producido un efecto irreversible en la mente de todos mis vecinos. Digo temerosa porque no me resuenan los disparos al aire de los “motochorros” en la calle de mi casa -porque es obvio que todos andan en moto, ¿no, señorx?- sino porque recuerdo los rostros enfurecidos, los bates de béisbol sostenidos en las manos, la parva iracunda de la esquina y los ojos huecos, sedientos de venganza. No hizo falta ser víctima directa del hurto para sentirse parte de la vorágine de violencia y marginación que se vivió en madrugada del 4 de diciembre; mientras algunos estudiantes se llenaban de orgullo por apalear descontroladamente a cualquiera que se cruzara en moto en su camino, otros se resguardaban detrás de sus ventanas y rejas, protegidos bajo una sábana, con el acompañamiento de los gritos provenientes de la calle, los vitoreos a favor de las golpizas y, por supuesto, el televisor siempre encendido. “La masa de motochorros llegó a Barrio Güemes. También a General Paz. Están entrando a los edificios.” La paranoia generada por los medios de comunicación, basada en la cercanía física con la parva de supuestos delincuentes, superó cualquier barrera que un periodista debería colocar antes de sentirse inmoral. Las respiraciones agitadas, las puteadas al aire, las vidrieras que explotaban, las alarmas que sonaban sin cesar, los aplausos alabando la violencia salvaje y “justificada”. Esos recuerdos no quedaron fijados en la memoria, sino en la piel. Y hoy, al revivir los hechos de la mano de La hora del lobo –habiéndome despegado de cualquier otro registro de esa noche infernal– los siento cada vez más cerca. Mientras mis amigos interceptaban maleantes en una esquina, mi hermana me llamaba por teléfono llorando desconsoladamente, asustada en medio de su reclusión en casa. Recuerdo que a la mañana siguiente, cuando nuestra estimadísima narco-policía volvió a las calles en una especie de desfile bizarro y los ignorantes agradecían, como si hubiesen olvidado que formaron parte de un (astuto) y retorcido juego político que puso en riesgo la vida –y la humanidad misma– de todos los ciudadanos cordobeses. Ese famoso “pase libre” que los uniformados entregaron en bandeja de plata dejó secuelas emocionales en una sociedad desarraigada y dividida, que en un intento de proteger lo suyo acudió a medidas más extremas y nefastas. “Tardás muy poco en convertirte en la peor versión de vos mismo”, dice uno de los entrevistados en el cortometraje. Y esa sola frase resume a la perfección las alteradas emociones de los ciudadanos que, ya lejos de tener miedo, se congregaban en las calles para proclamar un patrimonio de devolver con la misma moneda. Los linchamientos masivos por parte de la horda de estudiantes y comerciantes fueron la respuesta a una situación de bronca, rechazo y olvido. No se diferenciaba quién era chorro y quién no; cualquiera que se manejase en motocicleta era detenido por el grupo de vecinos en cuestión, se le pedía documento y papeles y se los forzaba a confesar de dónde venía y hacia dónde iba. “-¿Y al que no paraba?”-pregunta la directora. “-Le dábamos-“, responde otro de los entrevistados, y continúa “-Se atacaba a las motos, se hizo esa asociación”. No, chicxs, esa asociación no se hizo la madrugada del 4 de diciembre; es una línea que decanta directamente de una era de desinformación, disgregación y odio entre clases, es una idea redondita y perfecta que transmiten los medios de comunicación para que usted, ciudadano corriente, pueda detectar al bueno del malo y así limitar su accionar y sus cuidados. No en vano Córdoba es víctima de un inconstitucional y aún vigente Código de Faltas que en su intento por prevenir deja muchas heridas por curar. Usted, estudiante nuevacordobense, alimentó (y alimenta) la discriminación basada en el estereotipo de la moto, la tez oscura y la gorra. Y esa madrugada no fue la excepción. “-Escuchás una moto acelerar y se te viene a la mente la idea de que le chorearon a alguien”. Claramente no es una asociación, sino una pobre conciencia de clase dictada por el gobierno de turno. “-¿Qué hace acá? Viene a chorear. Cáguenlo a palos al negro ese.”, se escucha decir a un señor mayor en medio de los tumultos. Y veo las entrañas de un humanismo raído y traído de los pelos, a una juventud “justiciera” que también rompe con sus propios códigos morales para defenderse y un caos que se estira, indefinidamente, aún después de que sale el sol. Lo que el acuartelamiento policial instaló no fue el miedo, sino un poderoso y efervescente deseo de venganza. Cabe recordar que Javier Rodríguez, de 20 años, fue linchado y baleado en medio del caos por miembros de la fuerza policial no uniformados que jamás se identificaron y, como éste daño colateral –que a nadie le interesa, excepto a su propia familia– muchas puntas del hilo quedaron por ahí, en el aire. Una verdadera cacería de brujas, “una inquisición” –como lo llama el único estudiante entrevistado que arriesgó su vida para separar a un joven de las manos de sus vecinos, esperando el accionar policial– que culminó con los ánimos tergiversados y una confusión aún mayor.

    Los videos de archivo recopilados en La hora del lobo son tan caóticos como las emociones que afloraban en todos los habitantes de la ciudad de Córdoba, en medio de una guerra civil desproporcionada que enfrentó a masas contra masas, mientras todas las autoridades pertinentes miraban con regocijo los frutos de su maniobra. Un recordatorio tan violento como el acontecimiento mismo, donde las conjeturas se elaboran a partir de los testimonios y las imágenes que discurren en pantalla, intentando abarcar posturas disímiles pero profundamente interconectadas. Un registro que deviene de la propia vivencia de su directora y sus protagonistas, que se reconocen como parte intrínseca de este hecho histórico en donde los cordobeses proclamaron su supervivencia. Matar o morir. Los culpables se advierten en todos los rincones; tanto usted como yo aportamos un grano de arena que ahora parece inmenso, avalando un sistema policial y jurídico que siempre nos pasará por encima. Esa dictadura que tanto repudiamos aún se reproduce en la actualidad, donde la fuerza bruta y la intolerancia se ejercen con la misma impunidad a la vista de todos.

    Lentamente se hace de día. Los estudiantes de mi cuadra –los pocos que resistieron la noche en vela– continúan reunidos en la esquina, en torno a las quemaduras de las cubiertas incendiadas en el asfalto. La policía altiva reaparece en las calles mientras alrededor de unos cien vecinos se animan finalmente a salir a la vereda para abuchearlos. Un joven jujeño con lágrimas en los ojos grita con rencor a los presentes “¿Dónde estaban todos ustedes anoche? ¡¿Eh?! ¡¿Dónde estaban?!”. Sus palabras se clavan como finísimos sables en el interior de mi conciencia, que se arrepiente de haber sentido miedo y haber evitado ese enfrentamiento con la realidad que se desplegaba a metros de mi puerta. Ya no oímos las sirenas de los azules, que avanzan en una especie de desfile irónico entre la gente, sino que resuena -como un eco- el llanto de ese único joven que no puede comprender cómo y por qué lo habíamos dejado tan solo.

    La hora del lobo ya ha iniciado su vuelta por dos de los festivales más importantes del país y la región, como lo son el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente y el Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín, suscitando reflexiones como ésta que trascienden la producción del cortometraje para centrarse en todo aquello que aún hoy pueden no ser completamente acertadas. Separar al material de su contexto social –sobre todo para el cordobés involucrado– es significativamente imposible, ya que su poder reside en la evocación del recuerdo para la sanación del presente.

    (Fuente: www.indiehoy.com)


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